Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año III Número XXXI Junio 2015

 

Francesca y Paolo
Agustín Cadena

L’Enfer Noir era un burdel de lujo cuyas habitaciones se hallaban decoradas como cavernas infernales: con estalactitas negras que rezumaban un líquido fosforescente, cadenas de hierro, lámparas que simulaban el resplandor del fuego telúrico y espejos negros que multiplicaban al infinito el placer de la condenación. En ese lugar de gemidos, las chicas se presentaban en traje de diablesas, con cuernos y cola y lencería de seda roja.

Una de ellas era una muchacha pálida con cuerpo de adolescente: senos pequeños con pezones del color de los dedos de los gatitos y un pubis tan terso que parecía no haber tenido nunca vello alguno. Llevaba varios años prestando sus servicios en L’Enfer Noir y, dicha sea la verdad, tanta tenebra le estaba afectando el carácter. Desde cuándo se hubiera largado de no ser porque su cuñado también trabajaba ahí, como bartender, en el pequeño y penumbroso bar del prostíbulo.

Cuando la tristeza se le hacía intolerable y si no estaba ocupada con algún cliente, la muchacha pálida se ponía sus audífonos y escuchaba la radio, sintonizada siempre en una estación de música vieja. Le gustaban esas canciones porque la hacían volver atrás en el tiempo, a los días en que ella y su cuñado leían juntos las leyendas del rey Arturo.

El locutor del programa solía repetir una frase que ella había hecho suya: “Recordar es volver a vivir”. Pero llegó el momento en que ya no se sintió capaz de llevar adelante esa vida y habló con el dueño. Le dijo lo que sentía. Y el dueño, un viejo de barba larga con aspecto de sabio, aceptó ayudarla. “Porque has amado demasiado”, le explicó. La dejó ir de ese local, pero no de sus empresas. Ciertamente, la muchacha pálida fue transferida, junto con su cuñado, al lupanar gemelo de L’Enfer Noir, que se llamaba Le Ciel Bleu.

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