Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXIX Marzo 2015

 

Inspiración
María Elena Méndez Gaona

Acabo de matarlo… Aviento el arma, la recojo de inmediato. Acabo de matarlo, aún no lo dimensiono.

Mi corazón late sin decidirse a una tonada, lo mismo son fanfarrias que algo cercano a una corte marcial. La incredulidad marca notas más prolongadas. ¡Ja! Lo hice, quién lo diría.

En el taller de creación literaria se comentó que el asesinato era la mejor de las musas; que te despertaba el instinto creador.

Ahora lo estoy corroborando. De pronto alguien abrió una ventana y las ideas se tropiezan para penetrar; o para salir.

Saco mi libreta y anoto algunas. Otras no se dejan pescar, escapan mientras trato de asirlas como si se tratara de moscas.

¿Tendrá esto una equivalencia a vender el alma al diablo?

Si hubiéramos apostado quién se atrevería a cometer un crimen para corroborar la teoría de la creación, habría cobrado dinero suficiente para mantenerme un tiempo.

¿A quién habrá asesinado García Márquez?

¿Y Cortázar?

¿Y... los otros?

¿Serán los causantes de algunos de los crímenes sin resolver alrededor del mundo?

Crece mi admiración.

Más ideas; escríbelas. Son hurañas, como el dinero. Hasta hace poco me desgastaba en historias insulsas, más de las tonterías de siempre. Mi crimen me hizo subir peldaños. Me doy cuenta de lo novato que en realidad era; o soy.

Mi crimen. Se oye bien… mal… mal… bien... Mi crimen… Y pensar que no podré presumirlo. O tal vez sí, pero ¿me creerían? Como yo mismo no lo creo todavía. Uno más. Uno menos, para ser exactos. Hace rato lo dejé lejos; tal vez no tarden en descubrirlo. Algunos asesinos son atrapados por mezclarse entre la multitud de curiosos. No pueden evitar vanagloriarse de su momentánea paridad con Dios.

Mientras camino vuelve a sacudirme la incredulidad. Luego, la ufanía. Ahora el deseo de aplaudirme con euforia.

El golpeteo en el corazón por el orgullo de haberme atrevido. El mismo golpeteo en el corazón por el miedo a que me descubran.

Llego a casa; me siento ante la computadora; respiro profundo. Mis manos parecen tartamudear, al igual que mi cuerpo entero.

Mis dedos se mueven como con vida propia sobre el teclado. Acabo de matarlo...

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