Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año III Número XXXV Septiembre 2015

 

Mexicanos felices
Tinta Rápida

De acuerdo con el Reporte Mundial de la Felicidad 2013 de la ONU, México se encuentra en el lugar 16 (uno arriba de los Estados Unidos) de 156 naciones consideradas en esta medición. Lo que de inicio suena a burla con tanta chingadera que los políticos le hacen a los mexicanos. Aunque después de reflexionar, suena lógico si pensamos que en los mexicanos el “valemadrismo” es casi una doctrina.

Desde mucho tiempo atrás, los mexicanos nos sentimos satisfechos con tan sólo hacer mofa de la clase política, y en los tiempos modernos los “memes” en las redes sociales nos ayudan a sacar la frustración de ver cómo pasan por encima de nosotros sin miramientos. Los mexicanos tenemos a “flor de piel” el chascarrillo oportuno; ya sea esperando una hora para abordar el metro, en los velorios, ante la falta de dinero y hasta en las tragedias.

Un par de eventos ocurridos entre el 19 de noviembre de 1984 y el 19 de septiembre de 1985, fueron motivo del humor negro tan cultivado entre los mexicanos: primero la explosión de una gasera en San Juan Ixhuatepec, Estado de México, y 10 meses después el terremoto que sacudió de forma brutal a la Ciudad de México. No pasó mucho tiempo para que comenzara a difundirse una serie de bromas

– ¿Sabías que en San Juanico tuvieron un reventón y en el D.F. una movida?
– Sí, en San Juanico dieron de comer carne asada y en el D.F. carne tártara.

Y muchos sucesos no han pasado desapercibidos por parte de la malicia de los mexicanos, quienes sin ambages dejan aflorar el “chistorete” de manera oportuna (y hasta inoportuna).
Los mexicanos nos reímos hasta de la desgracia: nos burlamos de nuestra situación económica, de los políticos y de nuestros vicios. Cuando se trata de ser gracioso, los mexicanos no esperamos a revisar los manuales de buenos modales, y vamos a burlarnos de cuanta persona y cuanto suceso se nos ponga enfrente. Con tal de hacer reír, los mexicanos adoptamos la modalidad del apodo como muestra de su ingenio, y utilizamos el albur, y sus finos requiebros sexuales, para molestar a unos y hacer carcajear a otros.

Pero también ese celebrado ingenio mexicano tiene sus consecuencias nefastas, ya que una vez que nos hemos burlado de la situación, viene el conformismo. Para qué levantar la voz, si ya nos desquitamos con el chascarrillo al político, si ya descargamos nuestra frustración burlándonos de nosotros mismos. Entonces llega el “valemadrismo”, en donde todo lo que es motivo de molestia pasó por el filtro del “ya ni modo”, el “no queda de otra” y el “ya qué”.
Y los poderes políticos y fácticos de México se dan cuenta de ese conformismo y distraen nuestra atención con pírricas victorias de un deporte francamente mediocre, con programas de televisión de ínfima calidad y con mil y un creencias divinas. En realidad no se esfuerzan mucho para tenernos quietos y silenciados. Y los mexicanos correspondemos a esa mediocre oferta de diversión, recordando más un penalti en el mundial que 43 estudiantes desaparecidos en Ayotzinapa, o 22 civiles muertos en Tlatlaya. Y parece que en contraparte del “2 de octubre no se olvida”, los muchos aficionados al futbol dicen que el “29 de junio no se olvida”, y con ello la declaración de heroicidad del derrotado (otra doctrina muy arraigada en la historia mexicana: la derrota como héroe nacional).

Y entonces los noticiarios de la televisión comercial se encargan de seguir atizándole al fuego de las noticias fatuas y sin sentido. Noticieros que mantengan entretenido al televidente, evitando hacerlos ciudadanos incómodos a los gobernantes y a las grandes corporaciones. Las novelas para las mujeres y el futbol para los hombres, ambos lo más mediocres posibles para ir midiendo su nivel de conformismo. Y entonces, los mexicanos somos felices con una novela repetitiva y llena de clichés a la mediocridad y con un equipo que “juega como nunca, pero pierde como siempre”.
El hartazgo de los mexicanos aún no incomoda a los gobernantes ni a los empresarios que siguen cobrando como si la población fuera de primer mundo. Las quejas terminan siempre acalladas, siempre se termina cansando a quienes se atreven a protestar en algún momento, y que tarde o temprano terminarán enojados, hartos e impotentes detrás de una computadora copiando en su biografía los “estados” de otras personas que siguen en pie de lucha, o tan sólo los memes que otros hacen para desquitarnos. Hasta ahí llegamos.

En México se es feliz porque se evitan los temas que nos molesten de manera profunda. Las pláticas de café rondan más en noticias deportivas y de la farándula que en noticias que realmente nos afecten en nuestra vida diaria. Porque es más fácil hablar de las tonterías de Laura Bozzo, que de la privatización inminente del agua, y es mejor esperar que las Chivas repunten a que la economía familiar haga lo mismo. Y por supuesto a cualquiera de los tópicos mencionados sobrevendrá la burla, el chiste con saña y sin ambages.

No llega a trascender la molestia que se manifiesta con el compañero de trabajo, con el vecino o el compadre. No trasciende porque las quejas quedan en el metro, la oficina o la cantina. Y todos nos quejamos de nuestra situación, pero llegamos por la noche a escuchar y asimilar las noticias de la televisión que dice que un pequeño grupo de inadaptados tomaron las calles para protestar.
Así es y así ha sido, de siempre los mexicanos hemos tenido algo divertido que decir cuando la situación nos aprieta:

– Sólo borracho y dormido se me olvida lo jodido.
El refrán, cada vez más perdido, y el albur son una muestra del ingenio del pueblo mexicano, salido de boca del oprimido para darle rienda suelta a sus más bajos instintos y a una realidad alterna que nos evite caer en profunda depresión, para no amargarse la vida con tanta chingadera:
– Pa' qué quiero más agruras, si con mi mole me basta.

Nada como el ingenio de los mexicanos, pero nada también como el conformismo de los mismos, que nos hemos vuelto quejumbrosos en lugar de quejosos. Que preferimos ponernos la camiseta de un equipo que está lejos de ser de primer nivel, o tomar “moralejas del conformismo” que nos dictan las telenovelas. Que aceptamos que no somos triunfadores porque nuestro deporte mediocre nos lo hace creer, y los medios se encargan de subrayar las “heroicas derrotas” como si no nos mereciéramos más (perdimos, pero en calidad de perdedores con hacerlo con dignidad nos basta). Y luego a creer la historia de la pobre muchacha que conquistó al “junior” de la clase alta, y que el “dinero no da la felicidad”, y justamente quien nos lo dice es el actor que tiene casa en Las Lomas y ronda los círculos de la “high society”.
Y entonces ¿por qué los mexicanos estamos entre las sociedades más felices”? Pues porque el “valemadrismo” es nuestra terapia, y los medios de comunicación nos han hecho acostumbrarnos a tener poco, para ser felices. Así las cosas, celebremos, festejemos (que se nos da fácil) que somos un país feliz aunque no haya razones para serlo.

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