Ave Lamia Revista Cultural

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Ciudad de México Año III Número XXX Abril 2015

 

Siete idilios
Luciano Pérez

1.- De Attis a sus tepiteñas
Resucito cierto domingo tan sólo para ver el oro de sus cabellos, oh tepiteñas, mis amigas y seguidoras. Y para oír sus voces estridentes, tan llenas de palabras mal dichas pero bien sentidas. Y para oler el perfume barato y el jabón verde que emana de esos esforzados cuerpos de ustedes. Y para gustar de los besos que prodigan en zaguanes y azoteas, en talleres de zapatos y tortillerías. Y para tocar esas ofrendas que me atraen, sus propias ropas; así que mal haría yo no en resucitar ese domingo en que me aguardan llorando y gritando, porque me añoran como el amante que ya no puedo ser.

2.- De Ajab a su Jezabel
Te han dicho: “¡mala mujer!”. Pero yo te conozco como nadie, y sé de tu valía y merecimientos, y sólo porque eres fiel a los dioses cananeos, cananea tú misma, los profetas te calumnian y te zahieren, como si las cosas buenas fuesen propiedad exclusiva de ese Dios (ya no el mío) de cólera y espanto. Linda Jezabel, te canto con mis versos de capitán, que si cazo a las ballenas color de la pureza dedicadas al “que es”, te las traigo presto para que las cocinemos y nos las almorcemos, mientras oímos en la rockola de piedra canciones donde se rememoran tus maldades.

3.- De Némesis a su Tibulo
Negra soy, pero famosa. Y, ¿qué famosa no es hermosa? Por lo tanto, soy una calamidad, y por eso es que te pido dinero. Dame cuanto tengas de éste, para que yo te dé mi arte amatoria. Porque sin unto en mis manos, ¿qué valor puedo tener? Ya sabes que, si no me das, te castigo sin misericordia, no tengo piedad cuando me enojo; sin embargo, también sabes, y tú más que nadie, que cuando se me trata como deseo, nadie me gana a ser la más dulce, bonita, divertida y complaciente. Por lo tanto, dale más denarios a mi fama y a mi hermosura. ¿O no te han pagado todavía la beca que solicitaste? ¡No me digas que otra vez te rechazaron! ¿Acaso no eres uno de los mayores líricos que han existido? Quizá la oficina de cultura no lo sabe, pero ¿qué tengo que ver yo con eso? Consigue pues la plata, amigo.

4.- De Lilith a su Hermann
¡Mi querido monstruo, a quien ensamblaron en Heidelberg los doctores chiflados! Listo está tu desayuno de murciélago, el que tanto te gusta, el que la fuerza te da para los negocios funerarios de donde procede el pan de cuervo y alimañas que comemos. ¡Hermann tan mío, tan enorme como un Apolo de locura! ¡Y tan gentil como un Bacchus lúdico y reptante! Eso eres tú, mi Hermann de Heidelberg, con quien protagonicé en Amerika (yo, una originaria de Al Otro Lado del Bosque, hoy en Romania), un idilio digno de ser cantado por los maestros de Alejandría. ¡Por ti, mi Hermann, moriría de nuevo para salir de mi cripta tan incólume y siniestra como cuando nuestra primera noche!

5.- De Avelino Pilongano a su Macuca Burrón
Amores son mis obras, quizá dijo Ovidio, y ¿te han dicho que yo no hago nada? ¡Pero si por amor a ti nunca he estado tan más hacendoso y tan más abundante en mis trabajos elegiacos! Por lo tanto es calumnia la pereza que me asignan como culpa. O en todo caso, la mía es una pereza ante lo que no es digno partícipe de mi arte. Mas cuando de éste se trata, y siendo tú, Macuquita, mi inspiración, no hay quien me supere en esfuerzo, voluntad y destreza. Soy el mejor de todos. Y si no me aceptan en las oficinas de cultura ni en las publicaciones, ¿tú crees que me importa? Nada, lo único que importa eres tú, y que mis elegías no tengan empacho en hacerte mayor a las más portentosas féminas fenicias, helénicas y de la latinidad. ¡Tú, Macuca, por quien eternamente me desvelo!

6.- De Yavé a su Yekina
Te juro, amiga con quien he creado al mundo, que tú y yo no nos hemos distanciado según aseguran los que se dicen mis sacerdotes y seguidores. ¿Cómo yo, Yavé, puedo estar sin ti, pues que nuestros cuerpos se hicieron uno para que el cosmos apareciese? Porque, dígase lo que se diga, hemos creado la materia, y si ésta es diablo, no es culpa de nadie. Todo en el mundo llegó a ser por nosotros: las estrellas, los mares, los bosques y animales. Por tanto, tampoco es cierto que le di al humano dominio sobre todo cuanto hay. No puedo regalar lo que es tuyo y mío, menos a quien es tan depredador e irresponsable. Y además, ¿por qué me han hecho gazmoño? Tú me conoces bien, sabes que no lo soy. Amo, sudo, y nos compenetramos, Yekina mía, y así es como han surgido las cosas, incluso esos humanos que me miran unos con espanto, otros con escepticismo, y la gran mayoría con un eterno desconocimiento de que no hay Dios si no hay Diosa. Es decir, que ni siquiera yo soy el que soy, si no es por ti.

7.- De Micifuf a su Zapaquilda
Con mi bandera el tocino en todo lo alto, yo el feroz felino Micifuf te ofrezco un pedazo de pez, no sólo para que en mí fe tengas, oh grata Zapaquilda, oh gata tan fina como pocas, sino para que en recuerdo de mi pasión te lo comas, cuidándote tú de las espinas, que sin éstas no hay amor que valga ni hay pez que de ellas carezca. ¡Los gatos enamorados cantamos como pájaros entontecidos cuando queremos a la que pretendemos! Y yo te pretendo, hermosa, yo que sin ti ni contigo puedo vivir. Así que si marido tienes déjalo atrás, y entonces abre la puerta a mi bandera, que en ésta el tocino deslumbra porque lo coció el sol.

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