Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVII Enero 2015

 

Tiempos difíciles
Mario Bravo

Mi amor, te cuento que hoy desperté de un sueño aciago:
privatizarían las margaritas por deshojar,
el hoyuelo en tu mejilla,
las metáforas de carteros y poetas,
tus “buenos días” al otro lado del teléfono,
los ojos rebeldes tras un pasamontañas,
el vino tinto en tus labios.

Te cuento que hoy desperté de un sueño terrible,
privatizarían tu cansancio de viernes,
mi beso clandestino,
las huellas de tus pies en mi playa desierta,
el sol naranja de esas tardes desmadejadas de octubre,
el canto de los pájaros a tu paso,
las tazas de café por la mañana,
el Edén al sur de tu cadera,
cada uno de los heterónimos de Pessoa,
tu reclamo en mi bandeja de entrada,
el teatro de sombras cuando se corta la energía eléctrica,
la espera de una madre o de dos enamorados en Plaza de Mayo,
los sueños de migrantes en Lampedusa,
las miradas de amor/odio entre dragones y princesas.

No quedaba algo ni alguien sin ser botín de los ladrones.
Ni el acertijo en tu vientre,
ni las mil dalias que corté para prenderlas en tu cabello.
Tampoco quedaba a salvo el pan en tus manos,
las moronas ni la borra del café durante el desayuno,
todo, amor, se había perdido.

Pero apareciste:
tú, tan Ingrid Bergman en Casablanca,
yo, tan Charlot huyendo de la policía,
y hacíamos inventario de lo todavía salvable:
las cartas de Neruda a Matilde,
los abrazos de sala de embarque,
el olor tuyo en la ropa colgada del perchero,
una postal de mi abuelo enviada a mi abuela,
junio de 1966: “Leo tus cartas, te quiero. Enrique.
P.D. Esta tarde a las 6 salgo a Madrid.”

Y desperté.
Con esta soledad tan invierno y todavía tan mía,
repleto de bostezos a la alza,
sintiéndome tan Robinson en esta habitación,
dispuesto a salir y buscar en las calles,
entre gritos y protesta,
aquel vendaval que dejó el batir de tus alas,
tu abrazo arrugando mi camisa,
el abracadabra derrocando la tiranía de los adioses.

Y he de confesarte
que entre tanto robo disfrazado de política,
he guardado bajo llave tu reflejo en cada charco,
tus ojos haciendo morada en ese libro de Chéjov,
todas las letras de tu nombre,
las pestañas caídas y sus deseos por cumplirse,
las monedas encontradas en un pantalón olvidado.

Todo eso, al menos, todavía nos pertenece.

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