Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVIII Febrero 2015

 

Gabriel Vargas (1915-2010)
Luciano Pérez

Los procesos creativos de la cultura en México, con ser tan ricos y tan vastos, nunca son apreciados ni reconocidos en el momento en que están ocurriendo, menos que nadie por los presuntos encargados de su administración y seguimiento. Y si esto es cierto de lo que denominamos alta cultura, ahí donde las becas y los premios son repartidos como vulgar intercambio (“prémiame hoy, que yo te premiaré mañana”), el caso de la cultura popular es más dramático todavía, porque es objeto de un total menosprecio por parte de la autoridad cultural correspondiente, y ya cien años después se rescata el nombre y la obra de quienes la crearon, para ser apropiados y expropiados por la “cultura oficial”. El danzón, el bolero, el cine de la época de oro, la lucha libre, el comic, durante décadas se les consideró indignos de ser manifestaciones culturales mexicanas. Hoy son objeto de “merecidos homenajes” y de disertaciones académicas, cuando ya los exponentes de las disciplinas mencionadas no existen más.

Por fortuna, quienes siempre hemos amado la cultura popular en su momento creativo (ojo, no confundirla con los productos de la televisión comercial, porque estar jodido es una cosa, pero crear para jodidos es otra) nunca hemos necesitado de ninguna bendición de la autoridad para disfrutar de productos tan excelsos como los danzones de Acerina, las canciones de Beny Moré, las películas de Clavillazo, las epopeyas en el ring de la Coliseo, los personajes de la Familia Burrón. Esta cultura popular es más apreciada, ciertamente, por quien gusta de ella por haber nacido y vivido en el ambiente propicio: en los barrios y las vecindades de las colonias donde primero fue conocida. De ahí que la pérdida de un experto como Carlos Monsiváis es irreparable, pues él conocía a fondo lo popular por haberse criado en la Merced y luego por vivir en la San Simón de la Portales, conocimiento del cual carecen los actuales y serios estudiosos, quienes desde su comodidad coyoacanense o sanangelina estudian y escrutan la cultura del pueblo, sin jamás haber pasado por Tepito, la Moctezuma o la Morelos.

En este año 2015 se cumplen cien años del nacimiento de una de las figuras mayores de México, un héroe cultural completo, un hombre que supo expresar como muy pocos lo que somos como mexicanos, y lo hizo mucho mejor que tantos novelistas y poetas que pierden el tiempo (pero nunca el dinero) visualizando a nuestro país desde Nueva York, en vez de hacerlo desde Neza York o Mi-Nezota. Esa gran figura es Gabriel Vargas, el creador de los inmortales Burrón, que expuso ante nuestros asombrados ojos lectores las alegrías y los sufrimientos de un México que se nos ha ido yendo en aras de la ciega y depredadora modernidad: el México de las vecindades, las pulquerías, las peluquerías, las cantinas, los tianguis y los mercados, donde hay (o hubo) la gente pobre pero honrada, los chamacos maloras, las señoras peleoneras, los cábulas, los léperos, etc. Todo en medio de una fiesta verbal inigualable, un lenguaje intraducible que nosotros entendemos muy bien porque son esas palabras las que mejor nos definen.

Don Gabriel nació el 5 de febrero de 1915 en Tulancingo, estado de Hidalgo, cuna también de otro irreprochable héroe cultural, Rodolfo Guzmán Huerta, el Santo. Al morir el padre, la familia Vargas Bernal, con la madre y doce hijos, se vino a vivir a la ciudad de México, donde habitaron en diversos barrios, uno de éstos fue Tepito, en la vecindad más emblemática de aquí, la Casa Blanca, que desapareció con el terremoto de 1985 y luego fue reconstruida, pero ya no como la original, aquella que describió el antropólogo estadounidense Oscar Lewis en sus libros Los hijos de Sánchez y Antropología de la pobreza. La familia Vargas llegó ahí pues era donde vivían algunos parientes, uno de éstos una mujer impetuosa y pendenciera que fue el modelo para la creación de Borola Tacuche, la cabrona máxima. En esa vecindad, Vargas vio, observó y convivió, para más tarde delinear y dibujar una familia que nunca termina de divertirnos porque es el espejo en el que nos miramos a nosotros mismos.

Los años treinta del siglo XX conocieron el prodigioso desarrollo de una nueva forma de entretenimiento y de arte: el comic. Inició éste en los Estados Unidos con personajes que llenaron toda una época, como Mutt y Jeff, Krazy Kat, Joe Palooka, Dick Tracy, Li’l Abner, y muchos otros, cuyas aventuras fueron vistas en un principio en los periódicos bajo el nombre de tiras cómicas; más tarde, dado el éxito que tuvieron, se decidió publicarlas aparte en un formato llamado comic book. En un principio éste, también conocido como historieta, parecía hecho para divertir a los niños, pero la verdad es que los adultos también quedaron encantados, así que ese tipo de publicaciones fue imitado en todo el mundo, y México no se quedó atrás. Así nacieron Paquín, Chamaco, Pepín y Paquito, entre muchos otros, revistas donde se publicaban en traducción los personajes de las historietas estadounidenses, y también se dieron a conocer los de nuestro país. Gabriel Vargas tenía doce años cuando ganó un concurso de dibujo, y el premio fue una beca para estudiar pintura en París; pero prefirió un empleo como ilustrador y caricaturista en la revista Jueves de Excélsior. Prácticamente un niño prodigio, Vargas labora ahí sin cesar, desarrollando un estilo de dibujar y de narrar que más tarde rendiría frutos.

A fines de la década de los años treinta, el coronel José García Valseca, dueño del Pepín y el Paquito, y que unos años después fundaría un poderoso emporio periodístico con el Esto y El Sol, lanzó un concurso de historietas, donde el ganador sería publicado. Vargas fue el primer lugar, y a partir de ahí pasó a ser parte de la empresa del coronel, al cual le guardaría fidelidad hasta la muerte de éste. En el Pepín publicó el joven historietista una serie llamada Los Superlocos, que aparecería a lo largo de la década de los años cuarenta, cuyo protagonista central era el excéntrico Jilemón Metralla y Bomba, siempre enamorado, y siempre tramposo, conchudo y gorrón; en cada cuadro, a la vez que cambiaba de sombrero, también comía de todo, tocaba instrumentos musicales, y usaba diferentes bastones (incluso se colgaba perros). A su alrededor pululaban otros raros personajes, como el Güen Caperuzo, la Cuataneta, Nepomuceno, el Peterete, Guanábana Guarneros, Talocha Lilongo, y muchos otros. Todo esto como preludio de algo que tendría mayor éxito todavía, como veremos a continuación.

En 1948 comenzó a salir en el Pepín, para luego pasar al Paquito, una serie que primero recibió el nombre de El señor Burrón o vida de perro, que trataba sobre un peluquero mandilón y bien portado, don Regino Burrón, casado éste con una fémina loca y atrabancada que lo oprime y lo maltrata, doña Borola Tacuche, que procede de buena familia. Ahí da inicio la inmortal Familia Burrón, el máximo logro de Vargas, y probablemente de todo el comic mexicano. A través de cuatro décadas, los Burrón nos complacieron el caletre con sus aventuras vaciladoras, ocurridas éstas en la vecindad del Callejón del Cuajo. Padres y maestros clamaron contra lo que consideraban la mala influencia de esta historieta, mas ¿quién podía resistirse al influjo de tantas y tantas figuras entrañables que aparecieron en este comic?

Regino se dejó manipular por su mujer durante largos años, pero luego reaccionó y quiso meterla al orden, y ella no tuvo más remedio que obedecer a su zotaco; sólo hasta cierto punto, pues Borola no dejó de seguir armando relajos en la vecindad y peleándose con las otras viejas, o ayudándolas en sus penalidades, poniendo muchas veces en aprietos a su marido. Sus hijos fueron el Tejocote y Macuquita, dos chicos altos que al principio eran más destrampados, y después se hicieron tranquilos; adoptaron luego a Foforito, hijo de un briago irresponsable que no puede hacerse cargo de él, Susano Cantarranas, héroe y trovador de las empulcadas y hermosas damas doña Gladys, y la divina Chuy, entre otras.

Borola tiene una tía rica, Cristeta (eterna novia del rey del queso, el señor Cheboché), que la saca de líos en momentos extremos, y un hermano delincuente, Ruperto, al que nunca le vimos el rostro, que en un tiempo fue temido en toda la colonia y en toda la ciudad, pero decide regenerarse, sólo que los tecolotes no le creen nada y con frecuencia lo detienen como sospechoso, en su domicilio que es una habitación del hotel “El Catre”; su novia es la bella Bellota, madre soltera con un niño incapacitado y también Lucila la Gorilona.

Foforito tiene un amigo rico, Isidro Cotorrón, un violinista al que sus padres obligan a desarrollar su instrumento, un costoso violín Guarneros, así que no ven con buenos ojos la amistad del niño de la vecindad; sin embargo, Foforito suele acompañarlo tocando la mandolina, así que ambos escuincles gustan de la buena música, que llega a lo más alto cuando tocan la suite de “Renato el Ballenato”.

A veces se les unen otros niños prodigio, como Alubia Salpicón, una genio del tololoche. Y no podemos dejar fuera de esta breve enumeración a uno de los pícaros más grandes que ha habido, el poeta Avelino Pilongano, autor del excelente libro de versos “Pecha Cabecha”; un artista al que el INBA y el Conaculta ignoraron siempre, a pesar de su evidente maestría en el arte de la versificación, superior a tantos que hemos conocido y cobran en las oficinas culturales.

Y como nunca le concedieron beca (tampoco se preocupó en pedirla, aparte de que nunca se la hubieran dado), se resigna a ser mantenido de por vida por su anciana madre doña Gamucita, quien lava ajeno para que a su hijo no le falten los frijolianos, aunque con frecuencia le reprocha el que “no haga nada”. Y hay muchos otros, como el Tractor, porro de la Prepa Chorromil y enamorado de Macuca; o el cacique pulquero amigo de los Burrón, don Briagoberto Memelas; incluso un vampiro, Satán Carroña, que anda por las noches en la azotea del vecindario y está casado con una calaca. Imposible reseñar aquí a todos. Y el centro de todo esto siempre lo serán don Regino y doña Borola, quizá el último matrimonio ejemplar que ha habido en México.

Se nos acaba el espacio y quisiéramos hablar más del léxico burroniano, una selva de sonidos, significados, tropos, aliteraciones, que se encuentran en el habla popular mexicana (o se encontraban) y que Gabriel Vargas tomó y supo exponer en la voz de sus personajes. “Las de galopar”, son las piernas; “las de sopiar”, las manos; “los de apipizca”, los ojos; “la bola de los pipis”, la cabeza… Sería infinito hablar de esto, así que no seguimos, además de que cada lector tiene en su memoria tantas y tantas expresiones, muchas de ellas desaparecidas ya en aras de la influencia nefasta de la televisión. Sólo recordaré un hechizo que realizó una bruja en alguno de los números de los Burrón, digno de Goethe, que decía así: “Chiqui chaca la buchaca, triqui traca la matraca, pin pun plán”.

Cien años son pues del nacimiento de tan grande exponente de nuestra cultura, que siempre estuvo a favor de los desposeídos y los humillados, así que cerramos este homenaje de Ave Lamia con algo que dijo Borola y que es muy pertinente ahora más que nunca: “El orgullo de ser mexicano es aguantarse todas las canijadas de los de arriba y de los comerciantes”, y a continuación llama a la insurrección. Gabriel Vargas ganó en 1983 el Premio Nacional de Periodismo, y en 2003 el Premio Nacional de Ciencias y Artes, en un intento de la cultura oficial por redimirse de sus muchos pecados, sólo para seguir pecando más. Las canijadas no tienen límite. Mientras las aguantemos

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