Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVIII Febrero 2015

 

Casi cien años de soledad
Arturo Palacios Juárez

Con todo respeto en el aniversario de los primeros 86 años
de un hombre, cuya obra perdurará por siglos.
Para el maestro Gabriel García Márquez

–Señor Palacios, vino un verraco a decir que Gabriel García Márquez lo espera hoy en su casa.
–¡No mames! ¿Qué le dijiste?
–Jué puta, no venga con jodederas.
–Cálmate, cálmate, yo no te insulté. ¿Qué le dijiste al verraco?
–Eso le dije, que no viniera con jodederas.


Vagar por la ciudad amurallada de Cartagena de Indias, subir al Cerro de la Popa y recorrer el Castillo de San Felipe Barajas y después todavía, perderse en la intrincadamente bella ciudad, había creado en mí un letargo tal que, al llegar al Hotel Toledo, de la Avenida José de San Martín, no lograba concretar otra idea que la de tirarme en la cama y dejar que la aventura diurna continuara, liberando al inconsciente desde el momento de cerrar los ojos.

No esperaba semejante noticia. Un Premio Nobel convocando a un escritor desconocido, no solamente en Colombia, sino en el mundo entero.

Por la mañana, cuando con mi familia, mi esposa y mi hijo, iniciara el recorrido de la Cartagena, asolada nada menos que por el mismísimo Francis Drake, quise que lo primero fuera la visita a la casa del maestro Márquez, no con la ingenua idea de saludarlo en persona, como lo esperan los miles de turistas que por allí pasan, sino el simple saludo a través de algunos de mis libros, los que ya iban preparados con una dedicatoria laudatoria, correo electrónico y por no dejar, el lugar donde me encontraba hospedado.
En muchas ocasiones, reconozco pecar de ingenuo; sin embargo, sé que no pierdo nada con acariciar el sueño de todo escritor oscuro, que es el llamar la atención de los genios de las ligas mayores.

Soñar es el único momento de nuestra vida en que podemos ser absolutamente libres; en el que el inconsciente puede cumplir aspiraciones utópicas y en el que la misma utopía se deja alcanzar.
Así que cuando Billy White, Guillermo Blanco, para quienes no sabemos inglés, el mejor guía de turistas del mundo, según él mismo, me diera la noticia del verraco mensajero de García Márquez, le dije a mi familia:
–¿Me acompañan en esta enorme aventura?
A lo que ambos contestaron negativamente:
–Todavía crees en los Santos Reyes –, mi mujer.
–En Colombia son bien verraqueros –, mi hijo, mexicanizando el castizo término colombiano.
Por lo que asomando la cabeza en el sueño, me despedí de ellos:
–Nos vemos al ratón vaquero–, bajando apresurado las escaleras del hotel, a la caza de un taxi que me llevara a la caza de un sueño.
La noche anterior, había soñado que estaba dormido y soñaba que dormía soñando un nuevo sueño que me transportaba por senderos oníricos.
–Por favor me lleva a la Ciudad Vieja–, pedía al taxista, quien me mira de reojo, pensando seguramente: “¿Qué va a hacer este pendejo a esta hora?”
– ¡Con gusto! –, responde con la tradicional fórmula de cortesía de los colombianos. – ¿A qué sitio? –, completa desconfiado.
–A la casa de García Márquez–, le respondo enfático, esperando resolver sus dudas y desarmar su desconfianza.
–¿A dónde? –,vuelve a preguntar, al momento en que frena el automóvil, no sé si por evitar un choque por la sorpresa de saber que lleva a alguien tan importante que va a ser recibido por el ícono de Colombia o porque piensa que le tomo el pelo.
–A la calle del Curato, a la casa de García…
– ¿Que va a hacer a la casa de un hijue puta que nunca recibe a nadie? – me pregunta cada vez más desconfiado de que su trabajo vaya a ser improductivo – Por qué no lo llevo mejor a la casa del Pibe que es más amable.
–Soy su invitado–, respondo con un orgullo que lo silencia para el resto del trayecto, hasta llegar a la casa color ladrillo, de altos muros, la que todos critican por ser un bunker, según nos dijera otro taxista.
–Son quince mil pesos–, me dice por fin y al arrancar, de soslayo veo que hace una seña al policía que se encontraba en la esquina, seguramente previniéndole contra un desquiciado, ya que aquél se acerca cuando estoy a punto de pulsar el timbre para hacer las preguntas de rigurosa seguridad y esperar junto a mí, hasta el momento en que por el interfón preguntan de quien se trata; escuchar cómo me anuncio y observar cómo un mayordomo franquea la puerta afirmando que el maestro me espera.
Los sueños se desprenden de toda materia y se elevan para vagar insondablemente a través de un universo alterno, mucho más benigno que el real. Así que ensalivé las manos y las froté para que pudieran asirse con seguridad al sueño que iniciaba el vuelo.
Caminé nervioso tras el mayordomo, quien lejos de tener el aspecto de aquellos descritos por Agatha Christie, era de un desenfadado aspecto guajiro, con todo y su sombrero de “caña-flecha”, tan popular en toda la costa caribeña de Colombia.
–Por aquí por favor–, cortés me conduce por un amplio patio, donde luce una lujosa camioneta; buseta podía haber dicho, hasta llegar a una puerta de madera adornada por un enorme vitral de flores blancas, en donde, con elegancia criolla, coloca una mano en su espalda, mientras la otra la tiende hacia adelante, indicando paso franco.
–El señor lo espera en la sala–, indica, al tiempo que apuro el paso y me encuentro con el Premio Nobel arrellanado en un alto sillón, hojeando “Simpatía por el Diablo”, uno de los cuatro libros que dejara por la mañana, manteniendo una divertida sonrisa de simpatía, no por el diablo, sino por lo que leía de mi libro.
–Maestro, perdón por el retraso– intento justificarme por lo avanzado de la noche –, apenas recibí su mensaje.
El gran Gabo frente a mí, se retira los lentes de gruesa armadura oscura y se levanta del sillón para darme un fuerte apretón de mano, atraerme hacia él y extender el saludo con un cálido abrazo.
Cabello hirsuto, totalmente blanco; el inefable bigote que tupido e igualmente blanco cubre todo el labio superior pero no la alegre sonrisa que le caracteriza y denota el noble campechano carácter y la sencillez con que es reconocido. Sin los lentes, sus ojos brillan en destellos de alegre sabiduría y de la inquieta movilidad, se detienen frente a mí vista, como anunciando amabilidad y confianza. La eterna guayabera blanca se ilumina ante la cercanía de la luz.
–Déjese de vainas que estoy muy divertido con esas apariciones del diablo arrabalero–, afirma, otorgando la posibilidad de abandonar el nerviosismo que me aqueja.
– Me siento muy honrado de saber que le gustaron mis cuentos–, asiento desconcertado, por saber que uno de los gigantes literarios de todos los tiempos, comente con agrado lo que considero un trabajo humilde, pero al fin de cuentas mi trabajo.
–Pase y acomódese– invita amigablemente –, mientras le sirvo un aguardiente Antioqueño, tengo muchas preguntas que hacerle.
Su acento, a pesar de residir tanto tiempo en México, no ha perdido la entonación caribeña, incluyendo el tratamiento de “usted” acostumbrado en la región, no con el sentido de distancia con que se utiliza en mi país.
No logrando evitar el nervioso desconcierto, me dejo caer en el sillón que se encuentra enfrente del que el maestro ocupaba.
–Dígame qué le ha parecido Colombia–, inquiere, mientras escancia en un vaso con hielo, el traslúcido aguardiente.
–Todo muy bonito– respondo, sin lograr dominar del todo la timidez –, pero sobre todo Cartagena.
–Sobre todo las colombianas– interrumpe festivo –, no nos hagamos tontos –, terminando la afirmación con una sonora carcajada.
–La verdad– asiento con cierto rubor –, son sin lugar a dudas, la cereza del pastel.
–Los médicos me tienen prohibido el alcohol, sólo me permiten una copa de esta mierda de anís–, afirma en tono melancólico.
Al tomar el vaso que me extiende, pienso en sus 86 años, en la vida disipada narrada por él mismo y en la fortaleza que a pesar de todo muestra.
–A veces tienen razón–, digo en tono conciliador, intentando no convertirme en causante de un desaguisado de salud.
–Sólo son hijue putas que no saben más que firmar certificados de defunción –, interrumpe.
No acierto más que a extender el brazo y decir salud, al tiempo en que chocamos vasos y paladeo el suave sabor anisado del aguardiente que yo había desdeñado, por el temor de encontrarme con un aguardiente de caña similar al guerrerense, de ese que noquea con unos cuantos tragos.

En días anteriores, había preferido el Ron Medellín, de un sabroso sabor dulzón y las cervezas Club Colombia o Águila, como elementos indispensables para disfrutar de la playa.
–Conozco poco el argot de la ciudad de México; Fuentes, Agustín o Armando Ramírez lo utilizan, pero esto es nuevo para mí– sentencia jubiloso –. Ni siquiera la Picardía de Jiménez tiene tanta realidad. ¿Esto existe o es mera alegoría verbal? –, pregunta, dando pie a que tome mi papel de interlocutor.
–Creo, a no dudarlo– respondo, esperando ser elocuente –, que no es lo mismo asomarse al arrabal y tratar de escribirlo desde afuera que vivirlo y escribirlo desde adentro.
Intento con mi respuesta, no descalificar irresponsablemente a ninguno de los compatriotas citados, ya que haber sido leídos por García Márquez, la cercanía con él y el enorme reconocimiento de Fuentes, por ejemplo, me sitúan muy alejado de su nivel intelectual, aunque cuento con el mérito de poder hablar de lo que con suficiencia domino: las cloacas de la Ciudad de México.
–Aventurada su afirmación, pero tiene usted razón– reflexiona –. Carlitos era un monstruo de la imaginación, pero su extracción de niño bien le impedía mezclarse del todo con el pueblo.
–Usted mismo, maestro, sus novelas son la fantasía, pero no se encuentran fuera de la realidad– afirmo, intentando que el encuentro me lleve al terreno del aprendizaje – ,podrían decirse hasta autobiográficas. ¿No es así?
–Pues sí– confirma, al tiempo en que toma los dos vasos y vuelve a servir una cantidad generosa de aguardiente de anís –. Todos mis personajes se encuentran anclados de alguna manera en la realidad. El surrealismo es mágico precisamente porque es real. Sería irresponsable afirmar que la imaginación absoluta fuera algo real –, concluye.
Se pone de pie, cortando la disertación, para acercarse al estéreo y comenta el disco que pone a sonar:
–Diomedes Díaz, es uno de mis favoritos en el vallenato. Mis vicios son pocos pero profundos– comenta, al tiempo que realiza unos pasitos cortos marcados por el acordeón y la guacharaca –: la literatura, el billar, la revolución cubana, los Rolling Stones, el bolero, el vallenato y la música mexicana–, afirma, al tiempo que junto a Diomedes canta “Pachito e’ Che”.
–Hágame el favor de servir otro fajo– solicita festivo –, los médicos y la familia me tienen prohibido servirme más de dos tragos.
–¿Maestro, le resulta molesto ser el personaje histórico en que se ha convertido? –, pregunto, mientras escancio la bebida en los vasos, evitando con esto que el Gabo salte las normas sanitarias a las que se encuentra sometido.
–Nunca he tenido vocación para el éxito – responde con un gesto de reflexiva amargura –, el que se vendan mis libros como salchichas me ha condenado a la más dura de las soledades: la soledad del éxito– continúa –, una paradójica soledad en la que uno se encuentra solo en medio de la multitud que lo acosa y aclama–, argumenta, al momento de levantarse nuevamente del sillón y silenciar repentinamente a Diomedes cuando cantaba “La Sanguijuela”.
–Maestro– intento ser conciliador –, a usted se le admira en el mundo entero. En cualquier esquina del planeta en que se pare, va a encontrar amigos que…
–Que ahondarán más mi soledad–, corta afortunadamente mi intervención, ya que intentar discutir su argumentación, sería contradecir la propia sensibilidad de un hombre como yo quien no ha hecho toda la vida sino huir de la soledad para encontrar su propia soledad.
–Puede parecer increíble, pero no conozco a otro ser más solitario que yo– continúa con su tono nostálgico –, pero así es la gente del Caribe, tenemos fama de lo contrario, pero en plena pachanga, los ojos brillan de melancolía.
–En cambio en México– intervengo comparativo –, lloramos hasta de felicidad.
Camina hacia el rincón y toma una guitarra que parecía de ornato, pero que resulta, como debe ser toda guitarra, un instrumento catártico, ya que el buen Gabo inicia, con acordes de música mexicana, un tono de sol con el rítmico y clásico chun tata.
–Cuando el dictador Rojas Pinilla me cerró las puertas de Colombia y me quedé varado en Europa– comenta con orgullo –, entre tantas cosas que hice para sobrevivir, me dediqué a cantar canciones mexicanas en los cafetines del barrio latino. José Alfredo Jiménez y Chabela Vargas –continúa su melancólica disertación– me enseñaron a cantar con verdadero sentimiento, pero ahora – deteniendo los arpegios –, las reumas me impiden hacer lo que más amo después de la literatura: cantar, acompañando mis alaridos con mi guitarra.
–No se preocupe maestro, yo lo acompaño–, me levanto, tomo la guitarra de sus manos y continúo el ritmo ranchero por él esbozado para iniciar con aquello de José Alfredo que por bello no puede dejar de gustarle a alguien:
“Cuando te hablen de amor y de ilusiones
y te ofrezcan un sol y un cielo entero…”
Gabo regresa a su eterna sonrisa, pero ahora sí descubro su mirada melancólica cuando con bien plantada voz, comienza a armonizar en una segunda voz bien afinada:
“Si te acuerdas de mí no lo menciones
porque vas a sentir amor del bueno…”
La emoción del maestro lo conduce a romper las domésticas normas sanitarias, para descorchar una nueva botella de Antioqueño y escanciarlo nuevamente en los vasos con hielo. Enciende un Mustang y entre inhalaciones, continúa su segunda voz:
“…di que vienes de allá
de un mundo raro…”
–No de balde, México es mi segunda patria, chingao–, grita festivo, al tiempo que arranca con otra de las canciones más populares en el extranjero:
“Voz de la guitarra mía
al despertar la mañana…”
La que sigo apresurado buscando el tono, para encontrarlo en Mi, para no quedar mal con el maestro.
“México lindo y querido…”
Suena su bien plantada voz mientras continúa saltando las reglas de la salud, sirviendo las copas siguientes.
–Quiero que me hables de tú como en México, cuando se toma confianza en un amigo–, solicita con amabilidad, extendiendo la mano para estrechar la mía con tal efusividad que no puedo sino agradecer con una sonrisa.
–Siempre he dicho que escribo para que me quieran mis amigos, pero creo que cantando a José Alfredo se logran más amistades–, dice, al tiempo que continúa estrechando mi mano.
–¿Me permites un chiste grosero? –, pregunto con cierto temor de vulgarizar el para mí, histórico momento intelectual, pero me animo ante su aceptación:
–En México decimos que una botella de tequila, una canción de José Alfredo, una patada en los huevos y a llorar, no falla–, término temeroso de que el maestro se muestre ofendido.
Por el contrario, el fino humor de Gabo es estimulado y lo celebra con una carcajada que le lleva a retirar los lentes para limpiar el lagrimeo que la risa produce.
–Creo que hasta los gallinazos que sobrevuelan esperando por mí se espantaron– comenta hipeando –, nos echamos otra copa, otra de José Alfredo, sólo me eximes de la patada en los huevos, te prometo que lloro sin ella.
Así que retomo la guitarra para reiniciar el canto, sabiendo que un degustador de la música mexicana, como el Gabo, no puede dejar de apreciar “Paloma querida”:
“Desde el día en que llegaste a mi vida
Paloma querida, me dio por brindar…”
El maestro empina el brazo y de un tirón vacía el vaso, lo que le lleva a perder el equilibrio y afortunadamente caer sentado en su sillón, al tiempo que ya con palabras no bien articuladas, continúa cantando:
“Me sentí superior a cualquiera
y un puño de estrellas te quise bajar…”

Observo que el cansancio, el sueño, la edad tal vez lo van venciendo, ya que intenta abrir los ojos sin lograrlo, aunque de manera automática intenta aun cantar.
–Buenas noches–, escucho una voz femenina que con enconada autoridad afirma que Gabo ya debe descansar, entendiendo esto como una invitación a despedirme.
–Tiene razón–, alcanzo a decir, mientras coloco la guitarra en el sillón, tomo el vaso de aguardiente que es el riguroso caminero y emprendo, sin más, la retirada, pidiendo que me despidan del maestro y que en otra ocasión podríamos continuar la velada.
La mirada inquisitiva, sin palabras, vigila que el mayordomo me conduzca a la puerta, la que cruzo no sin preocupación, pero orgulloso de haber parrandeado con mi héroe literario.

Los efectos energéticos del antioqueño me conducen a caminar a la deriva para extender temporalmente el disfrute de mi triunfo.
Salgo de la ciudad amurallada y vago, no sé en qué sentido; me encuentro en el momento etílico de la despreocupación, de la efusividad absoluta; en el momento en que se siente el cuerpo sin peso, como flotando, como en un espacio etéreo en el que me traslado para situarme en mi cuarto de hotel, en mi cama tamaño rey y me tiendo a continuar el sueño en el que me sueño soñando.

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