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Ciudad de México Año III Número XXXIV Agosto 2015

 

Tres fábulas
Luciano Pérez

1.- Un beso de amor no se le niega a nadie
La muchacha murió, en el entendido de que estaba dormida, de que sólo un beso de amor la resucitaría. Y en el entendido también de que un príncipe sería el encargado de besarla. Eso era lo tradicional, y nadie quiso cuestionarlo, así que jamás se pensó en que hubiera la posibilidad de que no necesariamente fuese un príncipe el que le diera ese beso. Sin embargo, los príncipes no tienen que ser para siempre, y en tiempos de modernización y secularización se han ido extinguiendo cada vez más y más, al igual que toda la aristocracia. Por lo tanto, el príncipe no llegaba, mejor dicho, nunca llegó; y el cadáver, bien conservado, de la chica seguía en su ataúd de cristal, al pie de la montaña de los enanos.

Y éstos, primero con timidez, y luego ya con enojo, comenzaron a preguntarse unos a otros qué pasaba con ese maldito príncipe que no venía a besar a la muerta para resucitarla. “¡Un beso de amor no se le niega a nadie!”, dijo con indignación uno de los enanos. Y si no había príncipe, entonces cualquiera podía intentar ese beso. Los siete hombrecillos decidieron recurrir a la suerte para definir quién le daría el beso de amor a la chica. Y como los últimos serán los primeros, de acuerdo a un viejo refrán, ganó el menos agraciado, es decir, el más tonto. Y a éste, sonriente, sin idea de lo que pasaba, se le guió hacia la muchacha para que le diese el beso.

El tonto empezó a darse cuenta de lo que se le pedía, así que se puso todo rojo de la pena, y expresó con sus limitadas palabras esto: “no sé, no sé”, y quiso huir de ahí cuanto antes. Los otros seis lo sujetaron, y a la fuerza le acercaron la cara a la de la muerta. Para mostrarle qué debía hacer, los enanos hacían ruido con sus bocas en imitación de un beso, para que el tonto lo hiciera. Pero él, desesperado, ya estaba siendo presa del pánico, y aulló con fuerza: “¡no sé, no sé!” Tantos gritos y movimientos despertaron a la muchacha, quien, al ver al enano tonto junto a ella, con las manos le tomó la cara, acercó la suya y le dio un gran beso en los labios. Ella dijo con ternura: “un beso de amor no se le niega a nadie”. Y cayó muerta, esta vez para siempre.

2.- Adonis y la Magdalena
Como cada Semana Santa, Adonis resucita, y la Magdalena, al verlo, lo confunde con el jardinero. “¡Deja de regar las plantas y dime dónde está mi Señor!”, le dice ella. Y él, todavía un poco mareado de haber vuelto, responde: “Yo soy el Señor, tal es mi nombre”. Magdalena, al oír eso, se arrodilla y llora, diciendo: “Si eres tú, ya no te vayas, no te vuelvas a morir”. Adonis contesta: “Eso no puede ser, porque si no muero de nuevo, ¿cómo podré vivir?” Magdalena nota que el hombre es demasiado bello para ser Xristos, y le dice: “Tú no puedes ser el que yo amo”. Adonis, ya más repuesto de la experiencia de la resurrección, dice: “Quizá no, pero ¿acaso no sabes que todas me aman? ¿Qué te hace diferente a ellas?” Magdalena se pone de pie y le contesta: “Si tú también sacas demonios, tal vez pueda yo amarte…” El joven, riendo, le dice: “Pero si los saco, ¿cómo las mujeres me amarán, si no tienen el diablo por dentro?”

3.- El niño de Antorcha
“¡Niño de Antorcha! ¡Que se nos devuelva la plata! ¿Adónde se fue que no tenemos nada?” Y el Niño, primero acomodándose el viejo sombrero y luego bebiendo agua de la muy usada cantimplora, se puso de pie para luego sentarse de nuevo en su silla casi hecha añicos, y dijo: “En primer lugar, no soy de Antorcha, sino de algo que parecer ser un barrio madrileño, Atocha. Y en segundo, la plata se les fue, es cierto, pero no es mi tarea cuidarla, sino ayudar a los que no tienen a quién acudir”.
“¡Niño de Antorcha! Por eso acudimos a ti. Si la plata de México, con haber sido tanta, no salvó al país, ¿quién o qué lo hará?” Y él, entre fatigado y molesto, contestó: “Repito que no me llamo de Antorcha. Y repito que nada tengo que ver con la plata. Que se esfumó, es cierto, se la llevaron los ladrones que viven en mansiones suntuosas, así que acudan a ellos, reclámenles, que les devuelvan todo”.
“¡Niño de Antorcha! Pero apóyanos, no seas apático. Te lo pedimos de verdad. Prometemos darte un sombrero nuevo, una mejor cantimplora, y una silla más sólida que esa que tienes toda cayéndose a pedazos. Cuando recuperemos la plata”. El niño, haciendo un signo de bendición con la mano, dijo: “Soy de Atocha, y no lo volveré a repetir. ¡Los bendigo a todos, y vayan a recuperar la plata que les han robado los de las mansiones suntuosas!”
“¡Niño de Antorcha! Te vas con nosotros, te llevamos con todo y silla a reclamar nuestra plata a los ladrones”. Él, preocupado, quiso oponerse: “¡No, no! No hay necesidad de que me lleven, mis bendiciones valen en cualquier sitio. ¡Me van a tirar de mi asiento! Y además, si los ladrones me ven con ustedes, me acusarán ante las autoridades y son capaces éstas de prohibir mi culto”.
“¡Niño de Antorcha! Si nos devuelven la plata, pagaremos a las autoridades cuanto sea necesario para que se te sigan ofreciendo oraciones y todo cuanto requieras como niño santo y bienaventurado”. El niño no creyó en eso: “Los ladrones son las autoridades, así que no le veo sentido a eso que proponen”.
“¡Niño de Antorcha! Te llevamos, y que al verte les dé miedo a los que se quedaron con nuestra plata. Que vean que Dios se les ha volteado”. Pero el Niño, pesimista, dijo: “Esa gente no le teme a nada, sólo les interesa la plata. Si me ven al lado de ustedes, dirán que Dios se quedó niño, que nunca creció ni maduró, y que fue por eso que los expulsé del templo. Una persona madura no hace eso, sino que lleva su queja por escrito ante la oficina correspondiente, y se sienta a esperar resultados”.
“¡Niño de Antorcha! ¡Nosotros somos esos resultados! ¡Vámonos ya!” Y armados de antorchas, se fueron todos hacia las mansiones suntuosas.

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