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Ciudad de México Año III Número XXXI Junio 2015

 

Carlota en el purgatorio
(Primer capítulo de una nueva novela)
Luciano Pérez

Alma que te quemas, alma que tú sola, alma que arrepentida, estás purgando con mil y una penas por causa de tu desastroso trayecto terrestre. Ni infierno que te haga perderlo todo, ni paraíso que te dé a ganar de más, purgas y vives en largo diálogo con las otras almas. Y en lo alto de las llamas, la Señora del Monte Carmelo te observa, a ti y a las demás almas, sin perder de vista a ninguna, que a todas un vaso de agua habrá de ofrecer, por la piedad debida a quienes sufren y hacen vida de contrición. Quien se arrepiente no consigue nada, pero mejora un poco más en la percepción de su culpa. Pues todos somos culpables, ya que el nacer no queda nunca sin castigo.

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En la cima de un cerro chapulinesco, un castillo novohispano, y en la terraza de éste la emperatriz mexicana mira el panorama de abajo, que es un bosque en llamas. Está de pie, y agita un abanico filipino para refrescarse la cara, en lo que llega su tocaya. Carlota viste como en los retratos oficiales de cuando ella y su marido imperaron en el Anáhuac.

Ella calla. No habla sola nunca más, para que no digan que en el purgatorio continúa en estado de demencia. No hay monólogos, sino que, lúcida como acaso jamás estuvo, ahora dialoga, y por eso aguarda paciente a la otra Carlota. Mientras, ve el bosque incendiado, que en realidad es un mar de fuego, y apenas se vislumbran las cabezas de los miles que allá abajo nadan entre las llamas, purgándose y haciendo penitencia por una existencia mal encauzada desde el nacimiento. Pues cuanto vive hizo mal al nacer, aun no siendo, tal vez, su culpa. Pero siempre hay ésta, y a lo largo de su vida la persona se ve obligada a darle sentido a su existir, aun cuando no lo tenga. “Y no lo tiene… quizá”, piensa la emperatriz, que ahora dirige su mirada al cielo blanco de nubes, donde en vez de sol cuelga la propia Virgen del Carmen, quien instruye a sus ángeles, escribiendo con gis en una pizarra el nombre de las ánimas benditas que requieren de un vaso de agua en el largo ejercicio de la purgación.

La otrora Kaiserin de los mexicanos no tiene aquí a su esposo, sabe que cuando se pasa “al otro lado” no valen ya bodas ni casorios; y aunque sabe bien qué suerte vive él hoy, no le preocupa más, pues quien no supo ser emperador, poca consideración tiene de la que no es más su mujer. Ni siquiera era esto último “allá”, y Carlota lo sabe mejor que nadie. Ella bien pudo estar en lugar de su cuñada en Viena, para estar al frente del Imperio ya no romano pero siempre santo de los austriacos. Francisco José necesitaba alguien tan activa como la monarca belga, en vez de una gimnasta e hipista como Sissi, a quien no le preocupaban tanto sus súbditos, salvo los magiares. ¿Y quién puede negarle méritos a la vieja Panonia, donde el Kaiser Marco Aurelio oteaba a los bárbaros?

Pero no fue como archiduquesa de Austria, ni como gobernadora de Venecia y Lombardía, como Carlota adquirió gloria y estima, sino como imperatora de una lejana nación poblada por otros bárbaros, siempre éstos bajo la amenaza de ser tragados por el rico y avaro país estadounidense. Que de todos modos ya se lo tragó, mas esto no lo pudo impedir la emperatriz. ¿Cómo podría hacerlo, si Maximiliano disfrutaba más de los ocios que de los deberes?

Quien no disfruta su deber u oficio, mejor que renuncie. Carlota, en cambio, tomó en serio su labor, y por eso anduvo por media Europa en busca de apoyo para un imperio condenado a desaparecer demasiado pronto. Maximiliano, otro misérrimo Rómulo Augústulo, dejó perder todo; aunque, es cierto, el fusilamiento lo honra. Sin embargo, él no está en el purgatorio, sino en el infierno, al lado de Juárez, como la misma Carlota lo explicará después en su plática con la tocaya, quien por fin entra a la terraza.

Llegó con vestido blanco, lazos rosa pálido en brazos y pecho. Tenía en las manos una caja azul de chocolates marca Werther, los cuales le ofreció a la emperatriz. Ésta, con deleite, se fue echando en la boca las delicias de cacao, una tras de otra. Y dijo la recién llegada:
- No sólo de agua vive la gente, sino también de chocolates.
- ¡Esto es mejor que ir al cielo! ¿Dónde los conseguiste? -, preguntó la de Bélgica.
- Me los envían desde la patria alemana.
- ¿Hay envíos para acá? ¿Cómo puede ser eso?
- No sé cómo, pero lo es.
- Por la fama de la novela, tal vez. ¡Cuántos sufrimientos, penas y cuitas!
- De la era juvenil, ciertamente.
- Ahora también sufrimos, aunque con resignación.
- No es una pena tan mala. Pudo ser peor, emperatriz.
- Sí, consejera áulica. Mucho peor… Y tus ojos siguen siendo azules.
- Por más que todos me los ven negros.
- ¡Ja, ja! ¿Sabías que Juárez tiene ojos azules, y Max negros?
- Alguna vez me lo platicaste. ¿Siguen en la condena?
- ¡Por completo condenados, ambos! Uno al otro se arrancan los ojos y juegan a las canicas.
- ¡Eso es tétrico, emperatriz!
- Tiene que serlo. El infierno se ensaña con los políticos.
- Porque los políticos se ensañaron con la gente.
- Ni más ni menos, tocaya.
- Creo que es buen privilegio estar en la terraza del castillo, y no allá abajo, entre el mar de lumbre y de personas.
- A mí me lo concedieron por mi larga demencia. A ti por el remordimiento de lo que le pasó a Werther.
- En todo caso, Werther debería estar aquí también.
- No, él no existió. En todo caso, el autor.
- ¿El señor ministro? ¡No lo he visto por acá!
- Está en el infierno, para acompañar a su señor el duque de Weimar, su amigo. No quiere abandonarlo en situación tan extrema.
- ¡Pero un genio como él!
- No creas que sufre, todo lo toma con ironía, como siempre, y no deja de tomar notas.
- Nosotras debiéramos estar en el cielo, hace mucho calor aquí.
- No, amiga consejera. Las mujeres no vamos al cielo, el texto bien lo da a entender.
- ¿El texto?
- La Revelación. Si los pocos hombres que van a estar con Dios, sólo serán aquellos que nada tuvieron que ver con mujer, es obvio que, deduciendo, nosotras no podemos estar ahí.
- Serán muy pocos entonces los que entren, los famosos ciento cuarenta y cuatro mil.
- ¡Ni uno solo ha entrado! No hay hombre que no haya nacido de mujer, y que por lo tanto no haya tenido que ver con ésta. Por lo tanto, el cielo está vacío. Es posible que ni siquiera esté Dios.
- ¿Ni los santos?
- San Agustín el que menos. Anda por ahí abajo, confesándose entre las llamas.
- Por haber sido casado…
- Está contento, pues se encontró a Dido.
- No podrán casarse, no hay bodas por acá.
- No las hay. Pero platicaron. ¡Todo en este purgatorio es plática y más plática!
- Tal como nosotras. Oye, emperatriz, tengo una duda.
- ¿Cuál es, tocaya?
- Si Dido es literatura, ¿cómo pudo existir?
- Ella existió, se llamaba Elisa y venía del país fenicio.
- Ahora tengo una duda más grande.
- Dila, amiga.
- Si las mujeres no entramos al cielo, ¿qué de María Santísima?
- Está con nosotros, ¿no la ves ahí como un sol, prodigando el agua a los acalorados por las llamas?
- En su personificación del Carmen. ¡Pero ella tiene diez mil figuras más!
- No, acá del otro lado no es ella más que así, vestida de café.
- Y ese niño que trae…
- Es Dios cuando era muy pequeño.
- Entonces Dios, al no estar en el cielo, está aquí, como niño.
- Y nada más que así. Cielo no hay, aunque del infierno nos llega información.

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