Reserva de Derechos
04-2013-030514223300-203

Ciudad de México Año III Número XXXV Septiembre 2015

 

El bebé perdido
Luciano Pérez

“Y perdí a mi bebé, y no sé adónde fue”, cantaba mi prima Martha mientras la filmaban los de la TV. Cantaba, al tiempo que tocaba el piano, esa canción macabra que le había abierto el camino hacia los hit parades del mundo entero. Con esa melodía conmovió a todos, y más que nada, y eran muchos, o más bien muchas, a quienes se encontraban en ese caso, el de perder a un bebé. Y esas muchas que veían por televisión a mi prima cantar, llorarían, muy emocionadas. Lo curioso del caso es que yo sabía que Martha nunca tuvo un bebé, mucho menos lo había perdido. O tal vez se refería a esa pérdida, la de no haberlo tenido. ¡Eso era! Y decidí hablar con ella a ese respecto.
Se lo pregunté pues, y ella me dijo que tal era el caso, en su caso. Pero que también era válido que si las que en efecto abortaron o se les murió el bebé cuando nació, se reconocieran en la canción. “Pero quien nunca concibió un bebé, como yo, es como si lo hubiese perdido”, remató, y comprendí perfectamente. Y me pregunté a mí mismo: ¿Dónde se van los bebés no nacidos? ¿Dónde se van los bebés que no pudieron siquiera ser engendrados? Es decir, aquellos que no pudieron ser concebidos, pero que de alguna manera pudieron llegar a ser, si un poco de suerte los hubiera ayudado. A este tipo de bebé se refería mi prima, y con su canción quería saber ella qué fue de él, dónde estaba, qué pasó.

Entonces me decidí a saber qué había sido de ese bebé. Después de todo, se trataba de mi sobrino. La cosa era saber adónde se fue. Aunque con conocimientos espiritistas por parte de la familia de mi madre, no quise utilizarlos, porque renuncié a esa religión desde hace mucho tiempo. Además de que nunca aprendí a dormirme, y mi prima, que lo era materna, tampoco. La que sí sabía, una tía nuestra, ya no estaba viva, y no había nadie que conociéramos a la mano. Es que todos renunciamos al espiritismo, no obstante que nos lo inculcaron, de tal manera que desde niños supimos que hablar con los muertos era de lo más natural. Pero hubo algo que me hizo notar que ese no era el camino: ese bebé no estaba vivo, y tampoco estaba muerto, así que sería inútil buscarlo en la nebulosa de los fallecidos.

Por lo tanto, el asunto no podía ser fácil. A menos que acudiese a lo imposible… Y lo imposible existe, así que me fui a caminar por el bosque, allá por Amecameca, donde habita mi amiga la bruja roja. Ella me diría dónde hallar a mi sobrino que nunca nació. Llegué a la casa casi en ruinas de la anciana, quien con su acostumbrada capa roja echada a la espalda me invitó a pasar. Al platicarle la cuestión se mostró sorprendida al querer yo buscar no un muerto ni un vivo sino todo lo contrario, a alguien que no llegó a ser. Me comentó: “Esto es peor que en Halloween, cuando todos quieren que se les aparezcan los muertos y a veces no hay manera, y por eso se disfrazan de hombres lobos, vampiros y esqueletos, para darse una idea de cómo podría ser”. A continuación se quedó callada un largo rato, mientras un brebaje verde hervía en el previsible caldero. No hay caldero sin bruja. No hay muerto que no haya sido vivo. Mas, ¿dónde está el ser de lo que no vive ni muere?

Finalmente habló mi amiga: “No hay más remedio que vayas al otro lado. Tú sabes dónde, donde están las cosas que no son y que son. El país de lo que es jamás y es nunca y es siempre. Ve allá, tú sabes, camina más adentro del bosque, ahí por donde andan los personajes conocidos: el lobo feroz que se casó con la abuela y fue feliz para siempre con cien nietas caperucitas; y también la esposa del pescador, aquella que no se conformó con ser Papa y Dios, sino que después quiso ser el propio pez que la había hecho tal y él muy enojado se negó y le dijo: ‘Mujer, sé Papa y sé Dios, pero a mí déjame en paz’. ¿Recuerdas?” Y se echó a reír, y yo hice lo mismo; le dejé una tableta grande de chocolate amargo marca Gato Negro, y continué mi camino. Sí, para encontrar algo hay que perderlo, y para hallarlo hay que buscarlo por donde probablemente no está. Sabiduría de cuentos de hadas, de la que no nos dicen nada cuando somos niños, y ya muy tarde la descubrimos. Pero no tan tarde como para que no sepamos actuar antes de que…

Basta ya de eso, así que caminé y caminé. Los árboles hablaban uno con otro, en su habitual lenguaje de madera sin cortar. Arroyos y ríos hervían de peces riéndose tal vez de mí. Hasta que llegué al palacio de… ¿la bella? ¿la bestia? ¿la reina de quién sabe cuándo? Toqué la puerta, se abrió al parecer sola y entré. Todos los palacios son iguales, así que no tendría sentido describirlo. En los tapices los unicornios copulaban con presuntas doncellas. Los fantasmas iban de un lado a otro sin tomarme en cuenta siquiera. Me llamó la atención que no hiciese acto de presencia la acostumbrada princesa encantada, dispuesta a irse con uno siempre y cuando se le rescate de la maldición que una bruja (¿la del planeta Karina? ¡no lo dudaría!) le lanzó. Recorrí lugar por lugar, y nada. Entonces un cuervo pasó volando cerca de mí gritando: “Nimmermehr!” Sí, el “¡nunca más!” tan famoso pero en otra lengua. Quizá este palacio o castillo era alemán. Como debe ser. Quedan algunos que ni rusos ni americanos alcanzaron a saquear. El cuervo regresó hacia mí para colocarse en mi hombro, lo cual me preocupó pues esas aves acostumbran sacarle los ojos a la gente. Nada encontré del bebé entonces. Decidí dar por concluida mi búsqueda, antes de que pudiera quedarme ciego por culpa del cuervo.

Busqué la salida, y el cuervo por fortuna se fue. Pero al llegar yo a la puerta, ante mis ojos apareció una doncella, cuya figura evocaba de inmediato su calidad de alto personaje de cuento de hadas. La princesa me habló así: “Sé lo que buscas. Yo tengo a tu sobrino”. Me asombró lo que dijo, y no me salieron palabras para contestarle, y ella continuó: “A mi cargo están todos aquellos que no pudieron llegar a ser, que sólo estuvieron en el pensamiento de sus posibles padres, o madres”. Entonces tuve que admitir que en la otra dimensión cualquier cosa es posible, incluso lo dicho por la muchacha, que era lo más extraordinario que había oído nunca. Y le dije: “Si es así, debe haber muchísimos bebés a tu cuidado”. La princesa respondió: “No son tantos. Sólo están los que han sido pensados fervientemente, con sinceridad de corazón, sólo por una única vez, pues sólo hay un bebé para cada quien. Y tu prima lo pensó así, y a su bebé lo tengo aquí. ¿Gustas conocerlo?” Le dije que sí, claro que me parecía maravilloso conocer a mi sobrino, incluso sin que su propia madre lo conociera.

La princesa me introdujo de nuevo al castillo, y estuve muy atento a que el cuervo no saliese por algún lado. Subí junto con ella las escaleras de mármol, y entramos a una habitación llena de papeles, acomodados como documentos de archivo en anaqueles en las paredes. Sacó una carpeta y me dijo: “Aquí tengo los datos de tu sobrino. Tiene una anotación que dice ‘pensado con anhelo por su madre y hecho obra de arte mediante una canción’. El bebé sólo puede ser conocido por su propia madre o padre, o por un pariente, y tú eres un tío, así que puedes verlo. Acompáñame”. Un tanto confundido y también temeroso seguí a la doncella, que me llevó a un jardín donde unas mujeres vestidas como enfermeras empujaban carreolas de bebé. Me dijo la princesa: “Estás a punto de conocer al bebé de tu prima Martha, que ella cree perdido y no es así, sino que se encuentra aquí, a salvo. Cuando regreses al otro mundo explícale cómo está la situación, y dile que todo va bien, que no hay nada de qué lamentarse”.

Me llevó hacia una enfermera que tenía una capa roja (¡como la de la bruja de Amecameca!), y le indicó: “Madre, he aquí al tío del bebé”. La señora, que no era ya joven, sólo sonrió y se hizo lentamente a un lado para que me asomase a la carreola. Entonces me entró un verdadero sentimiento de pánico, y preferí no ver a mi sobrino. Me di la vuelta y eché a correr hacia la salida, prefiriendo quedarme con la duda que enfrentarme a la verdad. Como miedoso y ridículo me tendrá, y con razón, la princesa, la cual no querrá nunca casarse conmigo. Pero, ¿cómo podía soportar yo ver cara a cara lo que nunca fue? Era demasiado, y volví a Mexicópolis, donde en todos los radios de la ciudad se escuchaba la canción exitosa de mi prima. Sin embargo, dado que yo no me atreví, ¿no sería posible que ella misma intentase ver a su propio bebé? La busqué para decírselo.

Le dije que yo sabía dónde estaba el bebé que perdió. “Nunca he tenido bebé, tú lo sabes”, me dijo, con sorpresa. Le expliqué la situación, de cómo más allá del bosque donde habita la bruja roja de Amecameca, se llega a otra dimensión de la vida y del tiempo, y que ahí en un palacio habita una princesa que está a cargo de los bebés que no fueron, que sólo se pensaron, admitiéndose sólo pensarse con fervor una única vez. “Allá es donde se fue tu bebé”, dije finalmente. Martha se quedó callada un largo momento, mirándome con incredulidad. Entonces pasó a decirme esto: “No debo ir. Porque si lo veo no sentiré que habré ganado al bebé, mi bebé, que se perdió. Es más, sé que aunque él esté ahí, en ese lugar que dices, de todos modos está perdido para mí. Porque, por lo que noto, nunca dejará de ser bebé, nunca crecerá, pues pensé en él hace cincuenta años”. Quedé asombrado. ¡Un bebé viejo! Por eso tampoco quise verlo, pues presentí el horror. Me fui a casa, pensando: ¿será que viven en tanto vive la madre, y después mueren? O tal vez no mueren nunca, y viven infinitamente en ese palacio como orfanatorio, casa de cuna/casa de tumba. Habría que preguntárselo a la princesa, pero ya no quiero volver a ese lugar. Ahora entiendo que el cuervo me quería sacar los ojos para que no viese al bebé, pero no lo hizo para darme la oportunidad de no verlo. ¿Tiene acaso sentido ver lo que no fue? Mi prima tiene razón, mejor no. Es su palabra de madre, que vale más que la mía. Por mi parte, no pienso en bebés ni lo haré nunca. Nadie quiere tener bebés que siguen como tales mientras uno envejece y muere. Peor todavía, bebés que quizá viven más que uno. Ya hay infinitos horrores como para agregar otro más.

Regresar