Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año III Número XXXI Mayo 2015

 

Culeeeera
Hosscox Huraño

Culeeeeeeera, Culeeeeeeera, culera, culeriiiiiiiiiiiiiiiita.
Ahí te va mi verguiiiiiiiiiiiiiiiita.
Le gritaba el Tepanyaqui a la Tita desde el fondo del salón.
La Tita era un putón al que habíamos adoptado por puro desmadre en una peda allá en Garibaldi: al principio sí era un sacón de onda, pero nos fuimos acostumbrando a su jotera, debido a que era útil para los bisnes, se la rifaba suave a los madrazos, era fina para la uña y hacia que nos viniéramos bien rico en su boca, así que después de cierto asco y vergüenza, la Tita era parte de la banda.
Alguna vez fuimos ordinarios estudiantes de escuela media-mediocre-no-superior, hijos de familia y el futuro del país, bueno así decían que debía ser, pero en verdad eso nunca se acercó a lo que queríamos.
Evolucionamos a base de reprobar todo en la escuela, y ser expertos en robar, en pelear, en mentir sin piedad ni remordimiento, nos convertimos en un grupo de apoyo intramuros del director, es decir, en porros.
Una nave chida para cotorrear, buenas viejas, pomos finos y perico pal aliviane. Era lo que dejaba ser bandido con los chavos de la escuela.
No era fácil, toooodos se empeñaban en hacerla de emoción, desde mi jefa, los maestros, los estudiantes que sí estudiaban, los del sindicato de trabajadores de la escuela. Puros putos necios, frustrados, caca seca, cobardes que odiaban que uno fuera cabrón y agarrara con huevos y a madrazos lo que deseábamos.
A los putos polis les pasábamos su feria cada semana y ni se acercaban a nuestros dominios, eran como nosotros, sólo que pelones y con placa.
A mí se me facilitó demasiado este negocio porque empecé a robar desde morrito, lo que podía, lo que se dejaba, lo que veía, y lo hacía por sentir el latir desbocado de mi corazón, porque se me antojaba o porque sí.
Nunca me agarraron, pero me madreaba mi jefe porque se daba cuenta que siempre traía cosas chidas y que nunca le pedía nada, pero me valía, ya luego crecí y yo lo madreaba a él y entonces me dejó en paz.
Pero el asunto no era ese el que te quiero contar, veras, como te decía estaba el Tepanyaqui de odioso con la Tita, y como es recaliente y exhibicionista ya se la iba a mamar en el salón, para el susto o gusto de unas de primero que andaban de babosas por ahí, cuando se les ocurrió empezar a pelearse por su olor a puta barata.
Olor a puta barata:
Camino cerrado hacia un desierto, hacia la calle y hacia la perdición, luces de neón, maquillaje rojo, mierda apestosa y gingivitis sin duda alguna, un trago, un toque, un perico. Hechos y palabras revueltas y violentadas, eyaculación, placer, paz, culpa, remordimiento, un olor un color un sabor, el final del mundo y el principio del otro. Amor profundo e instantáneo. Verija amarilla y podrida, sospecha de todo y miedo a la nada.
La Tita era femenina hasta en el olor a sus patas, había días que se ponía bien perdonavidas y decía que deberíamos de dejar la vida del desmadre y ser buena gente, le dábamos sus madrazos en la cabeza y le decíamos que ya le estaba bajando.
Adore es un perfume que se robó la Tita a punta de madrazos, mentadas y miadas de susto, de corrida loca y desesperada por todo el Peñón de los Baños, desde el Aeropuerto hasta la Pensador Mexicano, entonces, ningún Tepanyaqui hijo de india muerta-de-hambre prieto y chaparro de apenitasverga, le iba a decir que tenía olor a puta barata.
En un inicio se trenzaron en unos madrazos puros y directos, de esos que te emocionan por la sangre que les escurre y la velocidad de la madriza, ojo boca, panza güevos, jalón de greñas y escupitajo.
Todo iba bien hasta que empezaron a besarse, puta madre!! Par de putotes, parecía un especial de media noche, entre la sangre, la baba, los jirones de piel, empezaron a sobarse sus pititos, a morderse despacito. Chale!!, me daban ganas de echarles agua o cobrar por su pinche espectáculo.
Ya nada fue igual, todo valió madres, ya teníamos un matrimonio en la banda, y tuvimos que dejar a los tiernitos estudiantes y dedicarnos a otra cosa.

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