Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año III Número XXXVI

Especial de Terror

 

Dos relatos
Mariana Vega

Apego a fuerza

Infinidad de veces escuché hablar del apego. Que si era bueno o malo, positivo o negativo. Que traía problemas aferrarse a ciertos objetos, personas y hasta a algunos animales.

Me hablaron de lo importante que era “desprenderse” de algo, cuando esto ya no resultaba beneficioso. Y cada vez que me lo decían, solía reírme en secreto, pensando que sólo aquellos de mente débil tendían a obsesionarse tanto.
Hasta hoy.

Sentado ante la mesa metálica, medito en silencio la decisión que cambiará mi vida para siempre. Han pasado dos días y no me atrevo a dar el paso.
Ella, al otro lado de la mesa, con la angustia y el miedo en la mirada, me observa desafiante. Aparto los ojos de su figura; si la veo sé que terminaré por flaquear y, entonces sí, mis sueños e ilusiones de toda una vida se irán por el caño. ¿Valdrá la pena? ¿Es esto realmente lo que quiero?
Por mi mente cruza por un segundo la duda absurda, pero debo dejarla ir. Sólo pienso: Maldito apego.
Con trazo rápido y ajeno al arrepentimiento firmo el contrato.
Ella se esfuma en un grito vaporoso en el preciso momento en que Lucifer se carcajea ondeando entre sus garras la sentencia de Ella, mi pobre Alma.


Desde el agujero

Un terrible acceso de tos le hizo retumbar la cabeza de tal forma que lo despertó.
Al principio no supo dónde estaba, hasta que sus ojos se amoldaron a la negrura y se descubrió dentro de una habitación circular, tan diminuta, que era compartida solamente por un camastro y un fétido pozo en el piso –a modo de letrina– que despedía los más terribles olores a podredumbre, a desolación y a olvido.

El dolor en la espalda rechinaba en sus huesos tanto como los resortes del viejo colchón. ¿Dónde estaba? Esfuerzo inútil; de su memoria se habían fugado los recuerdos de las últimas horas.

Intentó levantarse, pero sus pulmones estallaron en espasmos lanzándolo de vuelta al camastro. Era de nuevo esa pestilencia demencial que lo había despertado, una mezcla de inmundicias y... gas.

¡Gas! Sus ojos volaron hasta las rendijas en el suelo y aliviado comprendió lo que pasaba.

Aquello era una pesadilla de la que no conseguía despertar. Pero era sólo eso; absurdamente real, pensó, pero nada más un sueño. Se recostó trabajosamente y esperó.

10, 9, 8... Otro espasmo le cerró la garganta.
7, 6, 5... Un mareo comenzó a adueñarse de su cerebro...
4, 3, 2... Se pellizcó el brazo izquierdo con todas sus fuerzas. Nada ocurrió.

Levantó la mirada y entonces, allá a la distancia interminable, vio el agujero. Se abría a unos diez metros al final del cuarto cilíndrico clausurado por unos barrotes desde los que se colaba una grieta de luz. Ahí, asomados por el agujero, ellos lo miraban.

Eran docenas, centenas de cadáveres respirando hacia él y observándole desde sus cuencas vacías. Gritó, balbuceó, maldijo cuanto se le ocurrió, pero sólo sirvió para que el gas se colara hasta sus venas.

Desde el agujero, los exterminados le sonrieron maliciosos.

Aquello no era un sueño; era su otra realidad. Cerró la mano sobre la suástica que palpitaba en la manga de su brazo izquierdo, y desolado Adolfo se puso a llorar.

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