Ave Lamia Revista Cultural

Reserva de Derechos 04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año III Número XXVII Enero 2015

 

Son Legión
Luciano Pérez

Porcus Porcinus, almirante egregio, alistó su flota para salir de la isla de Eea, para lo cual requería la autorización de la dueña de esta última, la bruja Circe, que fue quien convirtió a la armada de Ulises en cerdos.

Ella no tuvo inconveniente en dejarlos ir, e incluso les llenó los barcos con suficiente lodo para que se revolcaran en él, así como con niños muertos y manzanas para comer.

Le preguntó ella al jefe naval: “¿Adónde piensan ir, don Porcus?” y éste, levantando su trompa, contestó: “Tenemos que rescatar a nuestros hermanos de la Legión, que fueron echados al mar de Galilea por el señor Xristos”.

“Algo oí hablar de los milagros de esa persona, almirante”. “¿Milagros? No son más que trucos, tales como los de usted”. “¿Cree que lo convertí en cerdo por truco?”
“Por supuesto, pero eso no impide que sigamos siendo marinos responsables.
Así que zarpamos hacia el mar de Galilea, para rescatar a esa Legión, y agregarla a mi flota”. Y la armada partió.

Ya en Galilea, las naves de don Porcus procuraron evadir a los discípulos del señor Xristos, gente inquieta e irrazonable. Y también evadían a Xristos mismo, de quien se decía que resucitó y ocasionaba estropicios por doquier, y que quizá la Sinagoga tuvo que ordenar que lo mataran de nuevo.

El almirante procuraba llevar siempre lista la espada, no fuese la de malas que se encontraran con el señor de los trucos. “¿Cómo hallaremos a la Legión?”, le preguntó a Porcinus uno de los maestres. Y el jefe, como siempre levantando la trompa, dijo: “Seguro los veremos flotando en el mar”.

Y en efecto, los de la Legión estaban nadando, alimentándose de los peces que Simón Petrus y su hermano ya no pescaban.Don Porcus los vio y les dijo: “¡Camaradas! Venimos por ustedes. Suban a los barcos”.

Y los de la Legión, que se veían resignados e incluso tranquilos, no sintieron ningún entusiasmo de ver a sus compañeros. Uno de aquéllos dijo: “Aquí estamos bien. Ser un cerdo no es tan malo, si se sabe nadar, y nosotros lo aprendimos. No es cierto que nos ahogamos, como han dicho los autores de calumnias. Los demonios no se ahogan, sino que comen peces y eso es lo que hacemos. Y en todo caso, ¿adónde iremos en esos barcos de ustedes? ¿Es que volveremos a ser diablos?”

A Porcus le pareció horrible el griego que hablaban los de la Legión, y como que se sintió arrepentido de haber ido a su rescate. Pero les habló así: “Camaradas, espero que entiendan lo que digo. Tengo planes para integrar una gran flota, con la cual recorreremos el Mediterráneo, saqueando y matando.

Les gustará, puesto que fueron antes demonios, avezados por lo tanto al mal”. Los puercos de la Legión no contestaron. El almirante, ya exasperado, dijo: “Bueno, el que quiera venir conmigo que venga, y el que no, que siga comiendo peces. Pero sepan ustedes que se pierden de conocer ilustres islas, exquisitas mujeres, frutas sin fin, y mucho más”. Y luego quiso apelar a su orgullo: “¿O acaso no son Legión, un nombre terrible que provocará escalofríos a lo largo de las generaciones? ¡Yo no haré de ustedes pescadores, sino marineros de guerra y garra!”

Los cerdos de la Legión hablaron entre sí para tomar una decisión, y un rato después uno de ellos fue ante Porcus para la respuesta: “Señor almirante, preferimos quedarnos. Más vale pez en mano, que tener cien a riesgo de perder nuestra vidas en esos saqueos mediterráneos”. Y la Legión entera se hundió de nuevo en el mar, a seguir disfrutando de la natación y la pesca. Y nadie los molestaba, pues fueron los primeros en reconocer el poder del señor Xristos.

Porcinus ordenó levar anclas, y la flota partió hacia Grecia. Uno de los maestres se le acercó para decirle: “Mala impresión nos causó la Legión”. Y don Porcus, alzando la trompa y muy pensativo, dijo: “Tanto convivir con los galileos los volvió perezosos. A la pereza le llaman mansedumbre.

Pero nosotros...” “¿Qué, señor?” “Y si nos regresamos con ellos? Alguien dijo que los mansos lo heredarán todo”. Y la armada otrora de Ulises, entera, volvió a Galilea para hundirse en el mar, saciarse de baños y de peces, sin necesidad de meterse a alguien, cual demonio molesto y marrullero. Los cerdos viven en paz. Tal fue el bautismo de Porcus Porcinus y de su gente en el mar de Galilea. Fueron pues vencidos, como tantos... No importa que no se les arrojasen ni perlas ni margaritas.

Regresar