Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXIX Marzo 2015

 

Mañana de Junio
Luz Velázquez

Fue fácil suponer que aquella mañana de junio lluviosa, esperando el camión al cual nos condenó el gobierno desde que su supuesto maravilloso metro no funcionó, parecía ser el augurio de un mal día; por si fuera poco la lluvia me obligó a salir media hora antes por cualquier imprevisto del tráfico. Hacia demasiado frío y observé rostros diferentes esa mañana, entre la lluvia una mujer de zapatos rojos sombrero de hongo, como queriendo imitar alguna época extraña, corrió con su abrigo, el cual cubría su cuerpo, e intentaba proteger su bolsa como si en eso se le fuera la vida. En ese momento creí que era una tonta por querer salvar su maquillaje o tal vez su celular.

A diferencia de los demás, esperaba con más tranquilidad el transporte. De su bolsa que tanto protegió sacó un libro, tratándolo como si fuera el gran tesoro. Aquel acto me sorprendió, de repente me vi imaginando mil posibles vidas de aquella mujer, ese sinfín de posibilidades de quién era ella se apoderaron de mí; esa breve visión bastó para que desde aquella mañana saliera media hora antes.

A veces la dejaba de ver en el mismo transporte, otras corría con suerte y tomaba el mismo vagón del metro. Después de un mes de aquella rutina me decidí por fin a hablarle, pero mis intentos siempre fueron en vano.

Un día la vi sin el sombrero y me sorprendió su corte de cabello tan corto como un hombre, apenas un poco quebrado y negro; una mañana ella se acercó a mí y me preguntó por la hora. Con la cara de incrédulo enmudecí hasta que ella sujetó mi muñeca y vio mi reloj. Apenas aguantando la risa me dijo: “gracias”. Esos ojos cafés y su brillo tan particular me robaron hasta la voz.

Desde aquel día fue fácil hablar con ella; grande fue mi sorpresa cuando descubrí que ambos trabajábamos en el Centro Histórico, sólo que yo en Bellas Artes en la reparación de computadoras y ella en Donceles en las librerías de segunda mano, trabajo que disfrutaba mucho. Pronto las pláticas en el transporte se convirtieron en invitaciones a cenar después del trabajo y sin darnos cuenta empezaron a ocupar nuestros días libres.

Lo demás fue tan natural como el respirar. Conocer su mundo, sus gustos, sus amigos, sus compañeras de trabajo, cada una tan original como ella, abogadas, estudiantes de comunicación, de letras, todas ellas coincidieron en aquel empleo; en cuanto a ella, quería ser escritora, y momentáneamente trabajaba ahí para ahorrar. Siempre me sorprendió aquella determinación.

Nunca supe a ciencia cierta si ella también disfrutó de mi mundo, sé que se divertía y que fue feliz, pero no pude notar si lo sentía también suyo. Claro, yo era diferente: me gustaba la vida más sencilla, sin tantas complicaciones, a mí me bastaba con poder mantenerme, mi trabajo no era nada del otro mundo, sólo vendía accesorios para computadoras.

La besé una noche en la que fuimos a la exposición pictórica de su compañera y desde aquel momento fue imposible separarnos; aunque quisimos ir lento, todo fue tan perfecto que nos resultó imposible no ir rápido.
La vi dejar el trabajo que amaba tanto para regresar a la escuela, trabajar y estudiar; la vi terminar su carrera; la observé cuando empacaba todo para mudarse conmigo, jamás me había hecho tan feliz ayudar a alguien con sus maletas.

Ella es así, sincera, transparente. Es difícil no asombrarse con su forma de ser, su mente cambió tanto con las clases pero no su personalidad. Poco a poco cumplía sus metas y yo me sentía mal por no seguir su ritmo pero ella jamás me pidió seguirla.

Ella sólo quería que fuera yo, pero me daba cuenta que a veces me veía estancado. Soy siete años mayor que ella, no terminé ninguna carrera; no gano mal pero tampoco bien. Habían pasado seis años desde aquella vez en el RTP y yo seguía en el mismo punto mientras que ella avanzaba.

Su vida cambió e incluso sus amigas habían madurado, un nuevo círculo de personas la rodeaba. Todo a su alrededor había comenzado a transformarse desde hacía mucho y yo nunca lo noté, no fui capaz de notar cómo transcurría el tiempo y con él los cambios naturales de nuestro entorno.

Simplemente un día me di cuenta que ya no podíamos hablar de lo mismo, ya no podía seguir su ritmo de vida, no podía conversar con sus amigos ni con las personas de su trabajo. Empezaba a ser frustrante para mí. Después de su graduación, su debut como escritora fue complicado. Existieron noches que lloraba conmigo después de que la rechazaban las editoriales, pero un día lo consiguió: alguien le dio una oportunidad, y en ese momento la vida nos volvió a cambiar.

Presentaba libros, se la pasaba peleando con editores y huyendo de ellos, de repente todo fue diferente. Adquirió la manía de dejar de contarme las cosas porque ya no las podía entender, se encerraba en su estudio a escribir y rara vez salía, ya no hablaba conmigo; y cuándo volvió a salir, no sonreía para mí. Me di cuenta que había dejado de llenar su vida, hacía mucho habíamos dejado de encajar en la vida del otro.

La vida se me iba en intentos desesperados de regresar a lo que fuimos, pero nada daba resultado; aunque ambos lo deseábamos, no nos fue posible. Una noche la encontré con sus maletas bañada en llanto, no sé si fue bueno o malo que tuviera el valor de decírmelo en persona. Ya no me amaba, no era lo mismo y debía irse a buscar algo diferente, algo que la llenara. Con un beso en la mejilla, sus zapatos rojos y su sombrero de hongo, guardó algunos libros en su bolsa de mano. Se fue, era la misma de aquel día y al mismo tiempo otra; pero aquel al que dejó era exactamente el mismo.

Han transcurrido algunos años. El dichoso metro jamás fue reparado de aquel tramo, me he mudado no muy lejos de mi antiguo departamento, pero lo suficiente para ya no esperar el camión. Sigo saliendo a la misma hora, pero ya no voy al mismo lugar.

En otra gran avenida, en las librerías de novedad de Coyoacán, ahí encontré otro trabajo de domingo a viernes, y los sábados voy a la escuela abierta aspirando a graduarme de la carrera de filosofía. Para mi sorpresa he resultado un buen estudiante, aunque me siento un anciano en las clases.

Sigo sin notar qué tan rápido pasa el tiempo, pero puedo notar los cambios que trae.
Hoy es un día normal; están llegando los nuevos libros que tendremos que acomodar, un compañero al tropezar tira algunos, y al ayudarlo a levantar uno llama mi atención en la portada la ilustración de una mujer con zapatillas rojas, un abrigo y un sombrero de hongo corriendo entre la lluvia. El título del libro me absorbe y hace que una lágrima de extraño sabor se asome: “Mañana de junio”.

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