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Ciudad de México Año III Número XXXI Mayo 2015

 

Siete Cartas
Luciano Pérez

1.- DE CALÍMACO A SOR JUANA
Colega exquisita: me solazo en tu calavera. Heroína tú tan alta como Homero, como Morfeo, estos dos que se durmieron y primero soñaron. ¡A ti, amarillosa y suculenta, de tan vasto y vario saber! El rayo del Padre irrumpe para partir tu obelisco, mas éste, no en vano, resiste y no se dobla. Por eso en Alejandría, en la biblioteca a mi cargo (lo siento, Apolonio), se aderezan muchos libros como platillos para ser degustados sólo por diosas y por monjas que, impacientes, pugnan por salir de criptas, claustros y vecindades. Te enviaré pues mis himnos y epigramas de esforzada técnica para que los eches en la olla, pues los pergeñé para ti, colega tan marmórea como una isla de huesos.

2.- DE HOMERO A PENÉLOPE
Dicen que te amé más que a ninguna. No dijeron, mas lo han pensado, que es posible que yo, el ciego de Quíos, haya sido uno de los pretendientes. Que yo, embriagado e insolente, devoré los manjares de la casa de Ulises sin ningún pudor, y luego alguna deidad me castigó con la ceguera. Y todo por amarte tanto, y por eso luego te canté, a ti que tejías y tejías, una y otra vez, y que luego, dale que dale, destejías. ¿Yo te amé? Por eso luego ya no vi nada. Lo cierto es que ya no recuerdo eso. Han sido muchos los años sin luz alguna, aunque mis labios han dicho cantos de ti como ninguno lo hará. Mas tú, Penélope, sabes la sola verdad, que yo he olvidado: que de mí engendraste al dios de Arcadia, al Pan patas de cabra que siempre quise tener como hijo, y que al parecer tuve, y al cual nunca pude ver.

3.- DE SAN AGUSTÍN A DIDO
Te lloré mares en mi infancia, en mi adolescencia, mientras robaba peras y los maestros me golpeaban. Confieso que así fue. Se nos han dicho paisanos, y yo lo confirmo aquí; y diré más: te he de llevar a la Ciudad que pocos han visto, aquella del Dios a quien estoy dedicado. Ahí te haré santa, sin ningún trámite vaticano y llorón. ¡Te mostraré la gloria de las mártires, de las testigos! Y si alguien quiere echarte de ahí por verte alta, demasiado alta, lo enfrentaré, diciéndole: “¡Quien ha sufrido tanto, quien por su causa hasta santos han llorado, merece quedarse!” Seguro que él pondrá una queja ante el tribunal divino, pero sabré defenderte, no por nada fui un retórico consumado, de los mejores. Si defendí a Dios en mis libros, ¿cómo no lo haré contigo, oh reina, por quien mis lágrimas no cesaban?

4.- DE SIR QUIXOTE A SANTA TERESA
Ambos en los caminos hemos sido caballeros andantes, oh tú Bradamante a lo divino, que en tus ollas hallas a quien dices ser único. Tú por tu lado luchas y yo por el mío. ¡Hay tantas burocracias de clérigos que debes vencer! ¡Y yo tantos entuertos que resolver, tantos monstruos por despedazar! En algún momento hemos de reconocernos como iguales; después de todo, a los dos se nos ha visto mal de la cabeza. A ti porque te enfermas de ella con tantas fundaciones por crear, con tantas monjas por meter al orden. A mí, porque no ceso en mi obsesión por, dicen, ver lo que no hay, o en verlo de otra manera. Reunámonos, amiga Cepeda y Ahumada, para que discutamos estrategias juntos; que si el mundo nos ve raros, yo al mundo lo veo no sólo raro, sino, como a Sancho, totalmente sin seso.

5.- DE FITZGERALD A JOAN CRAWFORD
Por borracho me echaste de tu cocina. ¡Indigno trato para el autor de El gran Gatsby! Sin embargo, no te culpo, amiga, quizá en ese momento me ocupé más de la botella que de ti; pero créeme, que si se da una nueva ocasión (¡y se dará, yo sé que sí!), ya no tendrás que mandar limpiar los desperfectos que hice en tu cocina de ¿bruja? Oh sí, bruja tú, brujas todas las mujeres, principalmente mi esposa, que me pide que baile valses con ella. Pero los bailaré contigo, pues no quiero que te quedes con la impresión de que soy demasiado briago como para no saber apreciarte.

6.- DE ALTAMIRANO A JACOBA
En mi propia casa, yo fantasma, te escribo a ti, Jacoba, con mis morenas manos mexiquenses y en latín. Alguien traduce esto para que lo leas, mas por mi boca habla el original Nasón enamorado. Tú que donde yo viví, hoy Sanborns, sirves comidas, en esta casona de Tacuba en la cual otrora dormí sin saber que tú estarías dos siglos después. Jacoba, si escuchas mi mexiquense voz, no te fijes en el maestro que fui. Que aun como elegiaco, el amor se entiende siempre. Mis dísticos te eligen musa leal, aunque tus ojos no me vean pues un ente del más allá soy. Pero los fantasmas se enamoran y escriben, y aun si mi sentir no aceptas, en la cocina escucharás cuando tire un plato que, al caer, de mi parte te dirá: “¡Ahhh… mor!”

7.- DE SOR JUANA A CALÍMACO
De mí, la undécima musa, a ti, el primero de los alejandrinos, te envío diversos ecos de mi laberinto de Amecameca. Encontrarás un Poseidón en alegorías, donde la Mexicum, urbe ilustre, desaparece para siempre en el fondo del océano, nueva Atlantis donde ningún aeropuerto es ya posible. Va también un Postrero Sueño, diferente al Primero, en el que rememoro tu Afrika del norte, ese desierto libio donde naciste y que al dormirme avizoro lleno de carros blindados arder al sol. Finalmente, amigo y colega, una serie de mil chocarreros epigramas para poner de cabeza a mis doctos intérpretes, y ahí no me refiero a nada para que crean que lo menciono todo. P.D. Si bien suelo hablar bien de Apolonio de Rodas, no pienses que ello va en demérito de ti. Yo también quiero ir al Euxino en la nave Argos, y pasar a saludar por allá a mis dos amigos exiliados, el autor de las Metamorphosis y el de la novela de Tepito Asgard.

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