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Ciudad de México Año III Número XXXV Septiembre 2015

 

Tin Tan, el cómico del barrio
(1915-1973)
Loki Petersen

Lo cósmico es más cómico de lo que se cree. Es que en todo supuesto orden no hay en el fondo más que desorden, lo cual causa risa. Y la risa, infalible y sin remedio, entiende bien cuán absurdos somos en nuestra sociedad, cuán ridículos en nuestros esfuerzos por ser y parecer lo que jamás hemos sido. De ahí que sólo aquel que con su bufonesca indumentaria, su estrafalario lenguaje y su desfachatez e impertinencia, se atreve a reírse de todo y de todos, es decir, el cómico, sólo él ha entendido lo que es la vida.

México ha sido pródigo en cómicos, y hubo un tiempo en que había tantos, que por primera vez el país, siempre tan sumiso aunque con la música por dentro, rió abiertamente en las salas de cine de los años cuarentas y cincuentas del pasado siglo, como ya lo estaba haciendo en las carpas desde los treintas. En este 2015 se cumple el centenario del nacimiento de uno de los más ilustres cómicos mexicanos, Germán Genaro Cipriano Valdés Castillo, mejor conocido como Tin Tan. Nació el 19 de septiembre de 1915 en la ciudad de México, en una vecindad ubicada en la esquina de Reforma e Hidalgo, frente a la Alameda, y que hoy es el Hotel de Cortés. A la entrada a este lugar hay una placa que recuerda ese acontecimiento.

Sin embargo, Germán no alcanzó a desarrollarse como chilango, sino que fue juarense. A su padre, empleado de aduanas, se le trasladó de la capital a la frontera, a Ciudad Juárez, en Chihuahua, donde el futuro Tin Tan pasó su infancia y adolescencia, aprendiendo los usos y costumbres de la gente de allá, tan influidos por el “way of life” estadounidense. Y junto con él, también se criaron allá sus hermanos Ramón (el “Ron Damón” que tan admirado sería muchas décadas después), Manuel (el insuperable “Loco”, de quien tanto aprendimos), y Antonio (el “Ratón”, el menos notable de los cuatro hermanos).

Germán captó bien la manera de ser y estar de ese extraño personaje conocido como “pachuco”, un híbrido mexico-estadounidense, un ser marginado que habla (mal) tanto el inglés como el español, ataviado con ropas bombachas y que se desenvuelve con soltura, y que tanto horror causó entre la gente decente de uno y de otro lado. Tin Tan adquirió de inmediato el porte del pachuco, así que, expresándose en el caló fronterizo (el pachuco es el mexicano pobre o descendiente de mexicanos pobres, que habita en El Paso), es un pícaro dicharachero y enamoradizo, siempre con la guitarra en la mano, uno nunca sabe cuándo hay que cantarles a las chicas.

En aquella ciudad tan lejana, Germán entró a laborar a una radiodifusora, donde hacía imitaciones de personajes conocidos. Y lo hacía tan bien, que el empresario Paco Miller, al escucharlo, quiso de inmediato contratarlo para su caravana artística, que recorría todo el país haciendo presentaciones.

Cuando llegaron a la capital, logró también un contrato en un centro nocturno, donde conoció al que se convertiría en su entrañable “carnal”, Marcelo Chávez. Pronto su peculiar habla e insolente modo de conducirse como pachuco llamaron la atención y causaron de inmediato la risa. Como nada de eso se conocía en la capital de los años cuarenta, se tomó como algo excéntrico, con ese “espanglés” tan ininteligible para un chilango, expresado por unos labios enormes que resaltaban aún más lo estrambótico. Tin Tan y su carnal decían chistes en el escenario, y cantaban, y esto último Germán lo hacía de maravilla.

El cine mexicano estaba entonces ávido de comicidad, donde ya Mario Moreno Cantinflas estaba logrando grandes cosas con otro personaje no menos extraño que el pachuco, en este caso el del lépero tepiteño. Dos distancias insalvables para un capitalino: la de la frontera de Ciudad Juárez con El Paso, y la del barrio de Tepito a unas cuadras del Zócalo. En 1945 Tin Tan llega al cine con “El hijo desobediente” (ya antes había aparecido en otras películas en papeles menores), que causó sensación e hizo que las buenas conciencias empezaran a sentirse molestas. De ahí en adelante, Germán no dejó de lucir constantemente en la pantalla cinematográfica, para convertirse en uno de los grandes del cine nacional, unos dicen que al lado de Cantinflas, otros que por debajo, y unos más, pocos pero muy fieles, se atrevieron a darle la primacía cómica al juarense.

Es imposible hablar aquí de todas y cada una de las inmortales cintas de Tin Tan, pero siempre tenemos cada una de ellas en la memoria y el corazón. Cada quien elige las que particularmente le gustan, y a riesgo de personalizar demasiado este texto de homenaje, quiero hablar de mi preferida, “El Ceniciento”, de 1951. Cierto, quién puede negar los grandes méritos de “Músico, poeta y loco” (1947), “Calabacitas tiernas, ¡ay, qué bonitas piernas!” (1948, que transcurre en el barrio de Tepito), “El rey del barrio” (1949, uno de los momentos más altos de nuestra herencia fílmica), “La marca del zorrillo” (1950), “Simbad el mareado” (también 1950) y la inolvidable “Las locuras de Tin Tan” (1951). Poco a poco Germán se fue despojando de su atuendo de pachuco y se integró plenamente a la imagen de barriada capitalina. Al parecer lo fronterizo era más de lo que podía soportar la gente “normal”, así que Tin Tan tuvo que adecuarse a las maneras chilangas.

Cito de memoria, pues he visto “El Ceniciento” como ciento cincuenta mil veces. Al tomar como base el viejo cuento de hadas de la Cenicienta, que revaloraron Perrault y los hermanos Grimm, el director Gilberto Martínez Solares quiso hacer algo semejante, pero no con una muchacha, sino con “un Ceniciento del mundo actual”. Se decía que dicho director dejaba que en sus películas Tin Tan hiciera lo que quisiera, lo cual quizá fue la clave del éxito de ambos. Por lo tanto, no hay princesa huérfana, sino príncipe huérfano. Bueno, lo de príncipe no es tal, pero como si lo fuera, al menos de las etnias chiapanecas. Y tampoco es huérfano, aunque se desempeñe así. Un ahijado vino desde esas lejanas tierras del Sureste a la ciudad de México, para conocer a su padrino, un tal Andrés Soler. Aquél llega con todo y su vestuario indígena, y habla con acento, lo cual lo hace fácil blanco de burlas en todos lados. Así que vemos a un chilango-fronterizo personificando a un zoque o tzotzil, pero en el cine no hay lo inverosímil. Llega a la casa de la hermana de su padrino, porque Andrés vive ahí, para que éste lo ayude a encontrar algún trabajo, y pagar así los arreglos que ha prometido hacerle a la iglesia de su pueblo.

El cuñado de su padrino, Marcelo Chávez, es un tipo abusivo, y si en un principio trata bien al recién llegado de Chiapas es no sólo porque se trata de un paisano (él mismo es chiapaneco, como su mujer), sino porque cree que trae dinero. Cuando ve que esto no es así, lo pone a trabajar como criado de la casa, y como nano de los muchos hijos de la familia. El padrino siempre anda briago, lo cual hace más penosa la suerte del ahijado, pues aquél no lo ayuda en nada, sino que permite que Marcelo lo explote. Resignado, sumiso, Tin Tan tiene que trabajar muy duro, casi bien y gratis. Marcelo cuenta con buena posición económica, sólo que es ambicioso y está lleno de deudas, que no suele pagar. Pero como sea, ha entrado en contacto con familias acomodadas de la capital, que incluso lo invitan a sus fiestas, al menos para que los hijos de él toquen la marimba, “el instrumento nacional chiapaneco”. Y esos hijos aborrecen al indito llegado de provincia, y procuran molestarlo cuantas veces sea posible, que es siempre, así les cante canciones de Cri-Cri para entretenerlos.

Por fin Andrés, quien en realidad es un peligroso contrabandista (pero no lo sabe su familia), decide echarle una mano a su ahijado (quien en realidad es su hijo, pero aquél lo ignora, o ya lo olvidó por borracho), y le envía a su cuñado una carta falsa firmada por un tal licenciado De la Cadena, donde se especifica que Tin Tan es dueño de campos petrolíferos. “¿Qué?”, exclama con alegría y asombro Marcelo, y su esposa, que es quien le leyó la carta (sabe leer por ser originaria de Tuxtla Gutiérrez, no como su marido, que es de un pueblito rascuache), le dice: “Oro negro”, a lo cual Marcelo, con molestia, expresa que “te he dicho como ciento cincuenta mil veces que no me digas negro”. Entonces decide hacerse cargo de Tin Tan, le da dinero, le compra trajes, para así quedarse con sus campos. Andrés se lleva al ahijado de juerga, a bailar mambo con las brujas, para que lo conozcan las “señoritas” de la Colonia Juan Polainas, que se encuentra entre las bravas colonias Morelos y Penitenciaría.

Cuando Marcelo lleva a Tin Tan a High Life para comprarle ropa, sucede que el indio ahora bien trajeado conoce a una linda joven, a la que salva de que la culpen de un robo en la tienda, y ella lo invita a su fiesta de cumpleaños. ¡Toda una princesa! Él le promete ir. Pero entonces el cuñado de Andrés, siempre a las vivas, descubre que la carta del licenciado De la Cadena es falsa, y se enoja tanto que echa a Tin Tan de la casa, quien sin maleta ya (se la robaron en la calle), no podrá cumplir la promesa de ir al baile de la princesa. Pero he aquí que se aparece el hado padrino, y Andrés le entrega un traje de suma elegancia. Sólo que el padrino ya está muerto (nadie lo sabe todavía), por un accidente aéreo, no sin antes saber la verdad de que su ahijado es su hijo, pues ahora sí que hace memoria (“yo tuve unos amores tormentosos con la madre de este muchacho”), y así es como con ayuda de la magia de ultratumba el xoque o tzotzil asiste a la fiesta, donde se arma un relajo y él pierde el zapato, el cual conserva la princesa para verificar después a quién pertenece. En fin, que todo termina bien, con el beso de amor tan imprescindible. Para mí, “El Ceniciento” es la mejor película de Tin Tan, y perdón por haberme extendido tanto, pero esa película no tiene desperdicio, los diálogos son brillantes, los hechos bien estructurados, las canciones inolvidables.

Tin Tan hizo más cintas, de a una o dos por año, pero fue entrando en decadencia a medida que se ponía gordo y de que, como se hizo con Cantinflas, se procuraba hacerlo un mejor ciudadano. Es notable “El médico de las locas” (1955), pero “Las aventuras de Pito Pérez” (1956) fue un fracaso. Cabe hacer alusión a algunos actores que por lo general aparecían en las películas de Tin Tan, como la genial y versátil Vitola, el sin par enano Tun Tun, el negrito Zamorita (también compositor); y sobre todo a los hermanos de Germán, en particular Manuel, con quien aquél hizo dos películas que nunca se olvidan, más que nada “Dos fantasmas y una muchacha” (1958, ¿quién no recuerda aquello de “¿Lóoopez?” “¿Péeeerez?”). Nuestro cómico terminó en los setentas con Chanoc como Tsekub Baloyán, y luego como el anodino Capitán Mantarraya, pero ya era inmortal, uno de los más geniales cómicos que ha tenido México y al que no podemos dejar desapercibido en su centenario. Así que concluyamos con algo de sus canciones: “Siempre estoy en ti pensando, y tú de mí no sabes nada. Hace tiempo que te quiero, y me faltan las palabras”.

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