Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año III Número XXXI Junio 2015

 

Silverio Pérez, Monarca del Trincherazo
(1915 – 2006)

Tinta Rápida

Desde que comencé a tener el gusto por la tauromaquia, aún sin mucho conocimiento de los pases y la técnica, uno de ellos llamaba fuertemente mi atención y me resultaba muy grato a la vista. Al tiempo fui enterándome de los nombres de las suertes y de cómo un torero tenía que realizarlos para que resultaran artísticos, y así me enteré que ese pase que tanto me gustaba desde pequeño se le llamaba “trincherazo”. Y para quienes no sólo entendemos sino sentimos la emoción de un pase apropiadamente ejecutado, “el trincherazo” tiene una magia electrizante, un sentimiento que puede parar del asiento a la concurrencia con tan sólo un pase consumado de manera soberbia.

Y cuando pude platicar con mi padre, que era un gran conocedor de la “Fiesta Brava”, me fue contando de su gusto por el toreo artístico, desdeñando siempre el toreo tremendista –ese de sólo mostrar valor pero carente de arte– y cómo entre sus toreros favoritos, que a mí no me tocó ver torear, se encontraba Silverio Pérez, el “monarca del trincherazo” a decir de Agustín Lara en el paso doble que le dedicó. Y sí, en los documentales que vi sobre el “Faraón de Texcoco”, me encontré con trincherazos que reunían los requisitos para que un pase nos haga incluso llorar a los aficionados de cepa: arte, valor y drama. Silverio se ceñía al toro como ninguno, “el toreo verdad” que tanto extrañamos en el ruedo los verdaderos aficionados, tenía una presencia rayana en el dramatismo, que ponía la tensión, no sólo en los tendidos, sino en el propio torero, quien escribió para la revista Siempre en junio de 1955, a petición de su compadre, el director de la misma, José Pagés Llergo, un artículo por demás perceptivo al sentir de un torero, que decía: “…pero mejor quiero escribirte sobre algo que conozco mejor que nadie: sobre el miedo, compadre. Y en esta especialidad, ni modo que venga alguien a darme un baño”.

Tal vez el miedo lo traía desde la muerte de su hermano Armando, quien se hizo llamar “Carmelo Pérez” por temor a las reprimendas de la madre Concepción Gutiérrez. Y no obstante el dolor producido por la muerte su hermano a causa de una neumonía resultado de la grave cornada infringida por el toro “Michín” de San Diego de los Padres, el 17 de noviembre de 1929 en el toreo de la Condesa, en su propio velorio Silverio decide dedicarse a “torero”. Ya años atrás había perdido en un terrible accidente automovilístico a su padre Alberto Pérez, con lo que su relación con la muerte era ya una historia añeja para cuando se inició en una fiesta que le rinde honores a la dama del velo negro.

Relación largamente repetida en su vida, fuera con la muerte de la gente cercana a él o la propia que constantemente rondaba tras varios percances que tuvo. Es el 29 de diciembre de 1940 que Silverio vuelve a vivir la tragedia de ver morir desde los tendidos a un amigo, a un compañero en la plaza de toros, cuando Alberto Balderas cae mortalmente herido por el toro “Cobijero.” Pero la muerte le tenía deparados otros encuentros, y fue en la temporada 1950-1951, y a pesar de que la empresa no le ofreció el dinero que se merecía como la figura que ya era, Silverio aceptó la oferta para alternar con los españoles Miguel Báez Litri, quien llegó precedido de una fantástica propaganda. Los efectos de ésta se reflejaron en la taquilla agotándose en su totalidad el boletaje, tanto que al mismo Silverio no se le vendieron los boletos que requería para obsequiarlos como era su costumbre. Por lo mismo, no le alcanzaban para darle su boleto a Sarita, la novia de su hermano Carmelo que vivía en su casa y quien nunca había dejado de ir a la plaza cuando toreaba Silverio. Trató de convencerla sin conseguirlo y finalmente le dio el dinero necesario para que se fuera a la plaza de toros temprano a conseguir un boleto. Quién podía imaginarse que era la última vez que la vería porque esa tarde, cuando Silverio abría el cajón de las esencias finas, estrujando a la multitud con unas “chicuelinas” con el sello silverista, Sarita moría en el tendido, ahí bajo la luz del sol, rodeada por el público asistente.

Y como ya lo he dicho, Silverio vio rondar la muerte en su propia persona, y el 13 de febrero de 1944 en la Plaza de Toros de El Toreo estaba anunciado Silverio, junto a Luis Castro “El Soldado” y Carlos Arruza, con toros de la ganadería de La Punta. Esa mañana despertó triste, escribe la “Pachis” en su libro Mi Silverio Pérez Faraón y Hombre. Había tenido sueños extraños, que su mamá y Carmelo tomándolo cada uno de un brazo le decían que ya era tiempo de que se fuera con ellos, él se resistía a seguirlos y despertó casi gritando, muy impresionado, lleno de presentimientos. Silverio, que no las traía todas consigo, antes de partir a la Plaza habló con su esposa “Pachis” para comentarle el estado que guardaban todos sus asuntos, además de dejarle un cheque firmado por el total de su cuenta bancaria. El miedo –tal y como lo describió en su artículo del Siempre– lo dominaba. Se fue a la Plaza con la certeza que no regresaría. Salía por la puerta de los sustos el segundo toro de la tarde, primero para Silverio de nombre “Zapatero”, el cual acusaba mal estilo y que en dos ocasiones le “avisó” a Silverio de sus malas intenciones. A pesar de de tener la certidumbre de la peligrosidad de “Zapatero”, intentó corregir con tres doblones el estilo áspero del astado, tanto así que ninguno de sus alternantes pudieron hacerle nada en los quites porque “achuchaba” y se colaba peligrosamente por el lado derecho. La multitud que llenaba la plaza se estrujaba. Llegó a ejecutar un derechazo que parecía ya casi imposible en el que el toro pasó sin poder explicar cómo y por dónde; pero desgraciadamente, vino lo inevitable, pues al intentar un cambio de mano por la espalda, el toro se venció y le dio la cornada más grave de su vida. El toro prendió por una pierna y se lo echó arriba y en un desesperado intento de ya no recibir tanto daño, se asió fuertemente con ambas manos al pitón para tratar de evitar que éste penetrara más profundamente causándole peores destrozos. El toro no “romaneó”, ya que de haberlo hecho la cornada hubiera sido mortal. Cuando al fin “Zapatero” derrotó y aventó lejos a Silverio, esté trató de levantarse pero le fue imposible, quedándose en la arena desangrándose. El daño estaba hecho, la cornada había sido de tres trayectorias.

Durante los 19 días que estuvo en el Hospital, recibió grandes muestras de cariño del público y personajes de la farándula, como Jesús Martínez “Palillo”, quien a tono de broma, le sugirió a Silverio que cobrara la entrada al Hospital por la cantidad de aficionados que acudieron ahí a saludarlo y a expresarle su cariño.

Con motivo de la cornada de Zapatero y de lo mucho que conmovió a la afición, Graciela Olmos, mejor conocida como “La Bandida”, amiga incondicional de Silverio sin ninguna “mala idea”, todo lo contrario, lo cuidaba y lo protegía mucho, le compuso el paso doble Cornada de Zapatero.

Regresando un poco, vale mencionar que Fermín Espinosa "Armillita" le dio su alternativa en Puebla, el 6 de noviembre de 1938, teniendo como testigo a Paco Gorráez. El 11 de diciembre del mismo año en la plaza El Toreo recibe la confirmación de su alternativa por parte de Armillita y como testigo tuvo a Fermín Rivera. Para fincar su grandeza consiguió cortar el primer rabo en la historia de la Plaza México, en la segunda corrida del serial inaugural al toro “Barba Azul” de Torrecilla.

De su apoteósica tarde del 31 de enero de 1934 en el casi mítico Toreo de la Condesa, se han hecho muchas crónicas, hablando de cómo Armillita y Silverio “salieron a ganarse las palmas como si fueran principiantes”. Para esta corrida que era la presentación de la ganadería de Pastejé, Silverio, enfundado en un terno marfil con bordados en pasamanería negra, realizó la memorable faena al quinto de tarde de nombre “Tanguito”; cuando ya antes parecía tener la victoria en sus manos el maestro Fermín Espinoza “Armillita” (otro favorito de mi padre), quien realizó una faena de antología al toro “clarinero”. Pero regresando al quinto toro, refieren las crónicas que los tres muletazos de tanteo no presagiaban un buen augurio, ya que se vieron muy descompuestos. Nadie sospechaba que estaban por presenciar una de las faenas más grandiosas que se hayan realizado en plaza alguna. Había que llegarle mucho al toro y medirle paso a paso la lentitud de su embestida. Silverio estuvo fenomenal, toreando con lentitud y temple increíbles para lograr la delirante algarabía de los aficionados que no podían creer lo que estaban viendo. Hizo todo lo que es posible hacerle a un toro, incluso hasta lo que en esa época era considerado como imposible, pisar terrenos a los que nadie había osado llegar. Para cruzarse con el toro y provocar así su arrancada, pegaba saltitos, dos y hasta tres. Hizo derroche de su arte, dominio y conocimientos. Uno por uno fue engarzando bellísimos muletazos coronando de gloria su magistral interpretación del toreo. ¡Un faenón de locura para cortar sendas orejas y el máximo trofeo: el rabo! De esa faena salió la inspiración a Agustín Lara para escribirle el paso doble que dice a manera de sentencia: “Silverio, cuando toreas, no cambio por un trono mi barrera de sol”.
Sin embargo, quienes tuvieron oportunidad de tratarlo o simplemente de toparse con él, coinciden en que no obstante el “pedazo de torero” que era Silverio Pérez, su mayor grandeza que le hizo ser tan querido por la afición, era su sencillez y su “don de gentes”. Un tipo afable y risueño que nunca tuvo una mala actitud para con la gente. Amiguero cual no hay dos, siempre contó con la amistad de muchas personas del medio taurino y político, y se le podía encontrar en cualquier puesto de tacos, pese a las grandes comilonas en lujosos restaurantes que se le ofrecían y que él mismo se podía solventar por supuesto. Compañero de muchos y compadre de muchos más, nunca dejó de ser el hombre sencillo que la afición tanto quería.

Esa misma popularidad y carisma, le llevaron a ser presidente municipal de Texcoco, en donde hizo las cosas bien, lo que le granjeó aún más el cariño de la gente. Cuenta una anécdota de una cena en casa de su querido compadre José Pagés Llergo, a la que asistió y en la que departió con Agustín Lara, Pedro Vargas, Mario Moreno Cantinflas y como invitado especial el Lic. Ernesto P. Uruchurtu, flamante Regente de la Ciudad de México, a quien por supuesto se trataba de solicitarle algunos “favores”. Se dice que Agustín Lara y Pedro Vargas le solicitaron la ampliación de los horarios de los centros nocturnos, que estaban restringidos, apelando a que por esas restricciones tenían que cerrar cuando la gente estaba más “contenta”. A lo que se negó rotundamente. Volteó a ver a Cantinflas y con cierto tono clásico del norte (él era sonorense) le preguntó qué necesitaba y Cantinflas le solicitó autorización para elevar los precios de entrada a los cines ya que había un tope de cuatro pesos. El quería estrenar su película La Vuelta al Mundo en 80 Días y quería que “El pueblo la viera” y con ese precio no le convenía, a lo que de inmediato y con un dejo de enojo le dijo:

–¡De ninguna manera, sacrifíquese por su pueblo!
Ya muy alterado y en ese tenor voltea a ver a Silverio y le dice:
–¡Y usted Silverio, ¿qué quiere?
– ¿Yo señor? –le contestó Silverio–, otro wisquito.

El Lic. Uruchurtu le preguntó a Pagés qué era lo que Silverio quería y le dijo que le iba a pedir los albortantes de luz que estaba cambiando en el Distrito Federal para poder colocarlos en las calles de Texcoco y, para sorpresa de Silverio, al día siguiente, no sólo recibió los albortantes sino que le obsequió para el municipio un camión para recoger la basura nuevecito, al que por supuesto le puso el nombre de “Siempre” como agradecimiento a su querido Compadre.
La compañera de su vida desde 1938, María de la Paz Domínguez Jimeno “La Pachis”, con quien tuvo seis hijos: Silverio, Silvia, Marcelo, José Antonio, Consuelo y Ana Laura, falleció el 14 de noviembre de 2005. Este fue su penúltimo encuentro con la muerte, porque diez meses después, el 2 de septiembre de 2006, se encuentra de manera definitiva con la misma que le hacía tener miedo y que a su vez le dio la entereza y fuerza de espíritu para sobreponerse a sus no pocos momentos difíciles.
Y Silverio Pérez, desde entonces, se convierte en leyenda.

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