Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año III Número XXXV Septiembre 2015

 

El terremoto del 85, memorias a 30 años
José Luis Barrera

Eran las 7:17 del jueves 19 de septiembre de 1985. Yo recién había cumplido mis veinte años y me encontraba por terminar el CCH, y como yo era del tercer turno, a esas horas aún no me despertaba. De hecho dormía yo profundamente en el momento en que entraron a mi cuarto mis hermanos muy espantados y diciendo que me saliera de inmediato, lo cual no hice; primero porque aún no me despertaba del todo, y segundo porque me encontraba en calzoncillos y no quería salir frente a mí madre casi desnudo. Sólo recuerdo que en cuanto desperté por completo, vi cómo la guitarra que colgaba de la pared de mi cuarto se balanceaba con violencia y el golpe con la pared era muy fuerte. Como nunca antes veía la puerta, que habían dejado abierta mis hermanos, cerrarse y abrirse de manera intempestiva. La verdad es que para quien habita en el D.F. los temblores son cosas muy naturales, y si bien en aquella mañana sentí un sacudimiento fuera de lo normal, hasta ese momento, para mí no dejaba de ser un temblor fuerte y nada más.

Una vez pasado el movimiento telúrico y habiendo comprobado que la casa se encontraba en buenas condiciones, tomé el Rambler guinda de mi padre y salí a ver las calles aledañas a mi casa y regresé tranquilizado de que nada había pasado. Y como el servicio de luz y de teléfono se habían cortado, nos encontrábamos aislados, hasta que se nos ocurrió la idea de prender el radio del auto de mi padre y escuchar los noticias, y ya sintonizando la “W” comenzamos a escuchar la muy mencionada narración de los hechos de Jacobo Zabludovsky, a quien de siempre le tuve gran desconfianza y tomé como amarillista su información, porque hasta ese momento no tenía yo conciencia de lo que estaba ocurriendo en la ciudad. Pero ya por la tarde, comenzó a llegar la señal y a fluir la información en las televisoras, viendo con tristeza que lo que había narrado por radio Zabludovsky era verdad: que la Ciudad de México había sufrido su peor colapso, y que muchos edificios con personas adentro se habían desplomado de manera automática.

Por la televisión no pasaban más que devastación. Se veía una cantidad preocupante de edificios colapsados por el movimiento de 8.1 en la escala de Mercalli, y la información que daba la autoridad, como siempre sucede, no coincidía con lo que estábamos viendo. Las escenas se sucedían una tras otra, y sólo se veían escombros. Una secuencia de destrucción que comparábamos con las escenas de guerra en el cine. Sólo recuerdo que al ver los hechos por televisión y corroborar la movilización civil que se estaba dando para brindar apoyo, mi hermano y yo decidimos lanzarnos a formar una cuadrilla, que originalmente era para juntar y llevar víveres, y que ya llegados a la muy peligrosa calle de San Antonio Tomatlán, nos topamos con la gente que había salido con vida pero que había perdido sus casas, una zona llena de casas de campaña improvisadas con telas, cartones y plásticos, donde una gran cantidad de familias se encontraban viviendo. Lo primero que recuerdo que nos pusieron a hacer en la cuadrilla a la que de inmediato nos integramos, y que comandaba un gran líder del que sólo recuerdo que se llamaba “Pepe”, fue ayudar a desalojar un convento de monjas de esa misma calle. Sacar muebles pesados, incluido un piano, fue una labor que muchos de los que nos habíamos reunido en mi colonia para brindar apoyo no les agradó, y queriendo ser héroes se fueron a las zonas en donde había personas enterradas en los escombros. Mi hermano, un amigo y yo, nos quedamos, entendiendo que estas personas también requerían de ayuda y que la heroicidad nada tenía que ver con a quién ayudabas, sino que mi ciudad y mi gente necesitaban ayuda y se las íbamos a brindar.

En ese grupo nos correspondía ayudar a descargar, acomodar y racionalizar los víveres que iban llegando de un sinnúmero de personas cuya buena voluntad se había activado. Recuerdo camiones y autos particulares que llegaban con despensas, medicamentos, ropa y cobijas. Me llamaba la atención que de diferentes niveles sociales se daban cita, e incluso unos muchachos de la “Ibero” nos llevaron en un automóvil último modelo un cantidad muy grande de despensas (algo que en ningún otro momento se hubiera visto). Por otra parte se nos encomendó hacer patrullajes e identificar edificios que corrieran riesgo y desalojar a sus habitantes para conminarlos a ir al albergue que se había instalado en una bodega, hasta que se comprobara que no corría ningún riesgo.

Un recuerdo que aún llega a mi mente a treinta años de lo sucedido, es el de una pareja de ancianos que se negaban a dejar su acogedora casa, ya que decían que su casa no corría peligro, aunque el edificio se encontraba bastante dañado: no querían dejar sus pertenencias, el patrimonio que habían juntado a lo largo de su vida, y al ver sus muebles antiguos, sus decorados y todo el mobiliario en particular comprendí el temor de perderlo todo. Al final la pareja se fue al albergue, no sin cerrar muy bien la casa, con la esperanza de regresar y no encontrarla en escombros. En esos patrullajes me topé con casas derrumbadas, con muebles debajo de los escombros, posters, relojes y cuadros de santos y vírgenes, que hacían mención de una cotidianeidad rota de tajo en esa mañana.

También recuerdo una vecindad ya casi totalmente derrumbada, en la que en una pared colgaba una fotografía de Lucerito recortada de un periódico a manera de poster, y al lado un crucifijo; ambos colgados de la única pared que quedaba en pie de esa vivienda (me hizo pensar en un joven –tal vez cercano a mi edad- y cuya suerte desconocía, que de repente se topó con un desastre que nunca se hubiera imaginado). En esta vecindad, sólo quedaban unas pocas viviendas y escaleras precariamente en pie. Al desalojarlas, mi hermano se encontró con un señor que no quería irse sin su mesa de caoba. Era una enorme mesa de comedor bastante bonita, que no salía fácilmente y que a cada movimiento brusco que hacía el dueño para querer rescatarla, las paredes se cimbraban dejando caer yeso y partes descascaradas de la endeble pared. Mi hermano trató de ayudarlo para que el señor saliera de su vivienda, pero “Pepe”, al ver el riesgo que corría mi hermano tomó la decisión: “… dile a tu hermano que se salga, prefiero un muerto que dos..”, y por fin mi hermano salió y logramos por medio de la hija del señor sacarlo de su casa, aunque con gran dolor dejó esa mesa que de seguro le costó mucho comprarla. Y a muchos ni siquiera les dio tiempo de pensar en sus pertenencias, el derrumbe les cayó de improviso y nada pudieron rescatar. Esas casas derruidas nos contaban las historias de las familias y sus vidas trastocadas desde esa mañana.

Esta fecha significó para mí una pequeña reconciliación con el ser humano, porque vi una ciudad “valemadrista” que dejaba sus diferencias y recelos de lado para ayudar a sus coterráneos. Esos chilangos ventajosos, egoístas y recelosos ahora estábamos ayudando, colaborando para levantar una ciudad caída, no sólo en lo físico sino en lo moral. De hecho, a partir de entonces, la Ciudad de México no volvió a ser la misma. Pero como siempre la naturaleza humana hace de las suyas, algunas personas de la zona que no habían sufrido la pérdida de sus casas y que de alguna manera no requerían la ayuda, no sólo fueron a solicitarla, sino que querían formarse dos veces para sacar ventaja, y la camaradería reinante en el albergue se veía franqueada por la abyección. Ahí comprobé cómo en las situaciones extremas, de inicio brota lo mejor del ser humano, pero cuando la emergencia pasa y se trata de sobrevivir, la parte oscura comienza a aflorar. Sin embargo, ese día ya comenzaba a traslucir la rapiña de víveres y el descontento comenzaba a apoderarse de la gente. Entonces llegó la réplica más notoria del sismo en la noche del 20 de septiembre, la cual volvió a poner las cosas en orden. Y la gente más ventajosa, ahora sí, se arrodillaba pidiendo perdón a Dios por su mal actuar. Las dos caras del humano cambiaban de un momento a otro en este albergue en donde la urgencia iba quedando de lado, para pasar a la supervivencia. De cualquier manera, no puedo olvidarme de la gente que más sufrió por los daños a causa del sismo que eran los más agradecidos y que se quitaban la comida de la boca para ofrecérnosla. Una zona en la que habitaban muchos ladrones y gente peligrosa, nos recibía con los brazos abiertos y tal vez nos recuerden con cariño.

A causa del sismo y su réplica (que aunque no tan fuerte terminó de resentir las construcciones dañadas), al día siguiente vimos que un viejo edificio lastimosamente se venía abajo, haciendo ver, detrás de la terrible nube de polvo que se levantó, cómo otra vivienda sucumbía ante este fatal incidente. En la zona se notaban los rostros tristes, recordando tal vez aquella casa que era parte de su entorno, ese entorno que perdió su rostro en un santiamén. Cuando parecía que la gente comenzaba a tranquilizarse, acontecía algo más, que les recordaba el horror de la catástrofe, que volvía a recordarles que su vida ya no volvería a ser igual.

Y si en la sociedad civil vi las dos variantes de la naturaleza humana, en la clase política, sólo comprobé la parte vil del ser humano. La ayuda internacional que llegaba por toneladas era seleccionada, y las casas de campaña, cocinetas y alimentos eran minuciosamente seleccionados por los trabajadores de las delegaciones, para dejar lo mejor guardado en sus bodegas para después repartirlo, y años después continué comprobando esto, cuando una directora de la Casa de Cultura de la colonia Álamos me comentó que el entonces delegado de la Benito Juárez se llevó camionetas llenas de comida enviada para los damnificados a su casa. Y a eso le agregamos a muchos rescatistas improvisados ante la emergencia, que se dedicaron a quitarle las cosas de valor a los cadáveres rescatados, o de las pertenencias encontradas entre los escombros de las casas y comercios. No todo fue, por supuesto, buenas intenciones y camaradería. Pero lo que quiero recordar a treinta años, sin duda, es mi propia experiencia, en donde la buena voluntad fue lo que más predominó en estas jornadas de ayuda, y que aunque los brotes de abyección surgieron (porque así tenía que ser), quedaron un tanto opacados gracias a la urgente necesidad de ofrecerles ayuda a las personas que perdieron casas y gente querida en el terremoto mas devastador en la historia de la Ciudad de México.
Esa calle de San Antonio Tomatlán a la que hace un par de años regresé por mera circunstancia, luce muy diferente, y la pequeña iglesia que sobresale de la calle (en aquel entonces cerrada), me recibió con su formidable púlpito del siglo XVI, y con un recuerdo amargo, pero a la vez valioso para mí. Por supuesto nadie me reconoció, ni yo reconocí a alguien. En aquella pequeña y peligrosa calle del centro de la ciudad, aprendí a valorar las cosas que se tienen y a reconciliarme con la parte luminosa del ser humano. Mi ciudad cambió de tajo, no sólo en lo físico sino en lo emocional, y ya no volvió a ser la misma.

Muchos jóvenes sólo tienen el terremoto como referencia, pero o no lo vivieron o estaban demasiado pequeños para recordarlo; otros tal vez lo recuerdan vagamente porque no sufrieron pérdidas, pero los demás que perdieron pertenencias y seres queridos nunca olvidarán esta tragedia. Yo la recuerdo desde mi perspectiva y le rindo homenaje a la parte luminosa del ser humano que surgió en esos momentos en que era necesaria.

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