Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXIX Marzo 2015

 

La desgracia del conquistador
Norma Elsa Pérez

Son todos los viajes que hice, los únicos buenos recuerdos que tengo, sí; yo viajé por todo el mundo. Recorrí cada paisaje, cada lugar, vi amaneceres agonizantes de rara belleza, vi la penumbra, caminé también por desiertos, por ciudades oscuras, por lugares devastados de singular belleza. También estuve en los dominios del "Desolado", de ese hombre con un funesto brillo de oscuridad; hombre de fuego de metal, amado y temido, cuando abría la boca, llamaradas de fuego en un universo diabólico muy intenso e impresionante que salían. Vi otras tantas cosas, navegué por ese mar lleno de monstruos, de sirenas, platiqué con faunos, con niños katzanzaros y con espíritus. En una ocasión el "Desolado" me invitó a una de sus fiestas donde comidas abundantes fluían, hermosas mujeres, vinos diversos, música y danzas místicas descritas en una lúgubre abstracción. Siempre que me iba de ahí, recordaba ese lugar con mucha melancolía.

En un viaje de regreso, a la tierra de la desolación, en una reunión de ajenjo y clericot, conocí a una de sus hijas; él tenía muchas, todas bonitas, de suprema belleza, lujuriosas, tentadoras; de ojos fascinantes, de piel de terciopelo, que hablaban lenguajes etéreos, con miles de amigos, todas ellas brujas, todas ellas de espesas cabelleras negras y profundas como cortinas de oscuridad interminable.

Esa mujer era diferente a todas ellas. Quizá por ser fea, por tener ojos de ébano que incendiaban la penumbra dejando sigilos como estrellas; la hija más preciada del desolado era esta mujer, que en las noches se convertía en sirena y se bañaba en el mar de lágrimas de olas como lamentos; cantaba con voz fúnebre satánicas letanías.

La misma noche que le conocí vi su transformación con mis propios ojos: vi la mitad de su cuerpo, que siendo una cola de pez como que arrastraba estrellas de fuego hacia el mar con una dulce y satisfactoria violencia al mismo tiempo en una melancólica danza....

Le gustaban las bebidas etílicas, dulces y fuertes, pero que después felizmente vomitaba para sacar brumas de demonios de su boca. Ella se casó 666 veces, aunque vivía con el corazón desecho, pues la abandonaban cuando conocían su secreto, huían despavoridos algunos, otros tantos la aburrían y los ahogaba en el mar de lamentos. Cuando vi su transformación yo quedé estupefacto, miedo y fascinación invadieron mi existencia; era como ver dos mujeres diferentes que comulgaban en la misma copa.

Pocas veces hablé con ella y así me enamoré, ¿es de locos caer en un extraño enamoramiento, con una mujer o sería una bestia? Aún no lo sé, pero a través de ella conocí la profundidad del amor, del deseo, de la agonía, mas nunca hablamos el mismo lenguaje
Una vez le dije a su papá que quería llevarme a su hija, pero que antes de eso iba a hacer un viaje y a mi regreso pasaría por ella a mitad del desierto. Su papá movió la cabeza de pesada cornamenta diciendo que no, pero ella le pidió que la dejara ir. Él aceptó.

A ninguna de sus hermanas les importó que se fuera, su despedida fue desapercibida pues continuaron con sus rituales como si nada.
Ella cruzó el desierto sola, lejos de su papá y de su mundo abstracto; en medio de la nada me esperó noches, noches y más noches y nunca me aparecí, hizo laberintos, hizo muros de arena. Sin querer la condené a vivir en un tormento pues su corazón se hizo piedra. Y nunca llegué. ¿El motivo?

Alguien cruzó su destino con el mío y me casé con otra. Y no quise saber nada más. Quizá ella se regresó a su casa o quizá encontró a otro hombre, además no iba a funcionar, nunca la entendí del todo; me daba miedo que la mayor parte de su vida se la pasara poseída por espíritus....

La olvidé. O más bien no la quise recordar. Tiempo después, en uno de mis viajes me encontré a su padre, su rostro lucía triste, ausente, y furioso a la vez, y me preguntó por ella pues nunca volvió a su casa. Se perdió en el desierto.

–No debí dejarla ir, y ya llegará tu tiempo de sufrir pérdidas y desesperación para pagar por mi amargura–, él me dijo. Aunque no lo volví a ver, me atormenta de vez en cuando, para hacerme recordar el agravio que le hice al tomar a su hija y perderla en el infinito, por ello llevo la maldición de su corazón despechado; aunque puedo escuchar su risa en las olas del mar o cuando llora, son horas de lluvia sin parar que mojan mi destino incierto, pues sin ella dejé de ser feliz. Demasiado tarde para darme cuenta.......

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