Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVI Diciembre 2014

 

Visita para mortificación
Luciano Pérez

(Fragmento de la novela Crónicas de Tepito Asgard)

Las Cuatanetas, Juana Serrano y Livia Plurabelle, se presentaron en la celda de Avellana, por instrucciones del confesor de ésta. “Venimos a mortificarla, soror”, le dijeron con amplia sonrisa las dos nahuas, y Juana le entregó a la monja un catálogo razonado de todos los látigos disponibles para la flagelación del cuerpo. Livia dijo: “Tampoco se trata de que usted pierda la salud, ni de que exagere en esta penitencia”. La monja se quedó viendo a las dos criadas. Pensó: “Son paisanas”. Intentó recordar algunas palabras en náhuatl escuchadas allá por Amecameca, pero no le salió ninguna.

Sólo pudo preguntarles:
-¿Por qué quieren flagelarme?
- Porque usted renunció ya a su pecaminosa vida de escritora ?, dijo Juana.
- Yo no renuncié a nada, paisanas.
- Hay documentos firmados con su sangre que lo avalan, soror ?, dijo Livia.
Avellana se dijo a sí misma: “Tal vez la muñeca firmó algo, más bien la hicieron firmar algo, y de ello no estoy enterada”.
- El arzobispo vendrá luego a llevarse todos los libros ?, dijo Juana, lo cual sorprendió mucho a la monja Avellana:
- ¿Qué me estás diciendo, Juanica?
- Manda decir él que se olvide ya de Hipatia, Catarina y otras egipciacas; y también se llevará todos los instrumentos de música y de astronomía. Mientras, es hora de que hagamos nuestra tarea de mortificación, ¿verdad, Livia? ?, le dijo Juana a su compañera, a lo que la monja, con firmeza, expuso:
- Juanica Serrano, Livia Plurabelle, no sé de que me hablan. En todo caso, no voy a dejar que me azoten.
- ¿Es por no tener dinero para pagarnos la flagelación? ?, preguntó comprensiva Juana.
- Dinero me sobra. Lo que me falta es cuerpo, es decir, que éste no lo tendrán.
- El alma no requiere de penitencias muy esforzadas, dice el padrecito ?, señaló Livia.
- Repetimos, no le haremos perder la salud. No por querer correr, su virtud volará ?, expresó Juana.
A Avellana se le iluminó el entendimiento: “¿Y si mejor azotan a la muñeca? Cierto, me la pueden destruir, y no tengo mucho tiempo para hacerme de otra. Bueno, pues que me la destruyan. Todo lo que sirve, es para que se acabe”. Entonces les dijo a las Cuatanetas:
- De acuerdo, paisanas. Salgan unos minutos de mi celda, para que me permitan alistarme.
- ¡Por supuesto, soror! ?exclamaron, entusiastas, las nahuas.
- ¿Qué va a preferir, látigos o palos? ?, preguntó Juana.
- En cuanto esté lista les digo, ustedes preparen todas sus herramientas.
- ¿No quiere ver el catálogo? ?, insistió Juana.
- No es necesario. Utilicen lo que les parezca adecuado.
- ¡Sí, soror! ?gritaron al unísono las Cuatanetas, que salieron de la celda para darle tiempo a la monja de disponer sus blancas espaldas y todo lo demás.

Una vez cerrada la puerta, Avellana se dirigió al closet para interrogar a la muñeca:
- ¿Qué firmaste?
- Tu renuncia al mundo de los libros y del conocimiento. Tu dedicación a hacer penitencia y a sólo escribir devociones propias de una religiosa exacta.
- No me informaste de nada de eso.
- Tú tuviste la culpa. Pusiste en jaque a los padrecitos.
- Les hice ver su suerte, pero no fue para tanto. En España otros padrecitos me quieren y me apoyan.
- Pero en México se están sublevando los de abajo, los indios, los léperos...
- ¿Y eso qué?
- Que por no dedicarte a tu esposo Dios, entonces...
- Se llama Dios el Hijo.
- ¡Mejor todavía! Que por no dedicarte a tu esposo Dios el Hijo como toda monja debe hacerlo, entonces Él castigará a México devolviéndoselo a los aztecas.
- A los gallos de esta tierra...
- Entonces, en tus espaldas flageladas y en tus lágrimas de mortificación, está en juego la salvación del país. Por eso entregarás también tus libros, los instrumentos, el dinero, y a ti misma.
- ¡No lo haré!
- Bueno, se perderá pues México...
- ¡No se perderá! Todo lo contrario, regresaría a lo que fue.
- Tú eres criolla. No te van a querer ni los indios ni los léperos. No eres ni hablas como ellos. Tú, la peor del mundo: tal es lo que en verdad has llegado a ser.
- ¿Yo, la peor?
- La patria te exige el máximo sacrificio. ¿Ves lo que hicieron tu Carta al portugués y tu Respuesta al poblano?
- Fina Carta y fina Respuesta. Me gustaron, más la segunda que la primera.
- Los pusiste en jaque, y ahora a México también. Dios el Hijo anda enojado, porque por tu culpa regresará Huitzilopochtli y nos arrancará los corazones a todos.
- Tu corazón es mecánico.
- Como sea, se lo darán al sol.
- ¿Y qué tal si tú te quedas? Que te flagelen a ti. Yo me voy.
- No tienes adónde ir.
- Claro que sí tengo. Me regreso a la mera Meca Meca.
- ¿Vuelves allá?
- Sí. A ti te mortificarán. Y te morirás, y habrán de sepultarte en el sótano del claustro.
- No me dolerá nada. Y si me muero, es porque no me muero.
- Esa no es frase tuya. Entonces tal será tu última tarea. Darás la cara por mí ante los enemigos.
- ¡Será tu hora más bella! ¡Y México se salva!
- Eso no lo sé, sólo sé que ya estoy harta. Me voy. Te quedas, y a ti te enterrarán. Como ya no estaré, no habrá quién te dé movimiento y te detendrás totalmente.

Las Cuatanetas, impacientes, tocaron fuerte la puerta:
- ¡Soror! ¿Está usted lista? Disponga usted sus carnes blancas.
No se sabe quién dijo eso, si Juanica o Livia Plurabelle, pues sus voces agudas eran idénticas, pero Avellana de cualquier modo ya no estaba. La muñeca les abrió:
- Pasen, chicas. ¿Pegan fuerte?
- Depende de cuánto nos pueda pagar ?, dijo Juana.
- Pago para que me peguen.
- Cual debe ser, soror, por el bien de su alma ?, confirmó Livia.
- Aunque el confesor insistió en que no la maltratemos mucho ?, reafirmó Juana.
- Entonces, Cuatanetas, hermanas de sangre las dos entre sí, adelante con su tarea.
- Abierta la espalda y todo lo de abajo, que la carne pálida exige látigo ?, dijo Livia.

Se metieron las tres a la celda, cerraron bien la puerta, y ningún ay oyóse. A las nahuas les dolieron las manos y los brazos de tanto pegar, y no lograron arrancarle ningún dolor a la autómata.

Cuando más tarde llegó el confesor, les agradeció a las Cuatanetas sus valiosos servicios a la patria, la cual, por no ocuparse la monja escritora de religión, había carecido de maíz. Las gallinas de Castilla y sus descendientes estaban a salvo. El país seguiría perteneciendo a éstos.

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