Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXX Abril 2015

 

La más cruel: Patricia Highsmith (1921-1995)
Luciano Pérez

Algunos dicen que leen para instruirse, otros que para entretenerse, y otros más que por puro deleite. De estos últimos los hay que les gustan los libros que hagan sufrir sabroso, nada más que por disfrute personal. Y de este último tipo de lecturas son las obras de una novelista que, pese a ser estadounidense, sus compatriotas se han negado siempre a apreciarla, quizá por ser ella todo lo opuesto a una sociedad complacida en “la mejor vida” y “el derecho a la felicidad”. Patricia Highsmith nunca congenió con el “american way of life”, y eso se refleja en la deliberada crueldad que se describe en sus muchos y provechosos libros. Desde joven decidió no vivir más en ese país tan basto y tan cursi, así que se estableció en la vieja Europa.

Se cumplen veinte años de que falleció el 4 de febrero de 1995 la Highsmith, cuyo nacimiento fue en Fort Worth, Texas, el 19 de enero de 1921, en una Amerika que sin esforzarse mucho salió triunfante de la Primera Guerra, y que volvió a su modorra capitalista durante los alegres años veintes con jazz, ley seca, flappers y gángsters, hasta que llegó la Depresión. Su madre, Mary Oates, nunca la quiso, y el padre, Jay B. Plangman, se fue pronto. Patricia tuvo que pasar durante su infancia largas temporadas con su abuela materna texana, y su madre se volvió a casar, con un tal Stanley Highsmith, de quien la futura escritora tuvo el apellido. La madre quiso desde un principio abortar a la hija, bebiendo un tóxico, aunque nada sucedió; ella era bella y elegante, pero Patricia tuvo todo el rostro y figura del padre, un hombre nada agraciado de origen judío, y por eso todavía más odió Mary Oates a la Highsmith. Así que ésta ya desde sus orígenes experimentaba la trama grotesca de la vida, que luego le sería tan útil en sus textos, y por eso desde los ocho años soñaba con asesinar a su padrastro. Durante la adolescencia seguía con atención y tomaba notas de los casos criminales que leía en los periódicos, como el del asesino y secuestrador Bruno Hauptmann, quien mató al bebé del famoso aviador Charles Lindbergh. Y ya desde entonces comenzó a escribir cuentos de crímenes. También fue evidente el definitivo apego hacia su propio sexo, que su madre detectó y por lo cual se burlaba de Patricia.

En 1938 ingresó al Barnard College de Nueva York, para estudiar letras inglesas, que para ella significó liberarse del infierno en que se había convertido su hogar, ahora con la mamá dedicada a la Ciencia Cristiana. La relación entre ellas nunca mejoró, así que el odio de la una hacia la otra fue definitivo. En esa escuela Patricia recibió una sólida educación literaria, basada en los clásicos. Al graduarse en 1942, buscó trabajo en diversas revistas, incluso de modas, pero de todas fue rechazada. Fue en este tiempo que escribió en su cuaderno: “Lo mórbido, lo cruel, lo anormal, me fascinan… La perversión es lo que más me interesa. Me gusta escribir de hechos crueles, el asesinato es fascinante…La crueldad física me llama mucho la atención, por lo visual y dramática. Y la crueldad mental es una tortura de la que conozco demasiado” ¡Y sólo tenía veintiún años! Ya tenía propuesto así un programa literario de vastas repercusiones futuras.

Consiguió empleo en una editorial como escritora de comics, lo cual sería una experiencia muy útil para su trabajo personal, ya que su sintaxis mejoraría, su estilo se concentró más, y aprendería a delinear tramas y personajes. Nada de cabriolas con el lenguaje, sino encauzar directo éste como un cuchillo, empuñándolo con destreza para luego encajarlo bien, como debe de ser. Y en 1943, para desaburrirse de su trabajo, quiso vacacionar durante largos días en la ciudad de México y en Taxco, Guerrero, lugares que le gustaron y a los que regresaría en años posteriores, en busca de temas y atmósferas para su obra (su novela A Game for the Living, de 1958, está ambientada en la ciudad de México, y nos es fácil reconocer las calles y colonias donde sucede).
Continuó durante años en su trabajo neoyorquino en los comics, y en 1949 estuvo como becaria en una colonia de artistas y escritores llamada Yaddo, también en Nueva York, donde ingresó por recomendación de Truman Capote. Y ya estaba en esos años haciendo bocetos de lo que serían sus primeras novelas. La primera que hizo no le satisfizo y nunca fue publicada. Pero hubo otras dos que serían importantes, sobre todo Strangers on a Train, que apareció en 1950 y de la cual Alfred Hitchcock hizo una muy buena película (en dos versiones, una sin el contexto gay de los personajes centrales, para el pacato público estadounidense, y otra con ello, para los menos impresionables británicos).

Es una novela muy bien escrita para alguien que apenas comienza, y ya contiene las temáticas de asesinato, doble personalidad, y traumas que caracterizan a los libros de la Highsmith. El malo se llama Bruno, en directo homenaje al secuestrador y asesino del niño Lindbergh. La otra novela es menos conocida, pero no por eso es menos buena, y de hecho no se publicó bajo el nombre de la autora, sino como Claire Morgan; se llama The Price of Salt, de 1952, y la cual trata, como dice la portada, sobre “el amor que la sociedad prohíbe”, es decir, el lesbianismo. A partir de ahí pudo vivir de sus ganancias como escritora.

Desde los primeros años cincuentas Patricia dejó los Estados Unidos, y a lo largo de las décadas siguientes vivió en Francia, Inglaterra y Suiza, rodeada de gatos y de novias, sólo regresando a su país natal para breves visitas a editores, amigos y parientes. Y su carrera literaria despegó, logrando hasta su muerte publicar 22 novelas, 9 libros de cuentos, y un interesante manual sobre cómo escribir suspenso. No hay espacio para que comentemos aquí todos y cada uno de estos libros, tan recomendables y emocionantes. Sólo daremos una impresión en general, nacida de la devota lectura de quien esto escribe, que se hizo fan de la autora desde hace muchos años y la tiene entre sus más preferidas.

Son los suyos libros de sabrosa angustia, donde a la gente buena y ordenada todo le sale mal, mientras que a los villanos les va de maravilla, como en efecto ocurre en la realidad. Los crímenes no tienen una razón para que ocurran, simplemente carecen de sentido porque así está diseñado el mundo; por eso Patricia dijo no ser una Agatha Christie, para quien todo asesinato es un mecanismo de relojería creado por una mente lógica. No es así, el criminal siempre deja cabos sueltos, muchas veces por torpeza, y otras por una inconsciente (quizá no tanto) gana de ser atrapado. El malo pide a gritos ser castigado, deja todas las pruebas a la vista, y nada le sucede. Al bueno se le aprietan las tuercas, y se le hace víctima de bullying para que aprenda y entienda que existir es, en esencia, un castigo.

Como dije, no se puede aquí hablar de todas y cada una de las obras de Highsmith, así que sólo me ceñiré a algunas de mis preferidas. Nadie puede evitar querer al cínico señor Ripley, tan lleno de elegancia y de talento para las villanías. Son varias las novelas que integran su ciclo, pero la favorita siempre ha de ser la primera, The Talented Mr. Ripley, de 1955, de la que se hizo también una inolvidable película con Alain Delon como protagonista, bajo el título de “A pleno sol” y que fue todo un éxito. ¿Quién no quisiera ser como él? Hay un señor Ripley dentro de cada uno de nosotros, y es una lástima que por una impertinente timidez no permitamos aflorar esa personalidad. Ripley mata, mata, y vuelve a matar, nunca se cansa de hacerlo.

Por otro lado, ¿quién duda que el amor es una enfermedad? Véase al desdichado David Kelsey en This sweet sickness, de 1960. Él ama a Anabelle con fervor, pero se le rechaza, y no hay explicación para este rechazo, es así y nada más. Entonces David decide, en vez de renunciar a ella, que debe adorarla, pero no él como tal, sino con otra personalidad, la de un señor de apellido Neumeister y no la del pobre diablo que es Kelsey. Anabelle prefiere a un tal Gerald, y por lo tanto éste tiene que morir, así que David lo mata… accidentalmente, y entonces se arroja desde lo alto de un edificio. ¿Qué le costaba a Anabelle ser un poco más benévola con su adorador? Nada, pero ¿qué culpa tenía de que alguien se enfermase por ella tan dulcemente? La razón tiene corazones que la razón desconoce.

El Edith’s Diary, de 1977, es toda una lección de cuánto desea uno que la realidad sea la que uno decida. Edith tiene un hijo joven, Cliffie, y en su diario ella anota todos los éxitos y triunfos que él logra, sus títulos y méritos académicos, su bella esposa y encantadores hijos, el magnífico empleo que ostenta, toda una mejor vida en plenitud. ¿Acaso no son los Estados Unidos el país de la mejor vida? ¡Qué gusto para una madre tener tal hijo! Por supuesto, siempre y cuando fuera cierto. La verdad es que Cliffie es un holgazán, un inepto en todo, sin ningún porvenir, salvo comer y ver televisión. Sin embargo, esto no impide que Edith teja unos suéteres para sus nietos, los bellos hijos de Cliffie que no existen ni existirán. ¿No somos una Edith cada uno de nosotros? ¿Quizá por eso escribimos?

El espacio se acaba, mas no dejemos de mencionar los Little Tales of Misogyny, de 1975, una serie de breves cuentos misóginos donde a todas las mujeres les va mal en lo que se proponen hacer, porque, viéndolo fríamente, ¿por qué habría de irles bien? Todo tipo de accidentes raros y tontos hacen presa de ellas. ¿Quién les dijo que vivir era agradable? Invito a leer todos y cada uno de los libros de Patricia, déjense preocupar y suden con todo el sufrimiento. Así quedarán ustedes muy satisfechos. Y como dijo uno de sus biógrafos, Andrew Wilson (en Beautiful Shadow:A Life of Patricia Highsmith, Bloomsbury, Nueva York y Londres, 2003), ella “celebró la irracionalidad, el caos, y la anarquía emocional”. ¿Hay mejores razones, es decir, sinrazones, que ésas para leerla?

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