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Ciudad de México Año III Número XXXIV Agosto 2015

 

Toluca la bella
Tinta Rápida

La ciudad de Toluca, cuyo nombre provine de la voz náhuatl Tollocan, que significa “en donde está el Dios Tolo” o “cerro del Dios Tolo” (Dios del cuello torcido, deidad relacionada con la pesca y la agricultura), es una pequeña y ya no tan tranquila ciudad como antes, en donde he pasado grandes momentos desde muy tierna edad. Los recuerdos se arremolinan con tan sólo escuchar el nombre, y la memoria atesora con gran devoción las comidas en “la casa del callejón” con la tía Margarita, que cocinaba con la minuciosidad de las épocas pasadas en su bella estufa de leña. El arroz, el mole, los tamales de sal, las galletas de nata y los juegos infantiles en el pequeño huerto son recuerdos perennes, esos que dan estructura a mi abolengo, y por supuesto unidos a éstos, tampoco podrán ser olvidados los juegos en la casa de mi tío Miguel con mis primos y los primos de ellos.

Haciendo un poco de crónica, debo señalar que Toluca sustituyó a San Agustín de las Cuevas, hoy Tlalpan, como capital del Estado de México hasta el 16 de octubre de 1830, cuando todavía se le conocía como Toluca de San José. En 1861, por una iniciativa del congreso del Estado de México, fue que se decidió que todos los pueblos cabeceras de distrito llevasen el nombre de un héroe, así que se decidió honrar a Miguel Lerdo de Tejada, fallecido en aquél año, y a partir de entonces oficialmente se llama Toluca de Lerdo. Fue fundada el 19 de marzo de 1527 en lo que Rodolfo García llama “la azotea de la República Mexicana” por sus 2625 msnm en que está asentada.

Aunque lo más famoso de su gastronomía es el chorizo, vale la pena darse la vuelta por “La Miniatura”, un establecimiento que vende los famosos “moscos”, una bebida original toluqueña que nació en la década de 1920, cuando don Adolfo Almazán abrió una pequeña cantina en la que vendía licores de varios sabores, siendo el más tradicional el de naranja. Y debido a que los parroquianos que frecuentaban el establecimiento decían que este licor los había dejado “picados”, la bebida empezó a ser conocida como “los moscos”. Actualmente esa cantina es un establecimiento comercial que conserva el nombre y sólo se dedica a vender los “mosquitos”, que están disponibles en diversos tamaños y grados de contenido alcohólico: “A” para jóvenes, “AL” para damas, “ALM” para hombres y “ALMA” para suegras y gargantas aventureras por sus 54° GL. En su fachada “La Miniatura” muestra un letrero que a la letra dice: “Visitar Toluca y no llevar una botella de moscos equivale a ir a Acapulco y no bañarse en el mar”.

Cuando visito cualquier pueblo o ciudad, nunca dejo de visitar su iglesia, su plaza y su mercado, y en esta ciudad a la que he asistido desde muy pequeño, debo hacer mención de su catedral, la cual está construida en estilo neoclásico con ocho pares de columnas de orden corintio, sobre un templo edificado por los franciscanos para evangelizar el lugar a mediados del siglo XVI bajo el patronazgo de la Asunción de María. Fue para 1867, y debido a las malas condiciones en que se encontraba el templo franciscano y por el aumento de la población de Toluca, que se decide demolerlo e iniciar la construcción de uno nuevo basados en los planos del arquitecto Ramón Rodríguez Arangoitti. En realidad se retrasó mucho la construcción de la actual catedral y fue hasta 1951 cuando se retoman las obras bajo la dirección del arquitecto Vicente Mendiola Quezada, respetando el estilo original con tan sólo unas modificaciones. Cabe mencionar a Fray Buenaventura Merlín, quien fue el impulsor de las obras de la catedral, además del portal (conocido entonces por Merlín) en 1879, y al primer obispo de la Diócesis de Toluca, monseñor Arturo Vélez Martínez, quien impulsó la obra hasta su consagración el 11 de abril de 1978.

Los cambios porfiristas también llegaron a Toluca, la cual sufrió un cambio radical, por lo que se le conoció desde entonces como “Toluca la bella”. De hecho un viajero procedente de Europa en 1903, describió a Toluca como una ciudad limpia con bellos edificios de estilo europeo, calificándola a la altura de una ciudad de segundo orden del Viejo Continente. En esa época de florecimiento se construyeron nuevos edificios de estilo europeo (como dictaba la estética porfirista), tales como la Escuela Normal para Señoritas, que hoy se ostenta como uno de los edificios más representativos de la arquitectura porfirista (cuya edificación se inició un 25 de octubre de 1907).
Y qué decir de los añejos portales, construidos sobre lo que era la Calle del Maíz y en la hortaliza del convento franciscano, por iniciativa de don José María Arratia, y gracias a la donación de algunas personas acaudaladas para completar el total del costo de $164,700 pesos. Y tal como ya lo mencioné, posteriormente fray Buenaventura Merlín construyó el portal situado a un costado de la plaza del mercado.

Y como en realidad no soy un cronista de Toluca, casi terminaré este recorrido mencionando el jardín botánico del Cosmovitral, que se encuentra en lo que fuera el Mercado 16 de septiembre, cuyo inmueble comenzó a construirse el 22 de febrero de 1909, con el fin de conmemorar el centenario de la independencia de México. Esta obra le correspondió dirigirla al ingeniero Manuel Arratia con un estilo art noveau, siendo la compañía de Aceros Monterrey la encargada de elaborar el armazón metálico. Y fue en 1975, en que el mercado cerró las puertas para dar paso al magnífico jardín botánico engalanado con la magna obra del artista mexiquense Leopoldo Flores, un Cosmovitral cuya estructura metálica está conformada por 71 módulos. El diseño plástico de este monumental vitral es fruto de los sueños y realidades su autor, y es en sí una sucesión cromática y temática sin principio ni fin, cuya contemplación puede iniciarse en cualquiera de sus partes. Un grupo de 60 artesanos ejecutó la obra durante tres años en los talleres instalados ex profeso en Lerma, estado de México, que se inauguró el 5 de julio de 1980 y el plafón diez años después.
Ya casi llego a la casa de mis tíos, en la calle que lleva el nombre del periodista e historiador Aurelio J. Venegas, muy cerca del estadio de La Bombonera, donde juegan los siempre temidos “Diablos” de Toluca, referencia mefistofélica que es otro de los motivos de cariño por la ciudad. Pero antes de llegar a su casa, cruzo por la “Alameda Parque Cuauhtémoc”, nombre oficial de la alameda, donde se encuentra la “Fuente de las Musas” con más de cien años de existencia. Esta alameda fue construida entre 1822 y 1844 gracias al gobernador en turno don José María Arratia, y que según cuentan las crónicas, contaba con una caja armónica, una pajarera de alambre, hierro y madera, un invernadero, un local para la cría de venados, un invernadero y un lago donde podían verse cisnes negros, garzas, gansos y patos. Pero de paso he de deleitarme con una de las famosas nieves de “La presumida”, que nunca han bajado su calidad.

Y por fin al llegar a esa casa en donde los recuerdos fluyen, en donde no puedo omitir detalles en la memoria y en donde conocí a adultos tan afables como doña Bety y don Rafael, y donde tuve la dicha de conocer a los mejores compañeros de juegos y travesuras: a Ampa, Bety, Migue, Poncho, Rafa, Karina, y en donde siempre será grato llegar, para disfrutar de la plática de mi tío Miguel y el recuerdo vivo de la gran señora, mi tía Yola. Aquí he disfrutado a mi familia, pero también a la familia Castañeda que puede ser la mía por antonomasia. Porque si los lazos de sangre son fuertes, los de la memoria son indestructibles.

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