Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVIII Febrero 2015

 

Edmundo Valadés y la malicia literaria
(1915 – 1994)

José Luis Barrera

Edmundo Valadés, nacido en Guaymas, Sonora, el 22 de febrero de 1915, fue un escritor, periodista y editor, que durante su vida se destacó como defensor y promotor del cuento como género. Su obra narrativa, reunida en dos volúmenes: La muerte tiene permiso (1955) y Sólo los sueños y los deseos son inmortales, palomita (1980), es un cúmulo de referencias a la vida urbana y la violencia con que se convive en ella de manera cotidiana.Y al adentrarse en esa intemperancia de la rudeza, el tema de la muerte roza constantemente las líneas de sus cuentos.

Porque si Edmundo Valadés era un promotor del cuento, era también un defensor apasionado de la malicia que se requiere al escribir, y dicen los que lo conocieron que “su rostro colorado se le iluminaba” tan sólo de mencionar la palabra cuando daba sus lecciones. Hombre sereno, tranquilo, quien con su acento marcadamente norteño, no se andaba con rodeos, si bien con amabilidad, al hacer observaciones en los textos que le llevaban a su taller.

Es así que Edmundo Valadés, con esa malicia que exigía a sus talleristas, en “No como al soñar” describe el valor que tenía Adrián de entregarle una carta de amor a La Tichi, contrastándolo con la versión que de él tienen doña Pita y Concha, al considerarlo cobarde por salir corriendo al ver cómo matan a un hombre en la calle. En primera instancia se hace una clara referencia de la relación del ser humano con la muerte, a contra parte del amor (el eros contra el tanatos), a la que cada vez se le toma con más indiferencia.

De repente vuelve al tema en”La muerte tiene permiso”, en donde nos la anuncia desde el título, pero la defunción de un ser humano no está presente de manera constante durante el cuento. Siendo al final, como siempre pasa, que la muerte hace su aparición, y en este caso con su advocación de justiciera.

El giro inesperado hace acto de presencia, cuando nos acostumbra a la casi eterna presencia mortuoria, y en “Al jalar el gatillo” a pesar de que don Rafa quiere quitarse de encima a Gabriel por medio de un pistolero conocido como El cacarizo, para acceder al amor de una muchacha enamorada del segundo y, no obstante el nombre del cuento y el desarrollo de la trama, así como la frase lapidaria: “Es entonces sedante desquite jalar el gatillo para que un hombre caiga y se quede quietecito”, al final no le sale bien el negocio a don Rafa, y resulta que no hay muertito no obstante que la muerte ronde de nuevo durante el cuento.
Pero también la muerte puede aparecer de manera brutal, y en “Estuvo en la guerra” hace su aparición sobre una cancha de futbol, cuya descripción de cuerpos sin cabeza tendidos en el campo deportivo es cruda y sin miramientos. Pero Valadés también le da paso a la pregunta existencial que muchos nos hacemos y con la que inicia “Un hombre camina”: “¿Qué va a ocurrir si muero mañana?”.

Y de pronto, regresar a la vida gracias a “…El beso espontáneo de una mala muchacha llamada Sylvia…”, en “Todos se han ido a otro planeta”; no sin su dosis característica de drama previo, que hace patente la estrecha relación de la vida con la muerte.

Por eso a doña Lola le preocupa que su esposo, don Pancho, mate a su hijo Tiburcio como castigo por haber violado a Irma en “La grosería”, y además nos manifiesta las versiones de víctima y victimario sin tomar partido, con un final conciso, crudo y sin concesiones como lo pide un cuento y en dónde ahora se exige la malicia al propio lector.

Con esa misma exigencia hacía sus antologías, en las que incluía tanto el cuento como minificción (a la que se refería como “…la gracia de la literatura”), incluidas en El libro de la imaginación (1970), y Los cuentos de ‘El cuento’ (1981), esta última resultado de su revista El cuento, que editó desde 1964 (en realidad un proyecto iniciado por el propio Valadés y Horacio Quiñones desde 1939, y suspendida por causas económicas) y, junto con Agustín Monsreal, hasta su muerte, el 30 de noviembre de 1994, siendo tal vez la más completa muestra de la cuentística universal con sus casi 140 números editados.

A cien años de su nacimiento, vale la pena revisar la obra y el gusto literario de Edmundo Valadés, quien sin duda fue un gran impulsor de la narración corta como opción para el lector de nuestros tiempos tan acelerados, utilizándolo para impregnar en su enseñanza de la importancia de la malicia en la creación literaria.

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