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Ciudad de México Año III Número XXXIV Agosto 2015

 

Gatúbela invitada: una villana a sus 75 años
Luciano Pérez

No es casual que las dos más grandes “anomalías” en el universo “creado por Dios” lo sean dos grupos de seres a los que siempre se ha considerado misteriosos y peligrosos: las mujeres y los gatos. A las primeras se les hizo creer que descendían de Eva, pero el trato con ellas hace de inmediato patente la verdad: descienden de Lilith, que fue la verdadera esposa de Adán. Y en cuanto a los gatos, no son considerados creación divina sino diabólica, y por eso, de acuerdo a una leyenda judía poco divulgada, el patriarca Noé no los admitió en su arca sino hasta que se vio obligado a hacerlo, cuando una plaga de ratones invadió esa nave que Dios ordenó construir para la salvación de Noé y su familia en los tiempos del Diluvio.

Por lo tanto, es natural que féminas y felinos deban ser aliados en las distintas vicisitudes de la vida. Y es inevitable también el que los hombres, sobre todo los que con su sensibilidad demuestran que son igualmente hijos de Lilith, sientan afinidad electiva hacia mujeres y gatos; de tal manera que la existencia del hombre sólo tenga sentido si hay en ella mujer y gato. En cambio aquellos que, engañados, se creen hijos de Eva y creados por Dios, aborrecen a felinos y féminas por igual. Sobre todo si la mujer tiene mucho de gato, y el gato mucho de mujer. Porque nada hay más perfecto, de tan diabólico, que el hecho de que una mujer sea gato.

El gran pensador en tiempos de miseria, Friedrich Nietzsche, vislumbró mujeres felinas en sus visiones poéticas. En uno de los muchos momentos líricos de “Así hablaba Zaratustra” dice el profeta persa: “heme aquí rodeado… cercado por vosotras, silenciosas, llenas de presentimientos, muchachas-gato Dudú y Suleika” (“Mädchen-Katzen Dudu und Suleika” en el original). Muchachas del desierto que no le temen a nada, bailarinas errantes y carentes de escrúpulos…

Nietzsche vio dos Gatúbelas juntas, y nosotros sólo hemos visto una, aunque personificada por actrices diferentes, como luego veremos. La Catwoman, como se le conoce en inglés, aunque preferimos la extraña variante del nombre que se le dio en el doblaje al español en la serie de televisión de Batman en 1966: la Gata Bela, la Gata Bella, la Gatúbela de nuestros sueños más profundos, que desde la infancia persisten todavía en la madurez.

Bob Kane, el creador de Batman para DC Comics (ver el número 22 de Ave Lamia, agosto de 2014), estaba integrando una prodigiosa galería de villanos excéntricos para enfrentarlos al Hombre Murciélago, quien asumió la defensa de las buenas conciencias burguesas de Gotham City. Y aunque Batman lograse vencer a un villano tras otro en cada nuevo número del comic, para que los inversionistas estuviesen tranquilos y la Bolsa especulase sin problemas, siempre surgían nuevos entes del mal, sólo que siempre eran hombres. Entonces se le ocurrió a Kane la modalidad de incluir a una mujer como fascinerosa, y ésta fue la Catwoman, una chica elástica y atlética, excelente combatiente cuerpo a cuerpo, obsesionada ella con el robo de joyas (“las felinas adoramos las piedras preciosas”, dijo alguna vez). Apareció por primera vez en el número 1 de “Batman”, en el verano de 1940, así que son ya 75 años del surgimiento del personaje.

De modo pues que las mujeres habían dejado de ser las personas más dulces que hubo nunca. Y es que eso era una falsa percepción, pues ellas siempre fueron villanas, y las grandes malditas del pasado más remoto lo atestiguan: Lilith, Jezabel, Semíramis, Cleopatra, Salomé, Medea, Medusa, Mesalina, la condesa Bathory, y mil más que se me escapan de la mente. Gatúbela es, no la culminación, sino una persistencia, de la maldad femenina. En contraste abierto con las heroínas que pugnaban por el bien en las páginas de los comics, como Wonder Woman, Batwoman, Supergirl y Batgirl. Catwoman, a lo largo de las décadas, persistió en no aceptar la sociedad capitalista defendida por el Murciélago y la policía de Gotham City.

Sin embargo, sólo los lectores de comics, que por lo general eran los niños, sabían de esa felina. Pero cuando Batman apareció en 1966 en su serie de televisión, entonces todo el mundo pudo percatarse de qué tan buena era la villana que luchaba contra el Dúo Dinámico, de cuán magnífica era esa mujer que estaba al lado del mal, la Gatúbela. Cierto, hubo otras villanas también contra Batman y Robin, como Marsha la Reina de los Diamantes, y la Viuda Negra (y más tarde Hiedra Venenosa), pero ninguna fue tan efectiva en su destreza, cinismo y ambición como Gatúbela.

La actriz Julie Newmar, que había ganado premios por ser la muñeca más preciosa, fue la encargada de encarnar por primera vez a la mujer gato. Fue tanto el impacto de la presencia y las maldades de la Newmar como Gatúbela en la pantalla de TV en aquel lejano 1966 de la primera temporada de la serie, que ya nunca pudo ser superada por las actrices que asumieron después el papel. Su imagen es refrescante, nos llena hasta lo más íntimo. Y por alguna razón de tiempo y de contrato, no fue posible que ella apareciera en la película que se hizo como complemento a la serie, “Batman y Robin”, de 1967, y su lugar fue ocupado por Lee Merryweather, que se parecía mucho a Julie, y no lo hizo tan mal, pero algo faltaba en ella. De todos modos volvimos a ver a la Newmar en la segunda temporada televisiva. En la mencionada película, que resultó muy inferior en calidad a la serie de TV, Gatúbela es en realidad Kitka, una espía soviética que tiene la mala intención de desestabilizar a la capitalista Gotham City para implantar aquí una república comunista. Batman no puede permitir eso, y logra destruir la conjura de todos los villanos. Y es que éstos (Gatúbela, Guasón, Acertijo y Pingüino) son en realidad agentes de la URSS, lo cual cuadra bien, no importa cuán descabellado, con la atmósfera de guerra fría todavía imperante en aquellos años de en medio de la década de los años sesenta; precisamente cuando el conflicto en Vietnam arreciaba con la intervención directa de las fuerzas armadas de la libertad y de la democracia, con todo su peso tecnológico y logístico en contra de los desarrapados guerrilleros rojos del Vietcong.

Julie Newmar ya no regresó para la tercera temporada en 1968, así que para suplirla fue contratada una excelente cantante de jazz, que no resultó ser muy apreciada, Eartha Kitt. No lo hizo mal, incluso lo hizo mejor de lo que se esperaba, pero el público no la aceptó, porque se quiere a la gata negra cuando es de cara blanca, no cuando la tiene negra. Y tampoco los patrocinadores estaban conformes, así que muchos de ellos, que procedían del racista sur estadounidense, retiraron su publicidad del programa, enojados por ese cambio que los ofendía en sus sentimientos. En ese año se acabó la serie.

Y no fue sino hasta 1992 con la película de Tim Burton “Batman returns”, que surgió otra vez Gatúbela , que aunque ahora sí era blanca no satisfizo tampoco, al menos no al que escribe este texto. Michel Pfeifer tuvo a su cargo el personaje de la felina, donde aparece como una tímida mujer a la que su jefe le hace bullying, tanto así que la tira por una ventana. Al caer, revive con un montón de gatos callejeros a su alrededor, y se convierte en la implacable mujer gato, pero carente del vigor y de la malicia que tanto la Newmar como la Kitt supieron darle al personaje. Y éste ya desde 1989 apareció en su propio comic, a lo largo de más de cincuenta y tantos números, así que en ese entonces era un gusto ir cada quincena al desaparecido Sanborns de Hamburgo y Niza, donde me encontraba yo a Carlos Fuentes desayunando, para adquirir mi ejemplar. Es en dicho comic donde se da a saber que el verdadero nombre de la Catwoman es Selina Keyle, una mujer atormentada por proceder de padres problemáticos, así que ya de mayor constantemente revive los traumas de su infancia. Los estadounidenses gustan de sensiblerías sicológicas (igual han hecho con Batman), pero lo único que nos importa es que Selina les da de comer todos los días a los muchos gatos callejeros que entran por su ventana, y también, por supuesto, la acción directa que emprende a puñetazos contra sus muchos enemigos. No nos interesa saber lo que siente hacia el Hombre Murciélago; se supone que lo ama y lo odia, y no sabe por qué, pero sufre, como en los poemas de Catulo.

Y para 2004 llegó otra película donde aparece Gatúbela como tal y no como secundaria, “Catwoman”, estelarizada por Halle Berry, quien a pesar del adiestramiento físico (pero no actoral) que recibió no pudo con el personaje. Pésimo vestuario, pésima actuación, en esta que era una gran oportunidad para darle más proyección a la felina; tanto así que la Berry recibió el premio a la peor actriz de ese año. Y en años recientes ha habido otra Gatúbela, esta vez con la muy conocida Anne Hathaway, pero debo reconocer que no la he visto. No creo que sea peor que lo que hicieron la Pfeifer y Berry, pero tampoco siento que supere a la Newmar y la Kitt. La verdad es que no tengo ganas de verla.
Mientras tanto, son los 75 años de la villana más invitada del mundo del comic y de la feminidad. De acuerdo a un registro de sus datos, tiene cabello negro, ojos azul verde, pesa 133 libras y mide 5 pies y siete pulgadas (me da pereza convertir el sistema inglés, cada quien hágalo por sí mismo), y le fascinan los trajes de gato color púrpura. Su título de honor es “Princesa del Robo”. He conocido a lo largo de mi vida muchas amigas que han querido ser como ella. No lo lograron, pero ¿quién podría? La Catwoman es una mujer que se burla del mundo, que se niega a la aceptación de éste, y por eso mismo mantiene en constante jaque a Batman y a Robin (el odio de este último a la mujer gato es ya legendario, por razones que todos conocemos). Sea que la veamos como la atribulada sicópata Selina Keyle, o como la bolchevique Kitka, ella aparece con frecuencia en nuestros mejores sueños, y ronronea sin cesar porque sabe que la queremos, que la apapachamos. Después de todo, hay siempre una gata en el destino de cada hombre; quizá dos. Y hay siempre una gata en cada mujer. Gata de garra y de guerra, quiero decir.

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