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Ciudad de México Año III Número XXXV Septiembre 2015

 

1945: el fin de la guerra
Luciano Pérez

La Segunda Guerra Mundial. Transcurría 1943, y en una casa de vecindad del centro de la ciudad de México un muchacho de trece años de edad escuchaba por radio, todos los días, los reportes de lo que estaba pasando en los frentes bélicos. El aparato era un Blaupunkt de manufactura alemana, tan bueno que incluso lograba captar la señal que desde Berlín llegaba en español, pese a que México estaba ya oficialmente en guerra contra el Reich. Y ese joven, que tiempo después llegaría a ser mi padre, oía emocionado y sin perder ningún detalle, lo que el locutor iba informando sobre la situación, en especial de lo que ocurría en el frente ruso.

Nombres como Kharkov, Kursk, Voronesh, Orel, resonaban en la imaginación de mi padre, quien años después, al rememorar eso conmigo, me iba descubriendo los avances y retrocesos del ejército alemán ante un cada vez más crecido enemigo ruso, el cual, luego de lo ocurrido en Stalingrado, ya no se detendría más en su afán de destruir al invasor. Día tras día siguió el muchacho las peripecias del conflicto que se desarrollaba en Europa, Asia y África, y dos años después, en 1945, ya con quince de edad se enroló como grumete en la Armada de México. Cuando lo hizo, ya Alemania se había rendido, en mayo de ese año, así que había la posibilidad de que mi padre fuese enviado a la guerra contra los japoneses, quienes se defendían todavía tenazmente en sus muchas islas, sobre todo en Okinawa, donde los marines yanquis sufrían un baño de sangre, pese a que las pérdidas niponas eran mayores dada la superioridad aérea estadounidense. Ya no fue necesario que mi padre participara, pues todo terminó en septiembre.
Hace setenta años tuvo fin una guerra que a tantos se nos ha quedado grabada en la mente, y que una y otra vez, en libros y películas, así como en fervientes conversaciones y juegos con parientes y amigos, hemos recreado. Cuando yo nací habían transcurrido apenas once años del fin de ese conflicto mundial, así que estaba muy presente en el pensamiento de muchas personas. Es, en lo personal, el acontecimiento histórico que más me ha impactado e influido. Y, por supuesto, sus consecuencias están a la vista en la vida de todos nosotros, aunque ya nuevas generaciones no tienen idea de lo ocurrido en aquellos terribles días.

La Segunda Guerra inició el primero de septiembre de 1939 con la invasión alemana a Polonia, y el cómo y el porqué de todo eso nos lo saltamos, para ir directo al final, en ese 1945 tan triste y desolador, que dio principio desde enero negro con la total ofensiva soviética para acabar con Alemania, ya en el territorio de ésta. El Reich estaba siendo aplastado desde dos frentes, el del este que acabamos de mencionar, y el del oeste con los angloamericanos en avance hacia el río Rhin, una vez frenado el reciente y fracasado ataque alemán en las Ardenas (además de que en el sur, en Italia, también los germanos se retiraban ante el empuje aliado).

Durante febrero y marzo se fue derrumbando la resistencia alemana, con los rusos ya a las puertas de Berlín y de Viena, luego de tomar éstos la Prusia Oriental y Silesia, liberar Polonia e incursionar en los Balcanes. Y por el otro lado, los ingleses llegaron hasta Hamburgo, y los estadounidenses entraban en Turingia y Baviera. Las principales ciudades alemanas estaban en ruinas, y la única que se mantenía intacta, Dresde, fue bombardeada con fósforo por la aviación británica, en los días del Carnaval, provocando más de 150 mil víctimas civiles. Los Aliados descubrieron, a lo largo de su avance, el testimonio más crudo de una crueldad innecesaria: los campos de concentración, donde millones de judíos fueron masacrados en aras de un programa “racional” de “limpieza racial”, una mancha en la conciencia alemana que hasta la fecha no ha podido borrarse. A fines de abril, una vez suicidado Hitler, cayó Berlín, y el 7 de mayo las fuerzas armadas alemanas se rindieron sin condiciones. El Tercer Reich que duraría mil años, tan sólo vivió doce.

Aún quedaba el Japón. En Iwo Jima, en Okinawa, en todos lados, los japoneses se defendían con fiereza, y el presidente de los Estados Unidos, Harry Truman, sabía que la invasión de la isla japonesa sería muy costosa en vidas estadounidenses, a menos que tomase la decisión radical de utilizar un arma secreta de la que aún no se sabía qué tan devastadora podía ser: la bomba atómica. Y es que los nipones estaban dispuestos a defenderse hasta lo último, sin importarles el elevado número de bajas que tuvieran, y fue así que el 8 de agosto la ciudad de Hiroshima fue atacada con la nueva bomba, y un día después Nagasaki. Los efectos de esos dos bombardeos fueron espantosos, algo nunca visto en ninguna guerra. Aún así, muchos militares japoneses se empeñaron en continuar con la guerra, sólo que el emperador Hirohito se sintió tan profundamente conmovido por las destrucciones, que diez días después de los ataque atómicos ordenó que el Japón cesase las hostilidades. Además, los rusos atacaban en Manchuria, lo cual hacía más penosa la situación japonesa. Como le ocurrió a Alemania, el Japón era acorralado por todos lados.

El 2 de septiembre de 1945 se efectuó la ceremonia oficial de la rendición incondicional japonesa, a bordo del acorazado estadounidense “Missouri”, en plena bahía de Tokio, con la presencia del comandante de las fuerzas yanquis, el general Douglas MacArthur, muy motivado por su reciente y exitosa liberación de las Filipinas (donde había prometido volver), y los representantes del emperador del Japón, el diplomático Mamoru Shigemitsu (vestido con elegancia, incluyendo sombrero de copa, y una pierna de palo que lo hacía cojear) y el general Yoshijiro Umezu, que representaba al ejército japonés.

Concluyó así una tragedia universal que tantas amargas lecciones dejó. Alemania y Japón pasaron a ser países ocupados por los Aliados, con un mínimo de subsistencia, con muchos civiles desamparados, y muchos soldados sufriendo penalidades en los campos de prisioneros. Se pensó que esas dos naciones no se levantarían jamás de la devastación en la que estaban postradas, pero sus ciudadanos demostraron en los siguientes años de la posguerra que con esfuerzo y disciplina era posible salir de tan amarga condición. Tanto así, que décadas después alemanes y japoneses prosperaron y se enriquecieron, superando a los propios Estados Unidos y a la Unión Soviética en cuanto a poder económico.

Y aquel muchacho que mencionábamos al principio y que llegó a ser mi padre, ya bien afianzado años después en su carrera militar que lo llevaría hasta el grado de capitán en la marina de guerra (murió a los cuarenta años de edad), no dejó de platicarme todos los días acerca de lo ocurrido en esa guerra que no se olvida, que se mantiene en el recuerdo, que aparece una y otra vez en sueños y en textos; y que yo, sin haberla vivido, siento como si siempre ahí hubiera estado.

Y a pesar de las muchas guerras que han ocurrido desde ese 1945, nunca hubo otra de la magnitud universal de la que concluyó hace setenta años, que dio paso a la Guerra Fría, época ésta en que predominó el miedo a un desastre nuclear que acabaría de una vez por todas con la vida en el planeta Tierra, con esa rivalidad entre los Estados Unidos y la Unión Soviética que, sin embargo, no llegó a mayores; aunque hubo momentos difíciles como la crisis cubana de 1962, cuando, sin que el mundo se enterase, la Tercera Guerra ya se había iniciado en Alaska con aviones rusos y yanquis combatiendo, sólo que el presidente John F. Kennedy y el premier Nikita Kruschev ordenaron a sus mandos militares cesar el conflicto que iniciaba. Quizá hoy ya no habría nadie que contase lo qué pasó en esa Guerra Fría, mucho menos en la Segunda Guerra.

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