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Ciudad de México Año III Número XXXI Mayo 2015

 

Porfirio Díaz, héroe y villano (1830-1915)
Luciano Pérez

Iniciemos con un recuerdo personal. Mi abuelo materno, a mediados del siglo pasado, tenía una tlapalería en el centro de la ciudad de México, a unas cuadras de la iglesia de Loreto. En lugar prominente, en medio de las herramientas, los clavos y los botes de pintura, estaba colocado el enorme retrato de un anciano militar con el pecho lleno de medallas y con la banda presidencial: el general Porfirio Díaz. O mejor dicho, Don Porfirio, a quien mi abuelo nos enseñó a sus nietos a respetar como un héroe insigne, en una época en que los gobiernos revolucionarios proclamaban que había sido un villano. Un héroe no puede ser villano, ni viceversa, según criterios formales.

Sin embargo, la historia, la realidad, tan llenas de ambigüedades, demuestran que algunas personas pueden ser ambas cosas, y ahí está el ejemplo de Julio César. Este insigne caudillo provocó mucha polémica en su propio tiempo, pues para unos era el enemigo de Roma, y para otros la salvación de ésta. No hay mejor ejemplo que éste, dado que Don Porfirio fue un buen latinista y un experto en derecho romano.

En este año 2015 se cumple el centenario de la muerte del célebre dictador, uno de los más polémicos políticos de la historia mexicana. Porfirio Díaz Mori nació el 15 de septiembre de 1830 en la ciudad de Oaxaca (frente a la parroquia de la Virgen de la Soledad, patrona de los oaxaqueños), hijo de un criollo (hijo a su vez de españoles), José Faustino Díaz, y de una mixteca, Petronia Mori. Era pues Díaz un mestizo de pura cepa. Se ha especulado sobre el origen japonés de su madre, por el apellido Mori, pero no parece haber mucho fundamento (hasta a nuestros villanos nos quieren arrebatar los japoneses).
El padre participó en la guerra de Independencia en el ejército de Vicente Guerrero. Desde 1843 el joven Porfirio ingresó al Seminario Tridentino de Oaxaca, pues se pensó que su destino era el sacerdocio. Ahí se hizo muy bueno en la lengua latina, de la cual alguna vez fue profesor; sin embargo, él sentía más atracción por la jurisprudencia, sobre todo desde que conoció al gobernador del estado, el licenciado Benito Juárez, quien encauzó al muchacho hacia la abogacía, a tal grado que lo mandó inscribir en su alma mater, el Instituto de Ciencias y Artes de Oaxaca, donde Díaz destacó en el campo del derecho romano.

Pero la situación nacional no iba bien, y en 1854 Porfirio se hizo guerrillero para combatir al dictador Santa Anna, y destacó tanto que el presidente Ignacio Comonfort lo nombró jefe militar de Tehuantepec. Abandonó por completo las leyes, y en adelante Díaz se hizo militar de tiempo completo, así que participó en la guerra de Reforma, sobre todo para apoyar la causa de su paisano y amigo Juárez, quien para entonces ya era presidente de la República, y que para 1861 ascendió a su joven pupilo a general. Justo a tiempo este ascenso para que Díaz combatiese a los invasores franceses, subordinado al general texano Ignacio Zaragoza. Y aquí surgió una de las famosas leyendas en torno al futuro dictador, que cuenta que éste fue el verdadero vencedor de la batalla (o escaramuza) del 5 de mayo de 1862, pues Zaragoza estaba muy enfermo, y fue Díaz el que se hizo cargo de las operaciones militares, que como se sabe resultaron victoriosas. Sin embargo, el crédito de la victoria le fue adjudicado totalmente a Zaragoza, quien no disfrutó mucho de ello pues murió pronto.

Y ahora cabe mencionar otra leyenda en torno a Don Porfirio, esta vez de corte romántico. Su apasionada relación con Doña Juana Cata (Juana Catarina Romero), la hermosa cacica tehuana de origen zapoteco. Ella y él fueron, en los años anteriores a la intervención francesa, los dueños de Tehuantepec. Se ha hablado mucho de este idilio, de cómo Díaz y Juana estuvieron muy enamorados. No obstante, él no se casó con ella, sino con su sobrina Delfina Ortega Díaz, hija de su hermana Manuela Díaz. De todos modos, en Tehuantepec, hasta la fecha, nunca se olvida el romance de Porfirio y Juana Cata, de cuyos detalles no hay espacio para ocuparse aquí.

El famoso oaxaqueño luchó bien contra los invasores franceses, cubriendo con éxito la retirada de Juárez hacia el norte. Incluso el enemigo hizo lo posible por atraerse a Díaz, pero éste jamás le sería desleal a su paisano; llegó a caer prisionero, pero logró fugarse, o quizá los de Francia lo dejaron ir, pues simpatizaron mucho con él. Y a pesar de todo, Don Benito empezó a ver con desconfianza a su amigo, sobre todo a partir de que Díaz logró una victoria total y merecida, que le valió el sobrenombre de “Héroe del 2 de Abril”, cuando en esa fecha, de 1867, arrebató Puebla a los conservadores, hecho que le dio el mate al imperio de Maximiliano, que se derrumbó con estrépito. Y luego Don Porfirio recuperó la ciudad de México para entregársela a su jefe y paisano; pero Juárez ya no lo vio con buenos ojos, y lo mandó a retiro. Este es uno de los enigmas de nuestra historia, el cómo estos dos oaxaqueños de recio carácter, tan amigos en un principio, se fueron convirtiendo en enemigos.

En 1871 lanzó Díaz el Plan de la Noria, levantándose en armas contra Juárez, pero fracasó. Cinco años después vuelve a levantarse, esta vez contra el presidente Sebastián Lerdo de Tejada (para entonces Juárez ya había muerto), a quien aborrecía mucho y para ello enarbola el Plan de Tuxtepec. Esta vez Díaz salió triunfante, de tal modo que en ese 1876 llega por primera vez a la presidencia. Traía planes de progreso y civilización, para llenar a la nación de ferrocarriles y otras modernidades. Fue presidente durante nueve periodos, de 1876 a 1911, excepto unos pocos años en que permitió que su compadre Manuel González se sentase en la silla presidencial (entre 1880 y 1884).

Ahora llegamos a otra leyenda (todo en la vida de Díaz parece ser legendario), la del porfiriato, época admirada por unos y vilipendiada por otros. Supuestamente nuestro país comenzó entonces por primera vez a progresar, y llegaron inversionistas de Europa y de los Estados Unidos para obligar a los mexicanos a ser modernos. Con excepciones, pues las etnias indígenas no podían participar de ello, así que Díaz, a pesar de su afecto por mixtecos y zapotecas, para los cuales era como un padre, no veía bien a los indios, así que fue implacable con los mayos de Sonora y con los mayas de Yucatán, a los que mandó matar “en caliente” para que no se sublevaran contra sus amos; e igual política de represión se llevó a cabo contra los obreros, para que no se anduviesen con huelgas, peticiones de mayor salario, y otras insolencias. En esos años gobernó para Díaz una élite de ricos, conocidos como los “científicos”, que se hicieron más ricos en el poder. Muchos de los privilegios que Juárez le había quitado a la Iglesia le fueron devueltas a ésta, como el de impartir educación. Y asimismo, se hizo oficial la doctrina positivista francesa de Amor, Orden y Progreso en la educación superior, y tal fue el lema de la Escuela Nacional Preparatoria. Por otro lado, Justo Sierra, en presencia de Don Porfirio, abrió la Universidad Nacional de México en 1910. En este año fueron las célebres fiestas del Centenario de la Independencia, cuyo punto más alto fue el desfile en el Zócalo de, junto con los nacionales, contingentes militares extranjeros (mi otro abuelo, el paterno, del cual llevo el nombre, quedó asombrado con el garbo y la disciplina de los alemanes, y no lo olvidó nunca, como tampoco su nieto).

México progresaba, pero no había democracia posible pues los mexicanos eran “menores de edad”, así que Don Porfirio “ganaba” todas las elecciones presidenciales. Hasta que en 1910 el insigne hacendado y espiritista Don Francisco I. Madero decidió que ya era suficiente, y la revolución contra el dictador fue un hecho irreversible. Díaz intentó hacerle frente a la revuelta, bien apoyado por su ejército (los llamados “federales”), pero la verdad es que ya estaba muy anciano y cansado. Se había casado en segundas nupcias en 1881, con una joven de sociedad (hija de un famoso rico), Doña Carmelita Romero Rubio, a quien Don Porfirio le llevaba casi cuarenta años. El viejo, para evitar mayor derramamiento de sangre, decidió exiliarse de México, así que en 1911 renunció a la presidencia y a bordo del barco alemán “Ipiranga” se fue a Europa. Vivió en París sus últimos años, completamente amargado, aunque rodeado del respeto de todos; el Kaiser de Alemania, Guillermo II, fue muy gentil con él. Falleció en la capital francesa el 2 de julio de 1915, y fue sepultado en el cementerio de Montparnasse (y frente a él estarían desde 1971 los restos del cantante Jim Morrison).

Finalicemos con otro recuerdo personal, aunque no fui testigo directo del hecho, pero pertenece a la tradición familiar. Una de mis bisabuelas maternas solía vender café y atole afuera del Palacio Nacional, y durante años, en los inicios del siglo XX, vio bajar a Don Porfirio de su carruaje y cómo se dirigía hacia el recinto para entrar a pie. Quizá él y mi bisabuela se vieron, y yo, el bisnieto, quiero ver a través de los ojos de ella al ilustre general y presidente, al héroe y villano de la nación mexicana, con la intención de entender y también de valorar.

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