Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVII Enero 2015

 

Cómo se escapa la felicidad
María Elena Méndez Gaona

“El amor es como oro diluido en el fango. ¿Recuerdas las historias de gambusinos? ¿Cómo escarbaban en los lechos de los ríos durante días extenuantes con la esperanza de filtrar unos miligramos de oro? Con esa dedicación y pasión debemos aplicarnos para extraerle un poco de amor a este mundo” –, me dijo Diana mientras ella saboreaba su platillo como un niño que hace desaparecer un dulce.

Así era Diana: una mujer que aprisionaba cada instante con la intensidad con que un condenado a muerte vive sus últimos momentos. Me aficioné a su enseñanza de captar la vida con los cinco sentidos, a la vez que me fui aficionando a ella. Era adictiva. Si ella no estaba, el mundo dejaba de girar y se convertía en el amasijo gris que nos acecha cada día.

Yo era Director de Ventas de México y Latinoamérica en una prestigiosa agencia de publicidad. Mi estilo de vida iba de acuerdo a mi cargo rimbombante. Trataba directamente con productores de televisoras y con los personajes que llenan cada día los titulares de periódicos, revistas y noticieros. Tenía citas con las modelos del momento. No había un placer que yo no me hubiera procurado a manos llenas.

Diana llegó a la agencia a dar unos cursos. En poco tiempo, la demanda para ellos aumentó a tal grado que se le propuso trabajar para nosotros, a lo que ella se negó pues dedicaba su tiempo a diversas actividades que tendría que abandonar si cubría una jornada completa. Sólo pudimos contratar un curso fijo de comprensión de lectura que impartía tres veces por semana.

Hice lo que muchos habían tratado ya: invitarla a salir. Igual se negó con cortesía. Debía conformarme con hacer fila al final de la clase y mirar de cerca durante unos momentos sus ojos enormes color marrón bajo el cabello oscuro que retiraba constantemente con el dedo. Resaltaba de entre el resto de mujeres de todos los días, de cabellos y ojos artificialmente claros.

De primera impresión te agradaba al instante. Su rostro armonizaba como en un hechizo con su cuerpo. La segunda impresión te llevaba a orbitar alrededor de ella. Escuchar sus palabras, el sazón con que condimentaba sus historias, la facilidad con que te provocaba a reírte. Comencé a ingeniármelas para llamarla unos momentos cada día a mi oficina.

Con ella dentro, el lugar se convertía en un parque de juegos; o en una montaña por cuya pendiente nos deslizábamos sobre un trineo, gritando y levantando las manos. La risa de sus ojos no permitía la existencia de algún otro objeto. Mis sentidos estaban puestos en el siguiente paso con ella. Poco a poco fui logrando que me tuviera confianza y pasara un momento más conmigo.

Para unos comerciales de ropa interior debíamos contratar a Nadine, una modelo que era la fascinación del momento. Ella acababa de divorciarse y sus números telefónicos habían cambiado. Su representante también se había tomado unas vacaciones. Para colmo, nos enteramos de que una agencia rival estaba haciendo lo propio para localizarla y ofrecerle un contrato de exclusividad.

El Concejo me mandó llamar para advertirme que mi puesto dependía de lograr que ella se integrara a la campaña con nuestro cliente. Dediqué gran parte de mi tiempo hablando con mis contactos: nadie sabía de ella. En éstas estaba el día que Diana aceptó por fin salir a cenar conmigo. Me esmeré en preparar nuestra velada.

Que ella aceptara tenía que ver con el despliegue que yo había llevado a cabo para este fin: envíos de flores, inserciones en periódicos, contratar un espectacular cerca de su casa en el que declaraba mi amor, mi pasión y mi necesidad de pasar el tiempo con ella. No exageraba, mi vida entera dependía ya de que ella me aceptara tanto como mi empleo y mi futuro dependían de contratar a Nadine. No hacía otra cosa que pensar y soñar con Diana mientras mis nervios se crispaban ante la ausencia y el silencio de Nadine.

Reservé en el restaurante más exclusivo. Pedí la mejor mesa, con una vista espectacular de la ciudad. Contraté un cuarteto de cuerdas que tocara durante la cena. Cada detalle fue preparado con cuidado.

La recogí en su domicilio y llegamos al restaurante. Mientras nos llevaban hacia nuestra mesa, descubrí en un rincón a Nadine. Me senté de manera de poder observarla.

Ella era relativamente nueva en el círculo y no nos conocíamos en persona. Estaba con un hombre joven y atractivo. Discutían. Yo no perdía detalle de ella, pensando en la mejor manera de abordarla sin echar a perder mi cita con Diana. Mi insistencia hizo que Diana volteara con disimulo a ver a quién miraba yo.

De pronto se me ocurrió la solución. Me disculpé y me retiré a telefonear a uno de mis asistentes para que viniera con rapidez. Mientras hablaba con él, observé que el acompañante de Nadine se retiraba del lugar. Por suerte mi asistente estaba a unos minutos de ahí y me prometió que llegaría en seguida. Más tranquilo, aproveché para entrar al sanitario a lavarme las manos.

Cuando salí, no vi a Nadine en su mesa. Mi corazón se sobresaltó. Pero más se sobresaltó al mirarla sentada a la mía, platicando con Diana, quien hizo las presentaciones correspondientes. Diana se disculpó para ir al baño.

Quedé solo con Nadine y aproveché para hablar de negocios; tomar números telefónicos y hacer una cita. Comencé a notar que Diana tardaba y al voltear a buscarla, Nadine me dijo: tu amiga se fue hace rato.

Miré hacia abajo y alcancé a ver a Diana abordando un taxi. Me disculpé con Nadine y di al mesero unos billetes; al llegar abajo, mi auto me esperaba.

Crucé la ciudad sintiéndome un buzo en plan de investigación. Pronto localicé mi objetivo, que era como una ostra en movimiento. La intercepté y abrí para extraer su tesoro precioso y único.

Hoy en día, Diana me escucha contar esta historia a nuestros hijos una y otra vez. Salieron tan románticos como nosotros

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