Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVIII Febrero 2015

 

La Calle de Madero
Tinta Rápida

Muchos de los transeúntes que a diario deambulan por la muy transitada calle de Madero, hoy completamente peatonal, tal vez ignoren que esta calle desde la época colonial era una de las más concurridas y que su traza original se debe al español Alonso García Bravo (1490, Rivera de Fresno, España – Ciudad de México, 1561), y aunque sepan o supongan que el nombre es en honor del héroe revolucionario don Francisco I. Madero, tal vez no sepan que el 8 de diciembre del 2014, se celebraron 100 años de llevar el actual nombre, gracias a la idea de Pancho Villa, que puso un par de placas en la actual esquina con Isabel la Católica y amenazó con tirarle un balazo al que se atreviera a retirarla.

Tal parece que durante estos cien años nadie se atrevió a comprobar si aún muerto Villa cumplía su amenaza, por lo que se conserva ese nombre hasta nuestros días.

En la época de la Colonia, esta calle que va desde Eje Central (antes San Juan de Letrán) y hasta la Plaza de la Constitución, llevaba los nombres de 1ª y 2ª de San Francisco, hasta Isabel la Católica, y Calle de la Profesa, de esta última y hasta el Zócalo, y que fue conocida también como Paseo de los Plateros, porque ahí se asentaban las casas y negocios de los acaudalados empresarios de plata.

Esta ha sido sin duda la calle más transitada de la Ciudad de México desde sus orígenes coloniales, y en ella existen gran cantidad de inmuebles de gran valor arquitectónico.

Comenzando desde San Juan de Letrán (aún me niego a nombrarla con la frialdad de “eje central”) se encuentra el otrora edificio más alto de la ciudad: La Torre Latinoamericana, inaugurada el 30 de abril de 1956, obra del arquitecto mexicano Augusto H. Álvarez y que fue una innovación tecnológica al evitar que con sus 188 metros de altura, sufriera daños en una zona altamente sísmica; de hecho este edificio ha resistido los dos más fuertes sismos que han sucedido en esta metrópolis en 1957 y 1985, siendo por esto, este rascacielos de 43 pisos, un orgullo de la ingeniería mexicana y un referente de la ciudad, aunque a muchos este edificio de corte moderno no les parezca bonito.

De hecho esta torre se encuentra en los terrenos de lo que fuera el Convento de San Francisco, del cual sólo se conserva el templo del mismo nombre con su atrio y la Capilla de Balvanera, con portada lateral de estilo churrigeresco.

Este convento, fundado en 1524 por los padres franciscanos del cual se ha dicho que fue construido sobre el zoológico del emperador Moctezuma II (conocido como la casa de las fieras), a lo cual Eduardo Matos Moctezuma hace referencia de un error ya que tal vez el zoológico estuvo ubicado en lo que actualmente es el Monte de Piedad.
(La lógica del prominente arqueólogo mexicano es que el zoológico no podía estar tan lejano del palacio del emperador).

Este gran convento, abarcaba desde San Juan de Letrán, hasta la calle de Bolívar, y de la calle de San Francisco (hoy Madero) hasta Venustiano Carranza.

Una de las múltiples capillas que al interior del convento existían, era la de Nuestra Señora de Aranzazú, que es donde ahora se asienta la iglesia de San Felipe de Jesús, construida en el siglo XX en estilo neogótico, y se pueden observar algunas reminiscencias del templo al interior de la pastelería “La Ideal” en Venustiano Carranza y en la Iglesia Metodista de la calle de Gante que se ubica en lo que fuera el claustro de este convento.

Frente a la iglesia y atrio de San Francisco se encuentra la Casa de los Azulejos, conocida por los habitantes de la ciudad en el siglo XVI, como el Palacio Azul, propiedad de los Condes del Valle de Orizaba y cuyos descendientes recubrieron con azulejos poblanos en el siglo XVII, con lo cual se logra una de las obras más bellas del barroco novohispano.

Después de pertenecer por varias generaciones a los mencionados condes, el edificio pasó a ser la sede del conocido Jockey Club en 1881, y antes de pertenecer a la cadena Sanborn´s (a inicios del siglo XX), fue durante un breve periodo la Casa del Obrero Mundial.

Se tiene por erróneo que fue aquí donde los zapatistas desayunaron en su paso por la ciudad en 1914, puesto que si bien desayunaron en Sanborn´s, no fue en la actual Casa de los Azulejos, sino en la ubicación de su primera botica en la calle de Madero número 12.

Más adelante, en los números 27, 29 y 33 de la calle de Madero, se encontraba la casa de uno de los hombres más ricos de la Nueva España; el francés José de la Borda (Joseph de Laborde), construida por Francisco Guerrero y Torres, el arquitecto más famoso de la época, como un regalo para la esposa del acaudalado platero, la muy hermosa Teresa Verdugo Aragonés, a la cual celaba en demasía don José, motivo por el cual la mantenía encerrada en su casa y a petición expresa de ella de poder salir a dar la vuelta a la esquina, le mandó construir lo que hoy es el balcón más largo del Centro Histórico, y que literalmente le da la vuelta a la esquina. Está casa que ha sido fragmentada al paso de los siglos, tuvo en su número 33 el primer cinematógrafo del país, el famoso Salón Rojo.

Ya en esquina con Isabel la Católica se encuentra otro edificio muy representativo de la calle de Madero, la antigua Joyería la Esmeralda, propiedad de dos judíos de apellidos Hauser y Zivy, en donde se podían adquirir obras de arte, joyas, relojes, cajas de música, finísimas piezas decorativas, pues además era la agencia de orfebrería de Christoffe y de la cristalería Bacarat. Este edificio fue construido por los arquitectos Eleuterio Méndez y J. Francisco Serrano entre 1890 y 1892, en un estilo ecléctico que combina elementos del neoclásico con algunos toques del barroco francés, y se dice que tuvo una escalera interior que era el mejor ejemplo del art nouveau que hubo en México.

Esta fue la más importante joyería de México hasta las primeras décadas del siglo XX. Lamentablemente poco queda de su antiguo esplendor en la parte interior, aunque el formidable exterior nos muestra la belleza de uno de los primeros edificios con estructura de hierro en todo el país. Se dice que en este mismo predio, algunos años atrás vivió María Ignacia Rodríguez de Velasco y Osorio Barba, mejor conocida como “La güera Rodríguez” y de la cual se merece hablar más extensamente.

No pudiendo mencionar toda la riqueza arquitectónica de la calle de Madero, terminaré mencionando otra de las más importantes iglesias que se encuentran en la Ciudad de México: El templo de la Profesa, construido en estilo churrigueresco por Pedro de Arrieta de 1714 a 1720, del cual se conserva su exterior, y reconstruido en su interior al estilo neoclásico por Manuel Tolsá en 1805.

Cuenta con una de las pinacotecas más profusas y bellas, dado que aunque en su origen perteneció a los jesuitas, a la expulsión de éstos en 1767, pasó a manos de la congregación del Oratorio de San Felipe Neri, quienes tenían la costumbre de atesorar obras de arte, siendo tan famosa su colección que se cuenta que la propia Marquesa Calderón de la Barca, sentía molestia de no poder conocer las obras de La Profesa, ya que no se permitían mujeres en su interior.

Cabe mencionar que después de la catedral es la iglesia más importante del Centro Histórico, y de hecho sustituyó las funciones de ésta durante la guerra cristera (1926 - 1919). Además, en 1820 fue aquí donde se dio la “Conspiración de la Profesa”, gracias a la cual se inició el periodo insurgente.

Con la peatonalización en 2010 de la calle de Madero, se recuperó su personalidad de paseo, como lo era antiguamente, y se ha convertido en uno de los sitios más concurridos de la ciudad (para mi gusto ya demasiado caótica y escandalosa).

En su cruce con San Juan de Letrán (insisto en no llamarlo eje central) ya era mucha la gente que cruzaba y se decía desde antes que era el cruce más concurrido, hoy, cuando se pone el siga para el cruce peatonal, de ambas aceras parece que la infantería de dos ejércitos van a enfrentarse.

Lo más relevante es que la calle de Madero seguirá siendo la más bella y la más importante del Centro Histórico, no obstante el caos casi sempiterno que actualmente se vive.

Vale la pena caminarla de mañana, porque de noche también es casi imposible.

Fotografías: Tania Itzel Barrera

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