Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVI Diciembre 2014

 

Recordatorio de Richard Strauss (1864-1949)
Loki Peterson

Cuando se habla de la música de Richard Strauss, la gente piensa que se trata de uno de los autores de los famosos valses vieneses.

Nos impacientamos, y al aclarar a quién se refiere uno, de todos modos muy pocos logran identificarlo. No ayuda mucho explicar que se trata de Ricardo Segundo, el que sigue al primero y grande que es Wagner.

Y sin embargo, si uno alude a la pieza más conocida de Richard Strauss, la introducción (“El Amanecer”) de su poema sinfónico “Así hablaba Zaratustra”, todos reconocen de inmediato la melodía: se acuerdan de la película “2001: A Space Odyssey”, o de las hazañas increíbles del Profesor Zovek en los años setentas.

Por supuesto que de toda la música de Strauss, sólo esa introducción, que dura un minuto con cuarenta y seis segundos, es lo que se conoce generalmente, y todo el resto de esa pieza musical zaratustriana pasa por completo desapercibido. Strauss escribió ésta en obvio homenaje a Nietzsche, de ahí que la famosa introducción se preste para espectáculos donde se hace encomio de hombres fuertes y varoniles, de “superhombres”; o de hazañas sobrehumanas, como en la película de Kubrick que mencionamos.

Richard Strauss, no obstante ser tan escasamente conocido por el público no conocedor, ya no digamos reconocido, fue uno de los grandes compositores de la música de fines del siglo XIX y de principios del XX. Nació en München, capital de Baviera, en 1864 (así que se cumplen los 150 años de su nacimiento), en el seno de una familia (por el lado materno) notable por ser la propietaria de una famosa cerveza bávara, la Pschorr. Falleció en 1949, un tanto desprestigiado por su apoyo al régimen de Adolfo Hitler, pero no tanto como para que no se siguieran apreciando sus grandes méritos artísticos.

Su música no es fácil de ser gustada, pero hay en ella inspiración, lucidez, y sobre todo una exquisita mano de obra, sólo hay que ser pacientes y escuchar con atención. Sus poemas sinfónicos “Don Juan” y “Muerte y transfiguración”, entre otros, son sumamente encomiables. Y en particular, es muy posible que lo mejor de él esté en la música que escribió para sus óperas, llenas éstas de excelencia y encanto, aunque sin la solemnidad y profundidad wagnerianas. Obras como “Salomé”, “El caballero de la rosa”, “Arabella”, y tantas más, deleitan muchísimo a quienes han sabido ser fans de ellas. Y no olvidemos sus canciones, tan nítidas y hermosas, como esas “Cuatro últimas canciones”, que en la voz de la soprano Jessye Norman son tan inolvidables.

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