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Ciudad de México Año III Número XXXI Junio 2015

 

El Callejón de la Amargura
Tinta Rápida

Callejón de la Amargura. Origen y estigma. Inmerso en pleno barrio de San Camilito, en el muy festivo Garibaldi. Hace algunos años lo encontré abandonado, como un recuerdo añejo, lastimero y áspero, y en donde hoy, después un intento por recobrarlo sigue siendo solitario aunque menos descuidado, gracias en parte a que ahí se encuentra la Escuela del Mariachi “Ollin Yolliztli”.

Del recuerdo de aquel primer encuentro, sólo evoca mi memoria la música del mariachi, que parecía no poder franquear la espesa soledad de este rincón, al que sólo le daban vida las invocaciones de la memoria. Como un fantasma memorioso que no olvida las efemérides, ahí estaba, recordándonos que fue el lugar en donde, hace 85 años, se iniciaba una historia que hoy por hoy ya está culminada.

No obstante la pulquería “La Bella Hortencia” que dobla la esquina del callejón, esa misma en la que por última vez departí con la bella Irene, aquí el regocijo resultaba ser forastero. No había lugar para sonrisa alguna, incluso, tal vez, ni para la esperanza. Qué paradójico resultaba el callejón que parecía justamente amargo en medio del jolgorio masivo. Más parecía obra de una hechicera, que quiso poner en tal entrevero el origen de mi estirpe. Y no hubo princesa, ni azul, ni escarlata, que pudiera romper el hechizo con un beso de amor. Al menos no en vida, porque al parecer, fue el frío beso de la muerte el que pudo librar a mi padre de su perenne amargura. A ello se debe que esperara con tantas ansias el momento deparado para su partida.

Como Pedro Páramo en busca de su pasado en Comala, fui buscando el origen en el Callejón de la Amargura. Y como era de esperarse, me dieron la bienvenida los fantasmas, y el silencio que se hizo presente vestido de sobriedad, y la soledad permaneció inamovible y orgullosa de su misterio.

Las imágenes fueron poblando mi cerebro, quien proyectó hologramas en las viejas paredes desnudas. Caminé por este callejón abandonado, pero desde otra dimensión: la de la memoria.

Mi padre siempre nos mencionó que había nacido en el Callejón de la Amargura, en el barrio de San Camilito, pero nunca nos llevó a conocerlo.

Lo supimos por él, que parecía orgulloso de su signo más definitivo. Y años más tarde, cuando ya no estaba con nosotros, me fui en busca del mítico callejón.

Y lo encontré tan solo y amargo como mi padre mismo. No triste, porque la tristeza no tiene la rabia que posee la amargura. Y supe, a partir de ese día, que la dejó como herencia para que alguno de nosotros se haga heredero universal de su amargura. Las amarguras del activista derrotado por la inmisericorde realidad, del viejo que tantas injusticias vio y tantas protestas hizo por ello sin lograr erradicarlas, del hombre que entre más estudió más conoció la tendencia natural hacia la abyección de la naturaleza humana.

A partir del perentorio hechizo, las francachelas y alborozos han de ser la prórroga transitoria de los tormentos. Por eso, en el Barrio de San Camilito, conviven Garibaldi y el Callejón de la Amargura, en donde hace 85 años nació don Antonio, el sobrio señor que atesoraba su amargura. Tan señorial y tan amargo, con sus temores domesticados porque le tocaba ser padre, quien, al final del laberinto de la vida, no pudo ocultar sus sentimientos bajo la fortaleza del carácter.

Papá: nunca entendimos por qué atesorabas tus amarguras como tu más preciada hacienda. Ningún manual de superación ha de poner tus enraizados tormentos como paradigma del éxito. Pero en este texto sincero, he de reconocer tu valía, con tus aficiones más profundas, tus temores domeñados, tus digresiones de la muerte. He de rememorarte desde este rincón de cuyo hechizo nunca te pudiste deshacer. Callejón de la Amargura, principio y fin de tu existencia, principio de esta estirpe de rebeldes.

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