Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVII Enero 2015

 

Sir Winston Churchill (1874-1965)
Luciano Pérez

En alguna película de Tin Tan de los años sesenta del pasado siglo, de cuyo nombre no deseo acordarme, aparece el famoso cómico juarense disfrazado como escocés (los mexicanos no saben distinguir entre inglés y escocés, como tampoco entre chino y japonés), y al ser presentado en una reunión que hay, dice de sí mismo: “Me apellido Churchill, Church for my father, and Chill for my mother”, y entonces toca la gaita (Sir Winston se habría muerto otra vez de ver involucrado su buen apellido inglés con esos rebeldes de Escocia).

En esa misma década de los sesentas, los alumnos que íbamos a la primaria nos referíamos al sanitario, al W.C., como “el Winston Churchill”. La famosa novela 1984 de George Orwell, tiene como su principal personaje a alguien llamado Winston, y el beatle John Lennon tenía como segundo nombre Winston; en ambos casos, por evidente homenaje a Churchill. En la ciudad de México hay una fea estatua de él, perdida en el tráfico de Reforma, y un restaurante con su nombre; y a un puro largo, de los llamados "espléndido", se le llama Churchill.

Los casos mencionados se refieren pues a un personaje histórico que en ese entonces fue muy popular, con su puro en la boca y el signo de la victoria alzando los dedos índice y medio de la mano, y que ahora, cincuenta años después de su muerte, ha pasado al más completo olvido, en contraste con su rival Adolfo Hitler, a quien derrotó, pero que nunca he dejado de estar en los primeros sitios de la fama universal. ¿Cuántos saben hoy de Hitler? Muchos, tal vez demasiados. ¿Cuántos de Churchill? Nadie. Esa es la realidad de este lord inglés que en sus días de gloria fue muy admirado, a la vez que controvertido y discutido, tanto a nivel británico como mundial.

El que sería Primer Lord del Almirantazgo y Primer Ministro de la Gran Bretaña, nació el 30 de noviembre de 1874, en el palacio de Blenheim, en Oxfordshire, Inglaterra. Su padre fue el lord Randolph Churchill, tercer hijo del duque de Marlborough, y su madre la socialmente famosa americana Jennie Jerome. Sir Winston hizo estudios en Harrow, donde demostró ser un pésimo estudiante.

Sin embargo, al ser miembro de una familia notable, su incompetencia académica no le impidió ingresar a la prestigiosa escuela militar de Sandhurst. De aquí egresó como teniente, y fue enviado a la India. Tenía inquietud por escribir, así que en 1898 se hizo corresponsal del periódico londinense The Daily Graphic durante la guerra de Estados Unidos contra España en Cuba. Luego estuvo en la guerra inglesa contra el Sudán. Y a partir de 1899 decidió dejar el ejército, e iniciar su carrera política en el Partido Conservador.

Y entonces en ese mismo 1899 llegó la guerra de los Boers, en Sudáfrica, donde los ingleses combatieron a los descendientes de los holandeses establecidos ahí, y Churchill acudió como corresponsal, pero fue hecho prisionero, aunque logró escapar. Una vez en el Parlamento inglés, en 1904 el futuro Sir Winston se peleó con su propio partido, y se pasó a los liberales. En 1911 se le nombró Primer Lord del Almirantazgo, es decir, se hizo cargo de todos los asuntos navales británicos. Y seguía ahí cuando en 1914 estalló la Primera Guerra Mundial, donde se vio envuelto en varias controversias, precisamente en 1915; se le culpó de dos cosas: de no haber protegido con suficiencia al barco “Lusitania”, que fue hundido por un submarino alemán, y de haber fracasado por completo en la campaña de los Dardanelos, que fue una sangrienta derrota inglesa. Como consecuencia, fue destituido. En 1921 fue Ministro de las Colonias, y para 1924 regresó con los conservadores.

Apoyó con entusiasmo la dictadura de Benito Mussolini en Italia, y se opuso a la abdicación del rey inglés Eduardo VIII, lo cual le provocó muchos enemigos en su propio país. Por otro lado, escribió dos libros notables: la biografía de su antepasado, Marlborough, his Life and Times, y The Story of the English Speaking People. De 1914 a 1929 fue Ministro de Hacienda, y en 1939, ya con la Segunda Guerra Mundial encima, fue de nuevo hecho Primer Lord del Almirantazgo, cargo que ocupó hasta 1940, mismo año en que se le nombró Primer Ministro.

Tuvo pues que hacerle frente al momento más difícil en la historia moderna de Gran Bretaña, ya no sólo combatir a los alemanes en la Europa continental, sino la invasión de éstos a la propia isla británica. Esos fueron los días de mayor gloria para Sir Winston, cuando, sólo ofreciendo “sangre, sudor y lágrimas”, solicitó al pueblo inglés apoyarlo en la lucha contra Adolfo Hitler, cuya fuerza aérea (Luftwaffe), bombardeaba las principales ciudades inglesas y luchaba una enconada guerra aérea contra la Royal Air Force inglesa, que se supo defender bien. Sin embargo, el Führer nunca se animó a efectuar la Operación León Marino, el nombre de la invasión alemana a Gran Bretaña, sino que cometió lo que se ha considerado su mayor error y que le costó perder la guerra: en vez de acabar con Inglaterra, tomó la decisión de atacar a Rusia.

Inglaterra no fue invadida, pero la lucha de ésta contra Alemania (y contra el Japón) continuaría, con Churchill como su líder indiscutible. Los alemanes echaron en 1941 fuera de Grecia a los ingleses, y luego se unieron a los italianos en la campaña de éstos en África del Norte, y ahí Churchill le ordenó al ejército británico que impidiese que el Eje se apoderase de Egipto. A partir de Pearl Harbor los Estados Unidos, que estaban apoyando económicamente a los británicos, se pusieron al lado de éstos ya en el terreno militar, para integrar lo que se llamó los Aliados; y también la URSS se les unió, a pesar de la desconfianza de Churchill hacia los soviéticos, pero él aceptó “unirse con el diablo” para vencer a otro más diablo.

Los ingleses, luego de perder Singapur y otras partes del Pacífico, lograron contener a los japoneses en la India, y en 1943, ya con ayuda estadounidense, vencieron en Túnez al Afrika Korps de Rommel. Churchill dio la orden, ya desde 1942, de lanzar una ofensiva aérea contra Alemania, que destruyó muchas ciudades germanas y mató a miles y miles de civiles. Ahora Sir Winston sería implacable contra Hitler, lo que éste no fue contra Inglaterra, y promovió los desembarcos aliados en Italia (1943) y Francia (1944), que pusieron en aprietos al ejército alemán, el cual no pudo impedir que americanos e ingleses avanzasen hasta la propia Alemania, que ya estaba siendo atacada por los rusos en el este.

A medida que se acercaba el fin de Alemania, Churchill se comportó cada vez más vengativo: no apoyó la conspiración de algunos generales alemanes contra Hitler, que fallaron en el atentado contra éste y fueron cruelmente ejecutados (“que se maten entre ellos”, comentó Sir Winston); ordenó en 1945 el bombardeo contra Dresden, una ciudad alemana no militar y llena de civiles (perecieron 150 mil); y logró imponer su idea de que, una vez finalizada la guerra, se expulsase a millones de alemanes de los territorios orientales, los cuales se les entregarían a Polonia y la URSS. Pero no se percató de que la Gran Bretaña había perdido liderazgo en el panorama universal, que había sido desplazada por completo por el poder económico y militar de los Estados Unidos y de la URSS.

Churchill formó con el presidente Roosevelt y con Stalin el grupo de los Tres Grandes, pero la verdad es que los ingleses ya no eran tomados en cuenta, y cuando finalizó la guerra, Sir Winston dejó de ser Primer Ministro, y ahora sería líder del Partido Conservador. Sin embargo, volvió a ocupar el cargo de 1951 a 1955, ya en el contexto de la Guerra Fría. Ganó el Premio Nobel de Literatura en 1953, y aparte de los libros ya mencionados, y entre otros, escribió en seis volúmenes The Second World War, publicados de 1948 a 1952. Por enfermedad tuvo que retirarse de la política, en medio de grandes honores que recibió en su país y por todo el mundo, incluso en la propia Alemania Occidental, que le entregó el Premio Carlomagno. Falleció en enero de 1965.

Tal fue, en apretada síntesis, la vida de este famoso lord inglés, que, repetimos, fue tan celebrado y admirado (y odiado) en sus años de actividad, y que hoy no se habla más de él. Cincuenta años celebramos entonces de la muerte de un hombre que marcó su época, y que convivió en la vida de mucha gente. Hasta íbamos al “Winston Churchill” en momentos apremiantes

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