Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año III Número XXXVI

Especial de Terror

 

Necrofilia
José Luis Barrera

Tengo una afición exacerbada por los pies femeninos. Claro está que no se trata de un goce erótico exclusivo, ya que disfruto de acariciar la totalidad del cuerpo de una mujer. Pero lo que más me excita son justamente los pies, y para mayor satisfacción, si están fríos es mucho mejor. De alguna manera, aunque mi afición pédica es mucha, no tolero los pies recién descalzados después de andar en la calle, porque están calientes, y menos aún los aguanto sudados, pues no hay mejor goce que unos pies frescos. Por eso tengo predilección por las noches invernales, donde casi siempre me encuentro con pies fríos, inclusive inmediatamente después de quitarse ellas el calzado y las medias o calcetines que lleven. Pero más aún, he descubierto que ese gusto por la piel fría se extiende a las nalgas y los pechos, que en esta condición se me hacen más apetitosos.

Nunca consideré esto un placer enfermizo, ya que no excluyo en mis escarceos eróticos a las mujeres en la extensión de la palabra, ya que las disfruto en su totalidad; sin embargo, el éxtasis que siento ante la frialdad de su cuerpo es mucho mayor que ante cualquier otra circunstancia. De esto no me había percatado jamás, sino hasta que mi esposa me lo hizo saber, dado que se había percatado de mi predilección cuando le pedía que enfriara sus pies calientes, ora caminando descalza sobre el piso frío, ora metiendo sus pies en agua fría. Hasta que un poco harta de mis peticiones me hizo un comentario que desde entonces ronda en mi cabeza:
– Pareces necrófilo –, me dijo.
– ¿Necrófilo?, estás loca –, contesté.
Fue así que esta palabra me revoloteó en la cabeza, sin poderle pedir de nueva cuenta a mi esposa que se enfriara los pies para poder acariciarlos, y por supuesto esto ha traído la consecuencia de haber perdido la pasión con ella. No he vuelto a tener la misma satisfacción desde que decidí no insistir en el asunto. La relación está pasando por la peor de las crisis que hasta ahora hubiéramos tenido, la monotonía ha invadido el tálamo y cada vez son más forzados los escarceos amorosos, a veces porque vengo cansado de trabajar y en otras ocasiones porque a mi esposa le duele la cabeza (lo más común cuando las parejas repelen el encuentro carnal). Así fue que decidí analizar bien esta filia que con el tiempo me pareció más enfermiza de lo que creía, y haciendo una retrospección en mi vida, disipé el origen de mi pasión pédica.

Cuando niño, tenía una prima mayor que yo, a la que le gustaba excitarme ya sea al cruzar sus piernas cuando traía puestas sus muy cortas faldas, y mostrándome más allá de lo que antes había visto, sin mesura alguna; o, no se diga, al hacer el famoso “dangling” con sus zapatos, mostrándome en su totalidad el arco del pie. Para un niño de ocho años retraído e ingenuo en demasía, esto resultaba el descubrimiento erótico sin cortapisa. Ella, que se quedaba en casa con frecuencia, aprovechó una ausencia de mi familia y se metió a bañar; salió delante de mí, como una Venus adolescente tan sólo cubierta por una toalla, en donde yo podía ver en su totalidad aquellos pies que en otro momento asomaban inquietos de entre los zapatos en el inquieto juego que hacía delante de mí. Hasta ahí no dejaba de ser el niño que comenzaba a descubrir el embrujo que despierta el cuerpo de una mujer. Pero ese día, al salir del baño descalza y sentarse a mi lado para comenzar a maquillarse, de manera discreta puso sus pies sobre mi mano, y descubrí el primer roce erótico con la piel de una mujer: eran unos pies muy fríos que después comencé a tocar con más fruición sin que ella mostrara el mínimo rechazo, y disfruté al parecer la que estaba siendo mi primera erección.

Sin embargo, este descubrimiento no mejoró la relación con mi esposa, ya que desde que comenzó a ver mi filia como algo repulsivo, esta afición se me iba haciendo cada vez más obsesiva y buscaba yo cómo satisfacer mis deseos. Comencé a iniciar varias relaciones fugaces en busca de la mujer que me permitiera conocer a alguna con los pies lo suficientemente fríos, de tal modo que me dieran la excitación hace mucho tiempo no experimentada. Fue en julio de 1985, meses antes del temblor que sacudió a la Ciudad de México, cuando encontré a una prostituta que me hizo sentir ese placer largamente añorado. Tenía ella unos pies muy fríos, tan fríos como nunca antes los había yo sentido, ni aún con la prima que me hizo despertar esta filia. En un viejo hotel, aquel encuentro quedó inscrito en las remembranzas podofílicas de mi vida.

En la calle de Peralvillo aún existe el “Hotel Marina”, casi en el mismo descuido y aún pudiéndose leer la fecha de su construcción en 1932. Era un sitio donde se percibía en los cuartos la falta de limpieza ya que lavabos y sanitarios estaban sucios, y en las sábanas, limpias en apariencia, no era posible confiar. Un hotel, pues, digno de una película policiaca o de terror. Ahí me llevó la mujer que había contratado para tener sexo en busca de mi obsesión. Después de tantas noches de sexo sin sentido, este parecía ser uno más de los encuentros sexuales que últimamente había tenido, sin ninguna finalidad y sin ningún resultado. Pero después de aquella noche, una vez saciada mi filia con esos pies y con casi todo el cuerpo frío de la prostituta, y de haber comparecido ante un sexo arrebatador, nunca me pude sacar de la mente a esa mujer a la que nunca he vuelto a encontrar por más que la busco en las cercanías de la calle de Peralvillo, esa donde tuvimos ese magnífico éxtasis carnal.

Los pies fríos, como ya antes lo comenté, se volvieron una obsesiva búsqueda, y ahora se sumaba a ello la obsesión por aquella prostituta de la que sólo sabía que se hacía llamar Jennifer. Tal era el deseo de volver a tenerla en mis manos, que indagué inclusive con los teporochos del rumbo, hasta que muchos años después uno de ellos me comentó que conoció a una mujer como la que le mencionaba y que había aparecido asesinada en el “Hotel Marina”, el mismo en que había tenido el encuentro con ella. Dice que nunca la autoridad se mostró interesada en investigar el asunto, y que el dueño del hotel estuvo de acuerdo en no hacerlo público. Pero el vagabundo, que decía vivir en esta calle desde hacía más de cuarenta años y se enteraba de todo, por tanto supo de la historia de la prostituta que al parecer era la que andaba buscando yo. Me dijo que había sucedido en el año del terremoto, y que entró con un cliente que desapareció dejándola muerta, después de violarla; según el hombre había el rumor de que el asesino tuvo sexo con ella incluso después de su muerte.

Para entonces había perdido yo toda esperanza de volver a saciar mi obsesiva filia, pues la única mujer que me había propiciado este deleite sexual después de mucho tiempo, al parecer estaba muerta desde muchos años atrás, y la relación con mi esposa era cada vez más distante. En realidad no era una relación de pleitos y riñas, sino más bien de indiferencia. La cotidianidad era el sello distintivo de nuestra relación. Esa noche regresé a casa como siempre a cenar y dormir, encontré a mi esposa dormida y por supuesto no la quise despertar.

Pero esa noche sucedió algo peculiar: cuándo dormía, porque sentí el roce de los pies de mi esposa inusualmente fríos, y contrario a lo que últimamente sucedía, la lascivia se apoderó de mí y la acaricié con el fervor de antaño, mismo con el que arremetí en el cuerpo de la prostituta en aquella noche de julio; ella se mostró absolutamente complaciente con mi pasión, me brindó su cuerpo como nunca antes, y la frialdad de su piel me ponía cada vez mas lúbrico. Una vez más había encontrado alivio a mi obsesiva afición, y el orgasmo volvió a hacerse presente, pero ahora con mi esposa, con la que parecía no haber remedio a la monotonía que había en nuestra relación. La tuve en mis brazos como nunca más creí volver a tenerla, la pasión volvió a su punto más culminante, fue el sexo más satisfactorio que había tenido en mi vida. Y cuando los acontecimientos me anunciaban que ya nunca más tendría una noche tan absolutamente placentera, de pronto lo encontré con quien parecía estar apagada toda pasión.

Después de haber tenido el mejor sexo de mi vida, salí de casa dejando dormida a mi mujer y desde entonces ya no la he vuelto a ver. Iré buscando otra mujer de pies fríos que me produzca placer.

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