Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVI Diciembre 2014

 

El Divino Marqués de Sade (1740-1814)
Norma Elsa Pérez

Muy pocos han trascendido, como él, no tanto por su persona o por su obra, como por su manera de vivir. Donatien Alphonse Francois de Sade fue un hombre que vivió como quiso, y que se convirtió en símbolo, en modelo, de un modo de ser que se ha tipificado en la sicología y en la cultura, a partir de Freud, como “sadismo”, expresión que se utiliza en el lenguaje coloquial de todos los idiomas.

El marqués perteneció a una raíz aristocrática que se remonta a la Edad Media, que aún prevalece, una familia provenzal de origen italiano (la musa de Petrarca, Laura de Novis, es una de los ancestros de Sade). El padre, Jean Baptiste Joseph Francois era dueño de varias propiedades, y ocupó cargos en el ejército y en la diplomacia en el régimen del rey Luis XV. Ni él ni su esposa, Marie-Eleonore Millé de Carman (de una rama colateral de los Borbones) se ocuparon de su hijo, un hermoso niño de ojos azules, el que llegó a ser el padre del libertinaje y de la perversión, el divino marqués de los surrealistas. El pequeño fue dejado bajo la tutela de su tío el abate Jacques de Sade, muy amigo del filósofo Voltaire. Estos años con su tío, de 1745 a 1750, fueron sus primeros encuentros con el teatro, la literatura y el libertinaje, pues al poco tiempo ingresó al Lycée Louis-le-Grand en París, dirigido por jesuitas, los cuales creían en la eficacia del castigo corporal, pues según ellos era efectivo para un buen comportamiento. Ahí se desarrolló su imaginación estética, y no sólo por la práctica de la sodomía, sino porque había la tradición de representar obras teatrales fastuosas.

Al concluir sus estudios con los jesuitas, el padre de Sade decidió encaminarlo a éste hacia la carrera militar, y con tan sólo catorce años fue dado de alta en la guardia con el grado de subteniente, y poco después entró en batalla, durante la guerra de los siete años. Al concluir ésta, y con grado de capitán, es desmovilizado, y entonces se entrega a la disipada vida social de París, a partir de la cual se gana una reputación escandalosa y también se llena de deudas. A su padre le llegan noticias alarmantes del comportamiento de su hijo, quien siempre buscó el afecto de aquél, aunque no el de su madre. La solución paterna al problema fue la de lograr un matrimonio conveniente para el joven Sade, así que se le comprometió con Renée-Pelagie de Montreuil, que pertenecía a la nobleza “de la toga”, es decir, la de los jueces y abogados.

Sade tuvo que renunciar a otra mujer, a Laure, pero para él fue afortunado el tener la esposa que le eligieron, que le sería de gran apoyo en los años aciagos por venir. El rey Luis XV firmó el contrato de la boda, que se efectuó en 1763. Todo indica que Renée no era una mujer bella ni inteligente, y solía hacer personalmente las tareas domésticas. Al poco tiempo Sade fue arrestado en la fortaleza de Vincennes, pues alquiló una “petit maison” donde los libertinos organizaban sus encuentros y montaban sus escándalos y perversiones.

No estuvo mucho tiempo preso, y estuvo bajo la vigilancia de sus suegros. En 1766 decide ir a La Coste para dedicarse a una de sus pasiones, el teatro, para lo cual construye un escenario enorme en el castillo de ese lugar, donde también contaría con una buena biblioteca pornográfica; así que también se aficionó a escribir pornografía, que era una práctica literaria común entre los nobles provenzales. En 1767 nace su primer hijo, Louis Marie, y dos años después el segundo, Donatien Claude Armand, y para 1771 su hija Madeleine Laure.

Un domingo de Pascua de 1768, el marqués recogió en la calle a Rose Keller, una mendiga, y bajo el pretexto de darle empleo como doncella la llevó a su casa de Arcueil, y fue grande la sorpresa de ella cuando Sade procedió a flagelarla hasta hacerla sangrar, y luego le hizo diversos cortes y derramó cera en las heridas. Luego la encerró, pero logró escapar a través de una ventana, y corrió al pueblo a denunciar el hecho. Su esposa arregló para que Keller retirara los cargos y para que Sade no fuese tratado, al ser arrestado, como delincuente común. Luego que salió, de nuevo fue encarcelado, ahora por deudas. Finalmente sale, y para 1772 organiza una famosa orgía, donde obliga a un grupo de prostitutas a que ingieran un afrodisiaco que provoca envenenamiento (una sustancia tóxica llamada mosca de España o cantárida). Huye a Venecia antes de ser detenido, así que se le confiscan sus bienes y es quemado en efigie. Pierde sus derechos civiles durante treinta años, y su esposa se hace cargo de todas las propiedades, y los suegros se hacen cargo de los tres hijos.

Luego vuelve a Francia, y se le encarcela en La Coste en condiciones de cautiverio voluntario. En ese tiempo muere Luis XV y sube al trono Luis XVI, en quien influye la suegra del marqués para una orden de arresto en contra de éste, así que de nuevo huye a Italia, donde elabora un libro llamado “Viaje a Italia”, que se publicó dos siglos después.

Es en Florencia donde conoce al cardenal de Bernis, un libertino que ejerce el cargo de embajador de Francia, y que es retratado de cuerpo entero en la novela de Sade “Juliette”. El marqués vuelve a Provenza en 1776, para instalarse en La Coste, y dedicarse a escribir y disfrutar de los objetos artísticos que trajo de Italia. Un día reclutó muchachas, entre las cuales estaba Catherine Trillet, a quien Sade llamaba Justine, y que sería la base del personaje de su célebre novela. Algo salió mal, y es trasladado por orden real a la fortaleza de Vincennes, donde permaneció hasta el inicio de la revolución trece años después. Ahí desarrolló una extraña pasión por la numerología y la cábala, logrando predecir la fecha de su liberación; llega a inventar un alfabeto donde cada número señala emociones o sentimientos humanos. Hubo un momento en que se escapa, pero lo reaprenden pronto.

En 1785 se le traslada a La Bastilla.
Construida en la Edad Media como un baluarte contra los ingleses, en La Bastilla Sade es instalado en una torre llamada La Liberté, que no tardó en decorar con retratos, tapices y las flores que le llevaba su esposa. Reunió ahí una biblioteca de 700 volúmenes, entre clásicos griegos y latinos y obras eróticas. Es ahí donde escribió el más intenso y bello de sus libros, “Las 120 jornadas de Sodoma”, de la que Pasolini y Buñuel hicieron exquisitas obras de arte visuales (uno en “Saló” y otro en “La edad de oro”). Fue escrito con letra muy pequeña en hojas de 13 cm. de ancho que fue empalmando hasta formar un rollo de quince metros que fue ocultado entre las paredes. En esas páginas se reflejan el ateísmo y el profundo pesimismo que caracterizaron a Sade desde su juventud, así como su rica y exagerada imaginación sexual, por lo que se le considera un catálogo de perversiones. Fue publicado hasta la década de 1930.

En ese mismo periodo de prisión en La Bastilla, el marqués escribió un diálogo filosófico llamado “El diálogo de un sacerdote y un moribundo”, y entre otras obras, también el borrador de una de sus novelas más importantes, “Justine”, en un principio titulada como “Los infortunios de la virtud”. Escribió gran cantidad de textos, pero muchos de éstos se perdieron luego de la toma de La Bastilla, que es saqueada por los revolucionarios en 1789. Días antes el marqués había sido trasladado a Charenton, y en 1790 es puesto en libertad. Pero se lamentaba mucho “por la pérdida de mis manuscritos, he derramado incontables lágrimas teñidas de sangre; las camas, las mesas, o las cómodas, pueden reemplazarse, pero no las ideas”. Su esposa toma los hábitos y ya no quiere verlo, por lo que él deambula por París en calidad de indigente, en medio del caos revolucionario. Conoce a la actriz Constance Quesnet, quien lo ayuda a superar el abatimiento por su larga reclusión y el rechazo de su esposa. Encontró un camino a la política y se inscribió como ciudadano activo en la asamblea de la zona, registrándose como “Luis Desade, hombre de letras”. Fue reconocido por sus fuertes convicciones revolucionarias a causa de sus escritos políticos. En ese tiempo retomó su vena dramatúrgica, y escribió “Oxtiern” para la Comedie Francaise; ofreció más obras ahí, pero no se las aceptaron.

A finales de 1790 publicó la que llegó a ser una de sus obras más reconocidas: “Justine o las desventuras de la virtud”; luego aparecieron “Filosofía del tocador” y “Juliette”, libros todos que no pasaron de su primera edición. En 1801 la policía hizo una redada en las oficinas del editor de Sade, monsieur Massé, y todos los manuscritos son confiscados.

Sade fue arrestado y enviado al manicomio de Charenton, donde entabló amistad con el director, quien lo protegió y le permitió representar obras teatrales. Ahí permaneció once años, hasta su muerte. Escribió “Los días de Florabelle”, que fue confiscada, y después quemada por el propio hijo del marqués. En 1810 Napoleón, en un acto deliberado de crueldad, firmó la decisión de mantener a Sade detenido, negándosele toda comunicación exterior y el uso de plumas, lápices, tinta y papel. Ese mismo año muere su esposa (un año antes había fallecido su hijo mayor). La producción teatral había sido su único consuelo, pero en 1813 un decreto ministerial cerró el teatro.

Para 1814, Napoleón había sido derrotado en Leipzig, y los ejércitos extranjeros tomaron París, por lo que Napoleón tuvo que abdicar a favor de Luis XVIII, restaurándose la monarquía. Sade estaba melancólico por el cierre del teatro, y sus malestares físicos se agravaron. El primero de diciembre de ese año tenía mucho dolor en el pecho y el abdomen, aunque todo indica que Sade no le temía a la muerte, pues alguna vez expresó que “nada nace ni muere en realidad, ya que la muerte es más que un cambio de forma”. El 2 de diciembre, a las diez de la noche, el marqués fue por fin liberado de sus prisiones. No se respetó su testamento y le dieron cristiana sepultura.
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El marqués ejerció una gran influencia sobre el romanticismo y el naturalismo francés del siglo XIX. Víctor Hugo y Alejandro Dumas fueron llamados “amigos de Sade”, pues introdujeron en sus obras algo del libertinaje de éste. Baudelaire compartió la visión de Sade (“para explicar el mal, siempre hay que remitirse a Sade, es decir, al hombre natural”); Flaubert siempre lo admiró (“me gustan hombres como Nerón o el marqués de Sade, tales monstruos me explican la historia... también ellos son grandes hombres, también ellos son inmortales”).

En pintura, los cuadros de Delacroix, con su gusto por las masacres, y en especial por mujeres desnudas, corresponden a la tradición sadiana.

El influjo de Sade se extiende no sólo a la literatura, sino también a la filosofía, a la sicología, a las artes visuales y plásticas, e incluso a la música. A través de Lautréaumont, Rimbaud, Nietzsche y Jarry, lo sadiano llega al surrealismo: Breton, Eluard, Man Ray, Dalí, y también a Simone de Beauvoir y Sartre. Breton incluyó a Sade en su “Antología del humor negro” (un texto fundamental para la vanguardia), Man Ray hizo un famoso cuadro del marqués, Dalí dijo: “El marqués de Sade es el único educador perfecto para los deseos desenfrenados de la juventud”.

Luis Buñuel dijo, a su vez: “Me sentí muy impresionado por el testamento de Sade, en el que pide que sus cenizas sean arrojadas en cualquier parte y que la Humanidad olvide sus obras y hasta su nombre. Desearía poder decir lo mismo de mí”. Y la escritora de fantasía Angela Carter: “La obra de Sade posee una particular significación para la mujer a causa del rechazo a considerar la sexualidad femenina en relación con su función reproductiva, rechazo tan poco usual en las postrimerías del siglo XVIII como ahora”.

La música de rock y Black Metal ha sido generosa con el marqués. Hubo una banda de rock llamada Marquis of Sade en los años ochentas. Fjoergyn, un grupo alemán de Black Metal, graba el álbum “Sade et Masoch”, y en otro disco incluye una canción llamada “Sade”. La banda austriaca Belphegor le dedica a Sade un disco bellísimo titulado “Bondage goat zombie”. La banda francesa Nocturnal Depression se presentó en 2009 en La Bastilla, en un concierto donde fue la primera vez que se tocó dentro de los sombríos muros.

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