Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año III Número XXXV Septiembre 2015

 

Esa mi libertad de escribir tan mía
Adán Echeverría

Para Lalo
"No pidas la muerte de ningún ser humano", me gritaba al oído, con la firme esperanza de ser escuchado. Con la idea preclara de que yo me iría a dormir, y que sus ojos me perseguirían como los de la mujer anciana en la película de Pepe El Toro.

Aquello de las restricciones en el pensamiento no tiene otro afán más que acallar la libertad del pensamiento, y uno tiene que reírse hasta el dolor y decir: Claro que pediré la muerte de Lorenzo Córdova, faltaba más.
Hace unos años, aquella comunicadora que quisieron acallar por un torpe uso de marcas sin permiso, entrevistaba a los abogados que querían meter a la cárcel al conserje de Yale, aquel que fuera presidente de México de apellido con Z, y que tiene toda la responsabilidad respecto a la matanza de "indígenas" en el sureste de México. No se consiguió. El Partido Verde que quiere regodearse con la Pena de Muerte, en un país de tal corrupción, donde los partidos políticos similares y conexos no tendrán empacho en escabecharse al 50 más uno de la población que se les cruce y se les oponga en sus búsquedas de poder y economía. Qué habría que decirle a los familiares de aquellos que murieron en la maratón de Boston y que fue por siempre oscurecido por el atentado ¿acaso no se le ha condenado a muerte? ¿acaso no había gente pidiendo que se le matara?

En un país donde las armas pasan de mano en mano, como paletas para infantes, donde los niños de las secundarias tienen como sus grandes héroes a los personajes del Crimen Organizado, cuando la ley señala enfáticamente que toda arma debe estar registrada por la Secretaría de la Defensa Nacional, lo cual hace responsable a los partidos políticos, los gobiernos de permitir la entrada de armas y que lleguen a donde tengan que llegar; el que se lleva se aguanta.
Seguro estoy que si yo me pusiera a hablar de la misma forma en que el Lorenzo Córdova lo hace de las etnias, si me pusiera a hablar así de su madre, de su hija, de cómo nos cogeríamos a sus hermanas, tías, y a sus hijos todos, seguro estoy que el flamante presidente del INE pediría mi muerte, pero él sí tendría el dinero para mandar asesinarme, y de seguro también las armas.

Lo triste del asunto es que uno siga sin querer darse cuenta que nosotros los de a pie, no estamos en la vista de los funcionarios de alto rango, sus instituciones y los partidos políticos que las regentean, que si lo desean nos alejarían como se aleja a las moscas, que vivimos de sus restos, por más esfuerzos intelectuales que queramos presumir.
Nuestras palabras no son escuchadas ni les mueve el pelo del culo. Lo real está en que solo son las armas las que de vez en cuando los espanta. La muerte de algunos candidatos en manos del "Crimen Organizado", al cual se le achaca la culpa de toda cosa, pero no hay mejor crimen que el que está organizado como Partido Político.
Desear la muerte de alguien solo puede ser juzgado como escandaloso dentro del ámbito de la moralidad occidental como un indicio de empoderamiento. Los del verde pueden pedir la Pena de Muerte, nosotros los de abajo NO podemos pedir ¡Has patria, mata un diputado!

Nosotros los de abajo no podemos pedir justicia en un país donde el hijo de un gobernador corrupto que se reunía con sicarios sale libre pagando 7 mil pesos. Donde un juez exonera al ex gobernador de Tabasco. Donde un ex jefe del gobierno capitalino acepta una suplencia plurinominal para esconderse en el fuero y no responder de las acusaciones de la fallida línea del metro.
No. Para algunos pedir la muerte de alguien está mal porque se trata del quién la pide y no de lo que se pide, no de lo que se escribe. Yo no tengo armas, mi hermano, ni los contactos que puedan meterme para quedar de frente a Lorenzo Córdova y meterle un balazo por imbécil.

Pero si los señores sicarios se la pasan matando a sueldo en Acteal, matando en Iguala, matando en Chihuahua, en Tamaulipas, descabezando en Yucatán, por dios, háganse un favor y en vez de cobrar unos pocos varos para matar a uno de nosotros, mátenlos a ellos y repártanse el dinero que les logren quitar entre ustedes.
Escribir no me hace asesino, mucho menos actor intelectual de un asesinato, mi querido compañero. Hay que abrir un poquito los ojos, nada más un poquito.

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