Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVIII Febrero 2015

 

Musa efímera
José Luis Barrera

Llegaste en el momento justo: entre Safo y la derrota. Sin pedir nada para ofrecer, en sentido estricto, lo mismo.

Te presentaste ante mí con tus muchos temores (que sedujeron de inmediato a los míos).

Juntos reinventamos los conceptos atávicos y anquilosados de pareja, sin hacer las consabidas referencias al corazón.

Renegamos del amor y más aún en “San Valentín”; el día en que no nos veríamos nunca, cada quien por su lado con nuestra consabida disidencia. Creamos un orbe sin amor para hacer el amor.

No obstante el vínculo que nacía, nunca le vendimos a la pasión nuestras exaltadas soledades.

Buscamos la conjunción precisa de los cuerpos en la tierra del desamor. Convencionalmente, fuimos sin duda un par de enamorados, pero ambos acuñamos significados más funcionales para un par de vencidos en busca de redención.

Cómo olvidar aquellas cuarenta y dos horas ininterrumpidas de auténtica seducción y evidente lubricidad: con las alas de Subiela; la ternura de Tornatore y el oscuro erotismo de Stoker; con la amargura de Borges y los delirios de Poe; con la desesperanza de Janis y la Tristeza de Barbieri, en medio de reflexiones dipsómanas, desnudez y sexo sólo por fruición.

Y fue en ese placer donde encontramos la comunión carnal más perfecta (sobre la vida y bajo tu falda).

Invocando al hedonismo sin recurrir a los contratos del alma. Y por eso en aquellos días fuimos los mejores amantes: los instintivos, los que no hacen preguntas, los que no esperan catorces de febrero, los que no buscan el final feliz.

Me exigen que diga que fuiste el amor de mi vida, pero esa definición nunca me la perdonarías. Nunca nos la perdonaríamos.

Tan sólo sé que al final no llegaron las conclusiones (y eso, al momento del recuento, fue lo mejor).

Te fuiste cuando aún te necesitaba, pero yo no te hacía falta en el sueño de tu vida.

Dijiste adiós sin dejar rastro ni exigir materia. Levaste anclas antes de cualquier tempestad.

Comprendo ahora, después de añorar tu presencia, que sabías bien cuál es la mejor manera de forjar un recuerdo.

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