Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXVIII Febrero 2015

 

Nora Némesis
Luciano Pérez

Todo parecía tan sencillo...
Sólo que Dios estuvo de parte de ella. Y Él, celoso y lleno de justicia, la convirtió en mi Némesis. ¿Qué dijo el poeta Hesíodo?

Que la Noche parió a Némesis, “azote de los hombres mortales”. Luego de ella vinieron Engaño, Vejez y Discordia. Y de esta última nacieron, uno tras otro, Olvido, Hambre y Dolores.

La noche lucía hermosa y estrellada, ideal para componerle himnos. Entonces fue que la vi, idéntica a una diosa, e hice a un lado a la noche; y Nora vino a mí. “Tengo tesoros para ti”, le dije, y ella contestó: “¡Los quiero!”, y los tomó.

Entonces le dije a continuación: “Hay también helados y pasteles”.
Se los comió todos.
Le propuse: “Hay atún, sardinas, papel higiénico, pasta de dientes”.
Se quedó con todo. “Zapatos, perfumes, recargas para celular”.
Todo, lo quiso todo.
Y cuando terminamos el café, le dije: “Ahora sí, hablemos de lo que deseo de ti...”

Entonces Dios lanzó rayos y tormentas. Enojado, exclamó: “¡Ay de aquel que escandalice a una sola de las pequeñas que creen en mí, más le valiera arrojarse al abismo!”
Y el abismo se abrió. Némesis se apoderó de Nora, porque de Dios es la venganza, y Él me las cobraría todas juntas.

Y entonces fue que se apareció Vejez, y también Engaño, y después vinieron Discordia y Olvido y Hambre y Dolores. El Señor, complacido, me vio apabullado por todas estas feroces deidades.

Las cuales, por supuesto, me quitaron toda posibilidad de volver a dar tesoros, helados, pasteles y todo lo demás, pues ya ni para mí mismo los tenía. Y como buen hijo de Satanás que soy, fui arrojado a la lumbre. Nora Némesis, como un lejano Buda, sonreía.

Ya en el Purgatorio, convertido en ánima bendita, el fuego hacía estragos en mí.
La Virgen del Carmen se me acercó para darme un vaso de agua, y me dijo con suma bondad: “Pero, hijo, ¿a quién se le ocurre dar lo que no tiene?”

Le respondí: “Señora, ¿no se ha dicho que hay que dar para que se nos dé?”
Y ella, entristecida, me dijo: “Sí, pero cuando un discípulo del Diablo como tú lo hace, provocas la ira del cielo, ya que pones en cuestión la credibilidad divina, pues ¿cuándo se ha visto que un diablo dé y se dé?”
“Bueno, lo hice para cumplir un deseo que yo tenía...”
“¿Lo ves? Y ahora serás mil veces castigado, la Némesis es implacable”.

“¿Es malo tener un deseo?” “Hay que pedírselo a Dios”. “No lo podía yo hacer”.
“Y ahora estás viejo, engañado, olvidado, hambriento y adolorido”.
“¿Un deseo desata a las deidades en contra de uno?”
“¿Quieres más agua, hijo?”
“Sí. ¿Qué fue de Nora?”
“Se casó con un hombre bueno”.
“¿Ah, sí?” “No le da a ella tesoros ni helados ni pasteles, pero...” “¿Pero qué?”
“Nora es la que se los da”.
“¿Y por qué a ese hombre no se le castiga como a mí, pues no da nada?”
“Porque las diosas son caprichosas, volubles, y muchas veces idiotas.
¿Más agua?”
“Por favor”.

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