Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVII Enero 2015

 

La casa de los helechos
Leticia Vázquez


De cuando vivía con mi abuela, recuerdo todo, sus galletas, el café, las tortillas de harina, la salchicha “Chimex” con limón, el cuarto del sillón guinda con esas sirenas en la pared que me daban miedo, sus regaños, sus ojos grisáceos, sus locuras…sus supersticiones…

Recuerdo cuando un día de verano, a medio día, llegué con “pollo morado”; y mi abuela (que tenía la manía de sembrar puros helechos, porque según ella iban con la casa verde y se rehusaba a pintarla de otro color), me reprendió:

- ¿Qué traes ahí?

- Me dijeron que es “pollo morado”, la señora de las plantas me dio la macetita.

Mi abuela me arrebató la planta.

-¿Por qué se enoja?, si está igual de feo que los helechos que tiene ahí afuera, por eso lo traje.

- ¿Qué no sabes que el “pollo morado” es de mala suerte?, y más para nosotras que vivimos a un lado del panteón.

No supe qué contestar, mi lógica infantil no podía refutar. Ella siguió.

-Ya no quiero ver aquí otras plantas, y menos “pollo morado”, es el color de las brujas ?, dijo gravemente, y lo lanzó hacia la calle sacando la planta de su bote verde.

Yo había escuchado sus supersticiones. Si te deshaces o tiras algo que te regalan, puede pasarte algo malo. Esperé a que mi abuela se descuidara cuando preparaba la comida, y fui por el “pollo morado”, rápidamente tomé la tierra y la regresé al bote. En mi cuarto introduje con cuidado la raíz en el recipiente verde y fui feliz. Se veía bonito el color morado. Hacía juego con el bote.

Después me habló para cocer las tortillas de harina. Comimos, lavamos los trastes y me dio un pedazo de salchicha con limón. Me fui a mi cuarto.

En aquellos años, me dedicaba a cuidar a los conejos, a las gallinas, a los puercos y al Pinto; a ayudar en el aseo de la casa y a leer, junto con mis libros de lecturas en los que leía sólo las historias cortas, el libro vaquero, el sentimental y el policíaco.

Esa noche me dormí mirando el pollo morado que puse al lado de la ventana, detrás de la mesita para que mi abuela no lo viera tan fácilmente si llegaba a entrar.

Al día siguiente en cuanto desperté, oí sus gritos:

- ¡El Pinto se murió, el Pinto se murió!

Pobre Pinto, amaneció muerto, no supimos la causa.

Por la tarde llovió mucho. Ya estaba cerca la temporada de lluvias. La casa estaba fría, se sentía un ambiente lóbrego. Y la loca de mi abuela se aluzaba con velas, faroles y quinqués. Se rehusaba a usar electricidad en la parte donde vivíamos nosotros, sólo había dos focos, uno de ellos era el de mi cuarto, tenía un foco pero casi no lo usaba, tenía una lámpara de mano y una de mesa para leer o cuando me levantaba en la noche, cosa que casi no ocurría.

En los cuartos de huéspedes era distinto todo. No tuve la opción de tomar un cuarto de esos. Después me acostumbré a estar sin luz, así como me acostumbré a esta casa, aunque estuviera al lado del panteón. Y no quité los helechos de mi abuela.

Por la tarde llovió mucho. Entonces mi abuela estaba gritando, renegando y persignándose a cada rato.

¿ Ahí andan las brujas ?, la oí decir. Me miró y al ver mi cara de curiosidad, me dijo que tuviera cuidado con las bolas de fuego, que eran las brujas.

Sí vi fuego; pero para mí eran luces de casas o lámparas con las que se guía la gente en esos lugares. Para mí no eran brujas.

Ya en la noche mi abuela estaba inquieta, decía que los grillidos eran malos, que traían malas noticias. Fue hacia donde estaba cantando un grillo, y lo mató, se supone que así ya no pasa nada malo.

Me fui a mi cuarto sin comprender a mi abuela. Y yo sola, en ese lugar. El sueño me venció como siempre, con mis libros y mis novelitas a un lado de la cama.

Mi abuela tenía una gran variedad de quinqués, actualmente yo tengo quinqués en mi casa, en parte porque así me acostumbró y en parte por la nostalgia de aquellos años, así siento su presencia.

Cuidaba que mi abuela no viera que yo tenía la planta en mi cuarto. Lo mejor era cuando teníamos visitas, ella ocupada en atenderlos, no se entrometía en mis asuntos. Por ejemplo, nunca supo que leía las novelitas de mis tíos y primos, tampoco supo de mi minibiblioteca con subliteratura, el único acceso que puede tener una criatura de ocho, diez, once años en un lugar como este, que más bien parece bosque, a las letras. El bosque de Cuiteco debería ser.

Pero ese fue mi error, mi abuela fue analfabeta, por eso no veía mis libros, en cambio era aficionada a las plantas, la cocina, las sirenas, el café, la capirotada, a la conversación, la labor de punto, y era fanática religiosa con cierta tendencia a la brujería.

A veces ella me veía leer, años después traté de enseñarle a leer y a escribir; nunca quiso, yo no quería que muriera así, sin saber lo exquisito de leer una frase, un pensamiento, un poema, un cuento, una historia, un relato, un libro.

Mi error fue que no recordé la afición por las plantas de mi abuela y a los tres meses, entró a mi cuarto a dejar una planta que había comprado para mí, era un rosal, dijo que lo quería en mi cuarto, y que yo lo iba a cuidar, lo pondría en el marco de la ventana.

Era una mujer necia, atrabancada, no me dio el rosal para que yo le asignara un lugar. Ella feliz, hablando sola porque traía un rosal muy bonito, me mimaba para que yo disfrutara también el momento. Yo detrás de ella, nerviosa, deseando no haberme quedado con el “pollo morado”. Que no vea la mesita de noche, que no vea la mesita de noche.

Vio la mesita de noche, vio el “pollo morado” y no pronunció una queja, ni comentario alguno. Sólo al salir me vio con ojos de: “me las vas pagar”. Me dio miedo.

Creí que me iba a reprender, no lo hizo, y eso fue lo que más miedo me dio. ¿Por qué no dijo algo? Después me di cuenta. Nunca se me ocurrió lo que haría.

Todo el día transcurrió como cualquier otro, mi abuela hasta me habló bien, fui a la tienda, me dio bombones azucarados, y fuimos al pueblo otra vez. Ya por la noche, durante la cena, me habló directamente.

- ¿Por qué no me dijiste que tenías esa planta morada en tu cuarto?

- Porque no quería que supiera, porque me gustó y usted me dijo cosas feas la vez que lo traje. Me lo regalaron y no lo tiré por eso.

- ¿Y sabes que quien te lo dio lo hizo con mala gana? Lo hizo para dañarte. Con razón se nos murió Pinto. Pero ya tienes el rosal, la planta esa morada la tiras mañana, ahorita no, quién sabe qué pase si sales sola a la calle o al patio y como ya has tenido por mucho tiempo, esa planta, no creo que peligres en tu cuarto.

Ya era noche y decidí ir a mi cuarto. A pesar de todo, no me había ido tan mal con mi abuela. Acomodé, la mesita, subí del piso al pollo y contemplé el rosal rojo en su bote amarillo. Lucía muy bonito en el marco de la ventana que había dejado entreabierta para que se venteara el rosal.

Me acosté mientras contemplaba el rosal y fui feliz. El sueño me venció así.

En la noche, hay ruidos que te despiertan, a veces no sabes qué ruidos son; pero sabes que no hay qué temer. Es raro, ahora me parece así, extraño, incómodo. Recuerdo que somnolienta primero, oí todo a lo lejos, no le di importancia; pero los ruidos después eran nítidos. Cuando tuve conciencia de qué tipo de ruidos eran, y estuve segura de que no era mi imaginación, sentí miedo. Oía una respiración, golpes, quejidos, ahogamientos, voces raras, pasos.

Primero lo ignoré, después, como no pude seguir durmiendo, lo disimulé, trataba de estar tranquila, pensaba en anécdotas, en problemas, trataba de convencerme de que no ocurría nada de eso. Terminé por sentir miedo, cubrí totalmente mi cuerpo con las dos cobijas. Primero me sentí protegida, después sudaba, tenía calor; pero me rehusaba a destaparme. Fue todo muy desesperante. No me podía dormir, esperé a que todo pasara pero los ruidos seguían.

Puse más atención y tuve curiosidad más que miedo, así que retiré las cobijas, me armé de valor y decidí mirar por la abertura que tenía la puerta cerca del marco.

Más me valía que no hubiera decidido inspeccionar, lo que vi me dio más miedo que al inicio. Era mi abuela que se paseaba por el pasillo como loba en celo, con rabia, o yo qué sé. Iba de un lado a otro, en el lado de la pared, a la altura donde calculaba que quedaba la cabecera de mi cama, hacía no sé qué cosas, supongo que era donde suspiraba y murmuraba sonidos guturales; después, cerca de la cocina, donde yo ya podía verla, hacía ruidos con las palmas de sus manos, con los trastes, con las tablas, con los vidrios, se arrastraba, se retorcía, sacaba la lengua, aplaudía, hablaba sola, hacía ruiditos de bebé, raspaba la pared.

Fue terrorífico todo, después me pareció patético, terrorífico, después gracioso, y patético, ya no sabía qué. Me fui a mi cama de nuevo y lloré por mi abuela. ¿Hacer esto sólo por el “pollo morado”? No lo entiendo, yo nunca había sentido algo así los meses posteriores a mi adquisición de la plantita, ¿qué ganaba con hacer todo eso ahora? Maldije a la plantita morada.

A nadie le conté lo que vi esa noche. Ni siquiera cuando murmuraron su falta de juicio diez años después.

En fin, los ruidos duraron como quince minutos, me pareció eterno el rato que estuve ahí pensando en mi abuela. Me preguntaba cómo podía aguantar todo ese desgaste. Finalmente el sueño me venció. Debió de quedar muerta cuando terminó de hacer su número porque al día siguiente, cosa contraria a lo que creí y a lo que acostumbraba, se levantó a las diez de la mañana.

- ¿Cómo dormiste? -, preguntó mi abuela.

- Bien - contesté -. ¿Y usted cómo durmió? La noto cansada.

- Bien, dormí bien. Gracias a Dios. ¿Ya tiraste la planta?

- Sí. Y me di una vuelta también por el mercado de la estación. Sólo fui a ver. Bueno, traje una planta.

- ¿Qué planta es?

- No sé, se me hizo bonita y la traje.

No me dijo más. Me fui a mi cuarto y dejé el “pollo doble” en el piso, lo cambié en el mercado por el “pollo morado”. La hoja del “pollo doble” es más pequeña, y no es sedosa, plasticosa, tiene una textura parecida a la de la piel del durazno, tiene franjas moradas poco nítidas, al reverso, es morada sin la textura del durazno. Así es el “pollo doble”. Mi abuela se quedó tranquila, y para no alterarla, no le dije el nombre ni le mostré la planta, hasta muchos años después.

Al día siguiente, vinieron mis padres y les pedí a escondidas de mi abuela, que me llevaran con ellos.

- ¿No te llevas el rosal? -, me preguntaron.

Fue lo único que me llevé, un rosal necesita cuidados. El “pollo doble” lo dejé en el porche, medio escondido entre los helechos.

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