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Ciudad de México Año III Número XXXIV Agosto 2015

 

Bismarck, creador de la seguridad social
Loki Petersen

¿Alguien sabe hoy quién fue Otto von Bismarck? Quizá algunos sepan del famoso acorazado alemán que, portando el apellido del Canciller de Hierro, puso en jaque a la armada británica en la Segunda Guerra Mundial. Otros tendrán la vaga idea de que es un personaje histórico del siglo XIX, sin que comprendan nada más. Y muchos, aunque ya no tantos como debieran ser, disfrutan en todo el mundo de la seguridad social que creó Bismarck para que los ciudadanos se esforzasen por ser mejores, sin haber oído jamás el nombre del ilustre alemán. En este 2015 se cumplen doscientos años del nacimiento de este aristócrata prusiano, cuyo primordial logro en la historia universal fue el de lograr la unidad de todos los países alemanes en una sola nación, la que sería el Segundo Reich, bajo la supremacía de Prusia y dejando fuera a Austria, cuyo dominio se imponía en Europa hasta que los prusianos la derrotaron en 1866.

Hoy se ha olvidado a Prusia, que desapareció como la importante provincia que era por decisión de los Aliados que vencieron en 1945, culpándola del militarismo alemán que había propiciado dos guerras mundiales. Pero quedó como concepto, pues los prusianos, más que por belicistas, se distinguieron por su mística del orden, del trabajo y de la obligación, que pasó a ser característica general de los alemanes, para bien y para mal. Y fue en la vieja Prusia, que entonces era reino y cuya capital fue Berlín, donde el 1° de abril de 1815 nació Bismarck, cuya familia era propietaria de extensas tierras. Estudió derecho en Gotinga y Berlín, con la idea de sus padres de que se preparase para el servicio diplomático; pero se dedicó más a beber, a las chicas y a los duelos con espada. Era de muy alta estatura, que de ser primero física luego sería también política. Pero de alguna manera, logró egresar de la universidad berlinesa.

Luego de un fallido inicio en la burocracia prusiana, dedicó largos años de su juventud a la administración de sus propiedades, sacándoles buen provecho económico. Viajó a Inglaterra, que le gustaba mucho, e incluso tuvo la idea de convertirse en oficial británico para ser enviado a la India; sin embargo, pronto llegó la oportunidad de involucrarse en la política alemana, cuando se le hizo miembro del ala conservadora del Parlamento prusiano en Berlín. Ahí presenció la crisis que en 1848 cimbró a varios gobiernos europeos, entre ellos el del rey prusiano Federico Guillermo IV, con el resultado de una mayor apertura hacia la clase burguesa y la media, pues hasta entonces sólo la aristocracia tomaba las decisiones. En aquellos tiempos Austria era el país alemán más fuerte y encabezaba la Confederación germánica, de la que eran miembros todos los países de habla alemana, cada uno independiente respecto del otro (Prusia, Baviera, Sajonia, Hannover, etc.). Dicha Confederación tenía un Parlamento en la ciudad de Frankfurt, y Bismarck fue enviado ahí en representación de los prusianos.

El futuro Canciller se desempeñó bien en el Parlamento, pero por su carácter fuerte se hizo de muchos opositores, incluyendo a sus propios compatriotas, de modo que en 1859 el rey lo alejó nombrándolo embajador en Rusia. A Bismarck le era intolerable el que Austria fuese la cabeza de los países alemanes, pues consideraba que el imperio austriaco no sólo tenía gente de habla alemana, sino también de otras nacionalidades que nada tenían que ver con lo germano (polacos, checos, italianos, etc.). Por lo tanto, para él no era Austria sino Prusia quien debía estar al frente de la Confederación. Esta idea fue entonces rechazada, pero más adelante Bismarck lograría concretarla, con grandes consecuencias, como veremos.

No le gustó ser embajador en Rusia, mas luego lo sería en Francia, lo cual le cuadró mejor pues conoció al emperador francés Napoleón III, su futuro enemigo. En 1861 murió el rey Friedrich Wilhelm IV, y subió al trono su hermano el príncipe Wilhelm, el cual en 1862, pese a algunas dudas, nombró a Bismarck primer ministro de Prusia (es decir, Canciller), por ser el político conservador más hábil y enérgico. De inmediato buscó imponer sus ideas, para lo cual tuvo que apretarles las tuercas a los liberales, que se oponían a todo lo que Bismarck planteaba y no querían autorizar en el Parlamento fondos para fines militares. Pero él deseaba engrandecer a Prusia a costa de lo que fuera, y así fue que en 1864 hizo que Prusia, aliada con Austria, entrase en guerra contra Dinamarca por la posesión del ducado de Schleswig-Holstein, el cual pasó a ser provincia prusiana. Luego entró en conflicto contra los propios austriacos y sus muchos aliados alemanes, en 1866; Prusia tuvo la oportunidad de estrenar su nuevo ejército y las nuevas armas, de modo que en la batalla de Königgrätz fueron derrotados todos los que se oponían a los prusianos, en una terrible guerra de alemanes contra alemanes. Fue en este campo de batalla donde Bismarck, viendo tantos muertos y heridos, se sintió conmovido y pensó en qué sería de las familias de todos esos soldados, quién pagaría funerales y hospitales, quién se ocuparía de las viudas y de los huérfanos; y quién se arriesgaría a dar su vida a sabiendas de que dejaba desprotegidos a los suyos. Nació en su mente el concepto de la seguridad social.

Hasta entonces ningún gobierno se había hecho cargo de una responsabilidad tan evidente, en ningún lugar del mundo. Sólo la Iglesia Católica se ocupaba un poco de ello por caridad, mas no por obligación. El Estado tenía que asumirla, pues así como le exigía esfuerzos a la ciudadanía, de igual modo tenía que ofrecerle protección a ésta en sus necesidades. Bismarck maduró durante años el proyecto, y mientras tanto continuó trabajando por la grandeza de Prusia, de modo que la vieja Confederación germánica fue abolida, todo el norte alemán quedó en poder prusiano, y quedó pendiente el destino del sur, que por ser católico se oponía a ser anexionado por la Prusia protestante, pero que ya no contaba con la protección austriaca.

Y llegó en 1870 el choque contra la Francia de Napoleón III, iniciado por las ambiciones imperiales de éste de apoderarse de Luxemburgo y de todo lo que hubiera al oeste del río Rhin. Su ejército era bueno, a pesar del fracaso de la expedición a México en apoyo de Maximiliano, al que se le abandonó. Pero los prusianos demostraron ser superiores, y lograron cercar a los franceses en las ciudades de Sedán y Metz. La primera se rindió, cayendo prisionero el propio Napoleón III, y la segunda poco después. Los ejércitos de Prusia se dirigieron hacia París, que estaba en plena revuelta, pues se proclamó la República, esta vez de manera definitiva, acabándose la monarquía. A principios de 1871, en el Salón de los Espejos del Palacio de Versalles fue proclamado emperador de Alemania el rey prusiano Wilhelm I, a iniciativa de Bismarck, quien por fin logró su sueño de unir, ahora sí, a todos los alemanes, incluyendo a los católicos del sur (pero exceptuando a Austria). Nació así el Segundo Reich, que duraría hasta 1918.
Finalmente se rindió París, y se llegó al armisticio. La guerra se inició de Francia contra Prusia, y concluyó de Francia contra Alemania, la cual le impuso a aquélla una fuerte sanción económica, además de quitarle las provincias de Alsacia y Lorena, que provocaron un gran resentimiento francés, semilla para la futura Primera Guerra Mundial. Bismarck, lleno de gloria, ya conocido como el Canciller de Hierro, y ahora con el título de príncipe, en adelante se dedicó más a los asuntos alemanes, ya no prusianos, pues el país unido era muy grande y lleno de diversas problemáticas. Y no olvidó lo que tanto le preocupaba, la seguridad social, que no sólo sería para beneficio de los militares y sus familias, y de los empleados de gobierno, sino también para los trabajadores en general. En esto último les ganó la partida a los socialistas, que pugnaban por beneficios para las clases bajas. Bismarck y Marx fueron exactos contemporáneos, y nunca pudo haber entendimiento entre ambos, al ser el primero un aristócrata defensor de su clase.

Sin embargo, no era insensible, y logró que el Parlamento proclamase tres leyes que fueron revolucionarias: en 1883 la Ley de Indemnización por Enfermedad, en 1884 la Ley de Indemnización por Accidente, y en 1889 la Ley de Indemnización por Vejez e Incapacidad; entre otras leyes menores que redondeaban la protección a los alemanes, con cargo al Estado. Otros países imitaron ese modelo, pues se dieron cuenta de las ventajas que tenía el tener asegurada a su población. Es una vergüenza que a fines del siglo XX y principios del XXI se dio marcha atrás en esto en el mundo, al considerarse la seguridad social una carga, además de que ya no todos podían tenerla.

En 1888 murió el emperador Wilhelm I, y lo sustituyó su hijo Friedrich III, quien sólo gobernó durante 99 días, pues falleció también. Entonces asumió el cargo el nieto del primero e hijo del segundo, Wilhelm II, el Kaiser por antonomasia, el mismo que en 1914 llevaría a Alemania hacia la guerra.

Pronto se dieron graves desacuerdos entre emperador y canciller, y Bismarck se vio obligado a renunciar en 1890. Se retiró a sus fincas de Pomerania, para escribir sus memorias, y murió en 1898 a los 83 años de edad. Como dato curioso, la capital de Dakota del Norte en los Estados Unidos, recibió el nombre de Bismarck, en homenaje de los inmigrantes alemanes al famoso Canciller.

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