Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXX Abril 2015

 

La ciudad que fue Tlatelolco
Loki Petersen

El nombre Tlatelolco evoca muchas cosas, la mayoría trágicas, tanto a nivel nacional como personal. En náhuatl significa “montículo de tierra”, en recuerdo de cuando fue una isla del mar texcocano. Y en esa isla, o montículo de tierra, se estableció en 1338 un grupo de disidentes mexicas, que se negaron a continuar el camino hacia lo que sería Tenochtitlan. A partir de ahí se llamaron tlatelolcas, y crearon su propia ciudad y reino, al norte de lo que llegó a ser el poderoso imperio azteca, con el cual no siempre llevarían buena amistad.
El máximo logro de los tlatelolcas fue crear en su isla el más grande tianguis (mercado) no sólo del Anáhuac, sino de toda Mesoamérica. Los españoles quedaron maravillados cuando lo conocieron, lo cual no impidió que destruyeran Tlatelolco por completo, precisamente en los últimos días, en 1521, de la resistencia del tlatoani Cuauhtémoc. Cabe recordar que junto a ese tianguis grande surgió uno más chico, el de Tepito (en náhuatl, chico se dice “tepiton”), que rivalizaría en precios y ofertas con el de Tlatelolco.

Los conquistadores acabaron con toda la urbe tlatelolca, de la que sólo quedaron algunos vestigios que aún pueden verse en la Plaza de las Tres Culturas, al pie de la iglesia de Santiago, construida en homenaje al santo que ayudó a los españoles en su lucha contra los árabes. El sitio quedó desolado, y quizá como desagravio los frailes franciscanos fundaron ahí, en 1533, el Colegio de la Santa Cruz de Santiago Tlatelolco, destinado éste a jóvenes indígenas de noble estirpe, para que aprendieran tanto español como latín, y se hicieran peritos en diversas artes. Sin embargo, a lo largo de los años se fue perdiendo interés en ese plantel, y para el siglo XVIII ya prácticamente no funcionaba como tal.

Estos son los orígenes, pero lo que en este artículo nos interesa es evocar el Tlatelolco de ahora, más que nada el grupo de edificios que lo caracterizan, y que fue inaugurado el 21 de noviembre de 1964 bajo el pomposo nombre de Conjunto Urbano Presidente Adolfo López Mateos, con la presencia de este mandatario, que ya concluía su administración. Y fue en realidad hace cincuenta años, en 1965, que comenzó a ser habitado con gente de clase media, sobre todo alta por lo caro de los departamentos, que luego los abandonarían en aras de una “mejor vida”; así que pronto la Unidad se llenó de burócratas de niveles medios y bajos. El arquitecto Mario Pani, quien ya tenía experiencia en este tipo de construcciones al haber realizado en los años cincuenta los Multifamiliares Miguel Alemán y Juárez, fue el encargado de edificar lo que en un principio fue conocido como Ciudad Tlatelolco.

La extensa zona donde se construyó la nueva “ciudad” tlatelolca pertenecía a los Ferrocarriles Nacionales, en un lugar olvidado donde se acumulaban talleres y almacenes, así como muchas viviendas misérrimas de los trabajadores de la empresa. Todo fue demolido, así Tlatelolco como su par Nonoalco, que no son lo mismo aunque lo parezca. Algunos dicen que esto fue en castigo por el movimiento ferroviario de fines de los cincuentas, cuando los obreros de ese ramo solicitaron mejores condiciones laborales y salariales. Ahí edificó Pani su obra maestra, un montón de construcciones feas y frías, que fueron consideradas como símbolo de que la ciudad de México, y por lo tanto el país, ya eran modernos. Toda esa arquitectura de los años cincuenta, y sobre todo de los sesenta, tan alabada en su momento como funcional y aerodinámica, hoy está completamente caduca. Hay que haber vivido en Tlatelolco para experimentar la, repetimos, fealdad y frialdad de los departamentos. Dos décadas después de su inauguración ya se apreciaban huecos, grietas y oxidación por todos lados; y la inseguridad se hizo cada vez más evidente, pues el hampa hizo (hace) de las suyas, aprovechando que el “diseño moderno” de andadores, corredores, entradas, escaleras y elevadores facilita emboscadas y escapatorias por parte de los delincuentes. Pero lo peor no fue esto, como veremos a continuación.

Tlatelolco ha tenido etapas trágicas que la han marcado en definitiva como un lugar ominoso y maldito. Ya mencionamos cómo los españoles destruyeron a sangre y fuego la localidad prehispánica. En la época colonial y a lo largo del siglo XIX hubo constantes conflictos entre vecinos tlatelolcas y tepiteños, que se odiaban intensamente y no vacilaban en matarse. Y ya en el XX hubo, como ya dijimos, la feroz represión contra los ferrocarrileros, por lo cual Tlatelolco fue castigado condenándosele a la modernidad. Y en 1968 llegó el día crucial para la historia de México, ese dos de octubre imposible de olvidar, cuando un gobierno cuyo partido político sigue vigente llevó a cabo una masacre para que los rebeldes estudiantes no “pusieran en mal” al país ante el mundo, dada la proximidad de los Juegos Olímpicos. Cuántos perecieron, cuántos desaparecieron, nadie lo sabe, pero hasta Tepito llegó el olor a muerte.

Y después, en 1985, llegó la puntilla con el terremoto que cimbró a toda la capital, con particular énfasis en Tlatelolco. La Unidad fue construida sobre un terreno propicio a los hundimientos, pero eso nunca les ha importado a los ingenieros y a las autoridades, que han hecho y deshecho a su gusto en la capital, haciéndola más frágil ante los fenómenos telúricos. Y no sólo eso, sino que los edificios tlatelolcas, como muchos en la ciudad, no fueron hechos con los mejores materiales, sino que alguien prefirió “optimizar” recursos metiendo a su bolsillo buena parte del dinero con el que se construía el “México del futuro”. Un temblor en Tlatelolco, aun si es de mediana magnitud, es una vivencia aterradora, y más lo fue cuando el sismo; así que ese día 19 de septiembre de 1985, otra fecha decisiva para la historia de nuestra nación, se vino abajo el edificio Nuevo León, del cual ya se había reportado que no estaba bien y el gobierno no hizo el menor caso, y la mayoría de las otras edificaciones sufrió graves desperfectos. Por lo tanto, hubo más muertos. La verdad es que todo el Centro Urbano debió ser demolido luego de tan trágico acontecimiento, pero se prefirió parcharlo, es decir, “reinventarlo”, como dicen ahora.

En fin, que hace cincuenta años Tlatelolco volvió a ser ciudad, más brevemente que la primera vez, pues muy pronto perdió ese mote y ya sólo se le dijo “Tlate”. Y ahí está todavía, como una inmensa base marciana lista para ser volada en cualquier momento, y que el tiempo se apresura en olvidar, con esos edificios anti-estéticos, como la vieja torre de Banobras, un adefesio total; o como el edificio sin ninguna gracia que fue sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores (hoy Centro Cultural Universitario). O todos los demás, los del ISSSTE por ejemplo, iguales y carentes de auténtica forma. Más vale, si no se vive ahí, no pasar por ese sitio tan lleno de ingratos recuerdos. Que los dioses se apiaden, y protejan, esta, para bien o para mal, significativa parte de nuestra capital, pues nunca se sabe cuándo llegará la siguiente destrucción.

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