Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVI Diciembre 2014

 

Elsa
Hosscox Huraño

Nació el hijo de Elsa, los que fuimos más que íntimos con ella lo vemos con morbo de quien ve a un perro muerto a la mitad de la calle.
La breve mujer de conciencia fugitiva y ojos extraviados que apenas hace un año juraba que era mil veces mejor abortar que tener un hijo, ha olvidado sus palabras, su apostolado de libre y loca.

Así que cuando veo ese rollo de carne y pelos pegado a su teta, amamantándose de lo que aún queda de los huesos de Elsa, no puedo más que sentir asco y una risa infinita.

Ella dice que siempre es mediodía en su vida. Que todo le ha llegado tarde a sus veintitrés años. Duerme en un cuarto más angosto que largo donde circula un tibio olor a leche agria y meados. Hay una veladora en la esquina de su ventana; creo que por vergüenza insiste en decir que es para la luna y no para Dios, a nadie le importa, pero ella siempre insiste.

En los días que despierta de su amorosa maternidad le da por desgreñarse y sacarle con pellizcos a su hijo sangre. Dice que ha intentado asfixiarlo, pero yo no le creo, sólo le gusta llamar la atención.

Se engaña pensando que aún le queda algo de aurora de conductor suicida, sin embargo afirma que le es inconcebible que el vacío existencial ocurra en la mente de los imbéciles.Y cuando parece que todo le sale bien, dice que le va mal, así evita enfrentarse a un placer culpable.

David ? confiado en que no diré nada? se lamenta de que ya no haya castas porque, si las hubiera, Elsa seguramente sería una saltapatrás y su bastardillo algo peor todavía. Ante tamaña erudición, lo miro de reojo y me da comezón en la oreja izquierda. Cuando habla parece que es bañado por una luz de nostalgia y no respiro y lo escucho sin pensar.

“Qué días aquellos ?dice? en los que podías tener fe en las costumbres y en las normas, en la tranquilidad de que uno jamás haría amistad con un aborigen de estas tierras”.

No obstante, pasa un rato y también olvida sus palabras, disfruta apretando con sus gordas manos los bofos senos de Elsa. A ella le brota un poco de leche y a David parece que se le para la verga. Empiezo a sospechar quién es el padre del bebé.

Abatido por el aburrimiento, me largo pensando en lo que diría el cabo Felipe de su hermana, o de su otra hermana.

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