Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año III Número XXXVI

Especial de Terror

 

¿Quién encerró al minotauro?
Adán Echeverría

El día de muertos la feria amaneció instalada en el parque del pueblo sin que nadie escuchara algo. Los más trasnochadores dijeron que se fueron a dormir, abandonando el parque, a eso de las tres de la mañana y todo era una noche normal. Sólo una mujer, que acostumbraba alimentar a las gallinas de madrugada, vio pasar unas camionetas, y escuchó voces y algunos martillazos, pero nada tan escandaloso como para suponer el arduo trabajo nocturno para levantar las atracciones.

Ahí estaban los futbolitos, las sillas voladoras, la rueda de la fortuna, esas tablas para tirar canicas, y la zona de los rifles de aire para cazar patos de aluminio. En el centro de la feria se encontraba la casa de los sustos y a un costado, la entrada al laberinto con la leyenda: ¿Quién encerró al Minotauro?, en medio de dibujos de cuernos, colas de reses, pezuñas, y el torso de un hombre corpulento con la cara de un buey.

Al atardecer, los encargados de la feria vociferaban atrayendo a los clientes. La gente del pueblo salió de misa de difuntos y, contrario a las costumbres, quisieron gozar el esparcimiento, aun contra las indicaciones del párroco, de algunas de las señoras piadosas y de los hombres que apoyaban en la comunión.

Desde la entrada al laberinto, un hombre gritaba:
–¡Pásele! ¡Desde muy lejos llega ante ustedes El Laberinto!
Y abriendo los ojos como un poseso decía a los que se le acercaban:
–No teman, acérquense y entren.
La gente sonreía y temblaba al mismo tiempo, ante la desorbitada mirada del hombre; y el palurdo levantaba la vista y continuaba invitando con sus ademanes:
–¡Miren al monstruo, mitad toro, mitad hombre!
Las personas dudaban porque, además, el párroco había bajado de la Iglesia para agredir verbalmente a los encargados de la feria, junto con los feligreses:
- Es noche de día de muertos. Vayan a sus casas. Hagan oración.
Con todo y el borlote que se armaba de dimes y diretes, muchos se percataron de que Raúl, uno de los acólitos de tan sólo 13 años, como un desafío, decidiera entrar al Laberinto. Ni siquiera había oscurecido cuando el muchacho preguntó al encargado:
–¿Cuánto cuesta la entrada?
–Para ti es gratis.

A las dos de la mañana, cuando la gente decidió que era tiempo de refugiarse en casa, porque el frío comenzaba a picarles la piel, y los ojos les ardían por las ventiscas heladas que circulaban en el descampado, la feria comenzó a cerrar sus atracciones. Pero nadie vio salir a Raúl del Laberinto.

Sus padres quisieron hablar con los encargados de la feria pero ellos sólo argumentaban: “Es imposible que haya entrado solo, no se permite, los niños tienen que entrar acompañados de un adulto”.
Los padres y muchas personas del pueblo, enfurecidas, despertaron al alcalde, quien junto con los policías, los que vieron entrar al muchacho, y hasta el mismo sacerdote obligaron a los encargados a desmontarlo. La madrugada era cerrada y se resistía a clarear porque una densa neblina había caído sobre el pueblo. Nada pudieron hallar entre los retorcidos fierros y láminas.

Los hombres de la feria fueron llevados a la cárcel pública. Los policías recorrieron las calles, interrogaron a los amigos de Raúl, dieron rondines por las carreteras aledañas, las entradas y las salidas del pueblo, se internaron por el monte, sin encontrarlo.

Cansados vieron salir el sol del amanecer, y ante la luz clara de la mañana, con el terror en los ojos, se percataron de que el parque se encontraba abandonado, limpio e intacto, y ningún juego mecánico ni carpa se encontraban instalados, ni todos los fierros y maderas del desmantelado Laberinto. Todas las atracciones que habían disfrutado por la noche, ante la luz brillante del sol, habían desaparecido; la feria había sido levantada y nadie supo cómo ni en qué momento.

Corrieron hacia la cárcel pública a pedir explicación a los detenidos, pero no hallaron a nadie tras las rejas, sólo huesos humanos y unos cráneos como de niños, algunas cenizas y las colillas de cigarros que presumían haber sido fumados hacía poco tiempo.
Fue cuando apareció entre ellos la mujer que solía alimentar a las gallinas muy de madrugada y les dijo: “A las tres de la mañana se fueron en sus camionetas”.

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