Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año III Número XXXV Septiembre 2015

 

Hace diez lustros…
Tinta Rápida

“¿Triunfador?, que va, si acaso
merezco el mote de sobreviviente…”

José Luis Barrera

Hace diez lustros, en la Ciudad de México, a eso de medio día de un 10 de septiembre, estaba naciendo un niño con demasiados problemas de salud. De hecho ya la misma circunstancia de sobrevivir como un niño prematuro fue su primer triunfo en este mundo (y digo en este mundo no por mero cliché literario, sino porque hay la posibilidad de que sea un extraterrestre, y ya explicaré por qué). La precaria salud hizo que sus padres lo bautizaran en el propio hospital (entonces de Hacienda) de los rumbos de Tacuba. El mismo doctor que lo trajo al mundo fue su padrino, para no retrasar más este asunto ya que corría el riesgo de “morir en el intento”. Muchos dirán que ese chamaco estaba destinado a ser un triunfador, ya que su fuerza de voluntad lo hizo vencer a la muerte. Algunas otras personas se preguntarán ¿dónde está ese niño?¿qué se hizo de él?¿en qué universidad privada está dando cursos de motivación a través de su experiencia de vida? Debo decir –brincándome en este momento demasiados detalles– que sobrevivió y sigue en pie, pero no da cursos de motivación porque no cree en ellos, dado que concibe que es como inflar la autoestima como un globo, el cual pronto con el más mínimo alfiler tronará en definitiva.

Ese chamaco, al que si yo hubiera estado cerca de él al momento de su nacimiento le hubiera recomendado no quedarse en este mundo de locos, es, como ya lo anuncié, probablemente un extraterrestre venido a la tierra en ese año en que se presentaron por oleadas los llamados Objetos Voladores No Identificados OVNIS, y que presumiblemente venían del espacio exterior (v. http://www.avelamia.com/201507_1965.htm). Tal vez por eso no murió, porque tenía que sobrevivir para ser testigo de la experiencia humana. Esta tesis se basa en el hecho que de julio a septiembre, mes del nacimiento del pequeño sobreviviente, se presentaron los OVNIS justamente por las cercanías del aeropuerto en donde hasta el día de hoy vive. Créanlo o no, la probabilidad de un “Espíritu Santo” extraterrestre, está como dato curioso basado en la ufología.

Pero basta de suposiciones curiosas, y ya no pregunten en dónde está ese triunfador, ese terco chamaco que no quiso irse sin conocer el mundo que por casi nueve meses esperó ansioso por descubrir. Ese chamaco que en 1965 luchó por su vida, está frente a una hoja de papel escribiendo lo que ustedes están leyendo. Con sus triunfos, pero también con sus derrotas guardadas en la alforja infinita de la memoria. Entendiendo que esa lucha que emprendió al nacer no iba a ser la única y que no en todas iba a salir vencedor. A veces preguntándose si valió la pena haber luchado desde pequeño y a veces agradeciendo el milagro de la vida. Mil veces golpeado y mil veces levantado, mil veces derrotado y no con mil, pero si con suficientes victorias para contar. Aquel chamaco ahora está con medio siglo a cuestas, con infinidad de descubrimientos y aprendizajes por encontrar en su camino. Sabiendo que aún le falta lidiar con muchas derrotas más para poder disfrutar con intensidad los momentos de celebrar las victorias.

Debo decir que en cincuenta años, por supuesto que se ha topado con la abyección humana, con las traiciones y golpes bajos, con la envidia y el rencor. A partir de ahí se concibió como un misántropo consumado, ya que desde muy joven fue descubriendo el lado oscuro de la naturaleza humana. Y fue haciéndose cauteloso –que no es lo mismo que miedoso–. Aprendió a defenderse y a sobrevivir a las agresiones cotidianas que el hombre tiene reservadas para el hombre. Y sucumbió ante unos bellos ojos azules de una mujer en su tierna edad, y comenzó a ser precoz en sus apetencias sexuales, y sufrió los castigos e incomprensión de la gente al ser capaz de explayarse en los terrenos del placer. Se topó con la iglesia y con sus padres que lo hicieron sentirse un hedonista culpabilizado.

Con los recuerdos que se agolpan en su memoria de manera instantánea, concibe una infancia por completo feliz; sin embargo, haciendo recuento detallado de esa misma etapa se percata de muchos pasajes que de niño le fueron creando traumas, desde la propia incomprensión de su prematuro hedonismo, hasta el toparse con la ignominia de su maestra de quinto grado de primaria y de sus propios compañeros haciendo comparsa de las agresiones de la profesora en cuestión. La infancia, tal vez por lejana, tiene ese don de ser idealizada, pero recordando los detalles, recuerda muchos momentos nada festivos y sí muy traumáticos. Primos mayores que lo descalificaban, y un número grande de familiares que de igual manera no eran “santos de su devoción”. Ya desde niño sufrió de agresiones de parte de las féminas de su edad, que no por jóvenes eran más tiernas, sino todo lo contrario, mucho más sanguinarias –amén de las ya mencionadas por su maestra–. A contra parte de esos malos momentos, en el tiempo que la inocencia todavía tenía cabida en su existencia, disfrutó a más no poder los juegos infantiles, los Halloween, las Navidades y los Días de Reyes. Y por supuesto aprovechó bastante bien la protección y cariño de sus padres.

Claro está que al acceder a la terrible adolescencia (tanto para el adolescente como para quienes lo rodean) comenzó entonces aquella idealización de una infancia no tan ideal. Comienzan las pírricas victorias en los terrenos del amor y las temibles derrotas sufridas por el desamor. Comienza la transformación de niño a adulto, a tener que dejar las faldas de la madre para incursionar en las faldas de otras mujeres más jóvenes y a la par desconocidas (cuando en su mundo infantil sólo se preocupaba por las personas conocidas). Comienzan los fuertes “achuchones” al aprender a torear la vida –apenas con erales– y se deja de llorar por el pollito que se murió, porque la vida misma le fue enseñando a no desperdiciar sus lágrimas ante cualquier pérdida, porque éstas han de llegar a montones.

Y bueno, después a ser adulto, a tomar la alternativa en el ruedo de la vida y prestar mucha atención, porque los “cincoañeros” meten cornadas que pueden ser mortales. A aprender a valerse por sí mismo, y a endurecer el carácter para que los avatares no se lo lleven entre las patas. Entonces, como “todo tiempo pasado fue mejor”, de sus primeros años se van esfumando en definitiva los malos momentos y queda sólo la parte lúdica con sus hermanos y sus primos y por supuesto la parte protectora de sus padres. Estos últimos van a morir muy pronto y comprenderá que la orfandad se sufre a cualquier edad, y comprenderá a los adultos que antes tanto criticaba y se pondrá el disfraz de gente madura para dictar cátedras de vida, para guiar a los sobrinos (ya que los hijos nunca estuvieron en su plan de vida). Una vez que pierda a su madre, comenzará el periodo de reconciliación con el padre, para que una vez resarcidos los rencores se vaya él también a la otra dimensión. Y ahora sí, a estar sólo y su alma contra el mundo, a enfrentar las pérdidas sin la protección paterna, a lamentar (porque ya quedó estigmatizado para no llorar) la pérdida de la pareja con la que parecía romper su celibato rayano en obsesión.

En esta fase de su vida, ya sin protección y con la consigna de trazarse un destino, ha pasado por muchos aspectos de los cuales cualquier otra persona se arrepentiría: fue un “calavera” bajo la falda de una mesera que le brindaba casa, vestido y sustento mientras estuviera siempre dispuesto a satisfacerla y cubrir una apariencia de esposo amoroso. Y ya que pudo librarse de influjo de la “hechicera vaginomántica” (término acuñado para ella en su libro Memorias dipsómanas), de nuevo a buscar el entorno femenino para volverlo a perder (como es natural) y no volverlo a buscar, al menos hasta hoy. Por otra parte, lo que no pudo hacer en la adolescencia y mucho menos en la infancia, ahora de adulto es posible porque hoy él crea su propia moral. Ya puede librarse de los atávicos conceptos, básicamente de la madre y de la Iglesia, y con ello logra explorar terrenos vetados por la “gente decente”, y ahora sí vuelve a pisar el terreno del hedonismo, pero ya sin la culpabilidad. Y con ayuda de una artista amiga suya, logra vencer por completo el tabú de la sensualidad. Y ya casi con cincuenta años encima, y pese a las recientes traiciones que tanto lo han golpeado a lo largo de su vida, se encuentra consigo mismo gracias a las apariencias que ha ido aprendiendo a soltar a través de la vida y de las derrotas.

A sus cincuenta años, aquel chamaco que luchó contra la muerte se encuentra “vivito y coleando” y más valiente en todos los sentidos, y muy comprometido consigo mismo, tanto más porque la misantropía ya no la ha de soltar, porque a través de ella se ha podido conocer de manera sincera, en el lado luminoso y el lado oscuro que todos tenemos. Ese chamaco está aquí demostrando lo que es y lo que ha sido, y sufriendo lo que viene y vendrá, esperando que del fondo de la caja de Pandora que muchas veces se ha abierto ante él, nunca se escape la esperanza, porque entonces, ya no quedaría nada.

Y pese a su estigma de no llorar, ese chamaco que hace cincuenta años lloró por primera vez, hace no mucho volvió a llorar, y aunque fue de rabia por otra nueva traición, a fin de cuentas fue llanto, y eso ya es ganancia en ese otrora chamaco.
Ese chamaco que hace cincuenta años venció a la muerte, y que a veces piensa que es triunfador y en otras que es un fracasado, no tiene otra que seguir forjando su camino, y dejar suficiente tinta en el tintero para que en el destino final anote en sus memorias si fue triunfador o fracasado (aunque él ya sabe la respuesta).
Y si alguien, cuando muera, lo ve volar, no piense que va al cielo, tal vez se lo estén llevando sus padres extraterrestres para recuperar información valiosa de este mundo con sus locos habitantes.

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