Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año III Número XXXVI

Especial de Terror

 

El sexto ciclo
María Elena Méndez Gaona

La luna rebosante está siendo devorada por un lobo negro. Mientras el impactante eclipse de luna va oscureciendo el paisaje, los ojos diseminados detrás de los árboles vigilan que Yaisha, con paso inseguro, camine por el túnel en que se convierte el bosque cuando la luz del cielo viste ropajes de viuda. La joven no sabe hacia dónde se dirige, sólo obedece la voz tenue que le ordena caminar.

El ruido de un avión que cruza, confundiéndose con las estrellas, corta momentáneamente el silencio. El sonido de un teléfono celular imita esta insolencia antes de ser apagado con rapidez. El cerebro de Yaisha crea confusión a su alrededor. Su mirada es indefinida. Un dolor en el vientre la obliga a cubrirlo fuertemente con sus brazos. No puede recordar... Apenas le queda un poco de coherencia para hilvanar que el estado de ebriedad en el que se encuentra está relacionado con el sabor amargo en su boca...

Yaisha piensa que no debió beber... ¿qué? Hace un intento por enderezarse, por despabilar su mente y aclarar las imágenes que transcurren entre nubes. Siente la cabeza pesada. Se detiene en un árbol y su cuerpo se desliza hacia el suelo como agua arrojada...
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Renata despierta con un dolor en el estómago. En el transcurso del día, la molestia se ha ido acrecentando. Retira el termómetro y corrobora el porqué de sus escalofríos. Con dificultad busca los documentos de su seguro médico y sale a la calle a buscar un taxi. Apenas puede balbucear al chofer el lugar al que debe dirigirse. Apoya la cabeza en el asiento y cae en un sueño profundo.
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La madre de Yaisha, con Yaisha dentro de su vientre poco tiempo antes de nacer, llega a un pueblo donde su presencia causa temor. La mujer es sordomuda y profiere sonidos guturales para tratar de darse a entender. Nadie sabe de dónde o a qué ha venido. Camina descalza y la cubre una túnica negra. Pareciera que escapó de un manicomio. Su cabello es como un nido de pájaros; como si hubiera sido víctima de una explosión. La gente sospecha que desde hace tiempo el agua no se ha atrevido a rozarla ni aún cuando baja con furia, desterrada por las nubes. Sólo ve a través de un ojo que parece esforzarse en mirar por los dos; el otro está cerrado en una hinchazón de carne roja.
–La habrán golpeado –se dijeron, pero no enseñó un rostro distinto.
Nadie se apiada. Camina por el lugar mientras los jóvenes se cruzan con ella sumergidos en el retumbar de sus audífonos. De los hogares escapan sonidos de programas de televisión. Con temor, cierran puertas y ventanas al paso de la extraña. Sola, se dirige a una choza abandonada a orillas del pueblo. Ahí vivió el tiempo que faltaba para el nacimiento de su hija.

Una noche, el pueblo despierta con los gritos de la desconocida. Escalofriantes, como si la quemaran viva. Son gritos que parecen ser sofocados por la prisión de una cueva. Gritos que se escapan como entre rendijas, encerrados en un frasco, saliendo a cuentagotas por los agujeros de la tapa. Al día siguiente van en tropel a espiar por las ventanas. El espectáculo que encuentran convierte las miradas en hielo: la muda murió desangrada. La impresión general, la que se contó de generación en generación, fue que la recién nacida a su lado parecía succionar las últimas gotas al cadáver.

Sin perder tiempo, colocan a la pequeña en una balsa y la arrojan al río, como si pudiera infectarlos. Nadie da una explicación sensata de por qué no se le prendió fuego junto con la choza y el cadáver de la madre. Si porque no se le podía culpar de la muerte de ésta. Si porque tenían remordimientos por no haber corrido a auxiliarla. Si, sencillamente, porque el terror que sintieron les impidió tocar apenas a la criatura. Nadie vuelve a dormir tranquilo, nadie habla del incidente en voz alta.
No se tuvieron más noticias de la niña. Tal vez se ahogó o tal vez llegó a alguna orilla –teoría poco probable, dado el símil del caudal del agua con una montaña rusa– y fue alimento de bestias salvajes. Lo cierto es que Yaisha fue extraída viva por Leónida, una mujer con un rostro similar al de aquélla que había parido a la recién nacida.

Yaisha se incorpora como si alguien la ayudara y continúa caminando. La droga que le suministraron la hace mirar hacia un punto fijo, escondido en el corazón del bosque, a donde dirige sus pasos. La guían unas manos invisibles que le sostienen la barbilla para que no caiga. Esas manos recorren su cuerpo y Yaisha se arquea ante la sensación placentera. Desea reaccionar; entender porqués; resistirse a la orden explícita de acudir a una ceremonia. De nuevo se recarga en un árbol e incapaz de tenerse en pie, resbala con lentitud como una boa hacia su presa...
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Renata es despertada al llegar al hospital. La reciben con una silla de ruedas en la que se sienta trabajosamente. Observa por unos instantes el milenario eclipse de luna y siente un estremecimiento. Su cuerpo desea sacudirse el dolor que le crea cavernas rodeadas por jirones de vísceras. Con rapidez le colocan una bata blanca y le toman las muestras necesarias para los análisis de laboratorio. Tras la valoración médica, le informan que van a operarla. Canalizan una vena e insertan en su cuerpo suero transparente. La fiebre la hace dormitar.
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Yaisha tiene ya quince años. Leónida es su único contacto con el mundo. Desde que Yaisha entró a la pubertad, la mujer verifica en las sombras el florecimiento del cuerpo virgen. Los pechos que apenas se dibujaban se han convertido en piezas bellas y exuberantes. Lo mismo ha sucedido con los glúteos, las piernas, la cintura, los labios. La misión para la que Yaisha fue preparada, va a dar comienzo. Mientras se baña en el río, goza, juega en él, surge de algún lugar la figura de un hombre que nada hacia ella y la toma de la mano, invitándola a salir del agua. Conforme van surgiendo los cuerpos, igual que figuras vaciadas de sus moldes, ambos se abstraen en la mutua contemplación; en el deseo dejándose colmar como un vaso que se rellena de cerveza y luego derrama espuma dorada.
Sobre esa espuma, Yaisha y Él se unen. Ella responde a las caricias de la lengua larga y roja que le recorre el cuerpo y se mete por sus orejas, entre sus labios. La joven permite que las manos la vuelvan a convertir en el bloque de piedra que dará paso a la estatua perfecta. Una y otra vez la recorre; la recrea. Por fin, las piernas de Yaisha se abren con timidez ante el embate de un objeto desconocido. Proveniente de Su Señor debe ser igual de mágico y persuasivo. El dolor que la atraviesa la eleva a un lugar sobre los árboles. Flotan en círculos con las nubes, haciendo brotar más espuma y lluvia que salpica el cuerpo único que han formado.
Tiempo después, Leónida la conduce hacia su nuevo hogar, donde Yaisha es adiestrada en el conocimiento de las ciencias oscuras. Cada seis meses, justo cuando la luna se infla de deseo como un pavorreal, a la medianoche se ofrenda un carnero en honor de Su Señor. La gente continúa con su moderna vida normal, entre aparatos eléctricos cada vez más sofisticados, sin sospechar los actos que tienen lugar tan cerca de ellos.
Mientras Leónida pronuncia con voz apenas perceptible una oración en latín, reparte entre los asistentes un preparado de hierbas amargas que los pone en trance, principalmente a Yaisha. La joven es acostada en un claro del bosque. La luna se regodea con el espectáculo. Su Señor acepta la invitación que los fieles le hacen en susurros que van subiendo de tono. Se hace presente y posee una vez más su ofrenda, a la joven que le corresponde con los ojos en éxtasis. Domador y domada, poseedor y poseída, forman una figura orgásmica que se cimbra. En ese momento, la líder se apodera del corazón del carnero y levanta sus brazos ofrendándolo. Los rezos se intensifican. Por fin, Su Señor desaparece, llevando consigo el órgano sangrante.

En las noches de ceremonia, el bosque pierde sus sonidos habituales y forma un oasis ajeno al ajetreo de la civilización. Una burbuja ilocalizable aún para los satélites que la sobrevuelan. La brisa emite un eco sepulcral y extraño. Es este sonido el que hace a Yaisha reaccionar otra vez.
–¡Camina! –le indica la persona que ha salido de entre las sombras; el rostro cubierto por la capucha de su túnica negra. Más gente vestida de oscuro parece desprenderse de entre los árboles. Sus rezos cimbran el campo como si un gigante avanzara lentamente. Yaisha llega al claro donde descansa el animal dispuesto para el sacrificio. Los fieles saben que esta vez no es en realidad un carnero. Se trata de Simenee, la recién nacida concebida por Yaisha y por Su Señor. Saben que por el efecto de un sortilegio invocado por Leónida, tanto ellos como Yaisha ven a un animal en lugar de a la pequeña, con el propósito de evitar el forcejeo de la joven madre ante el ataque a su propia hija…
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Renata despierta. Una enfermera canturrea con suavidad mientras le ajusta el suero. Al mirar sus ojos abiertos, le hace saber que pronto la pasarán a quirófano.
–¿Puede darme, por favor, algo para el dolor?
–No, mi’ja. Ya pronto vas a estar bien.
Renata queda sola en la habitación. Su visión es borrosa. No sabe si es real o imaginaria la sombra que se acerca a ella y descarga en el tubo que antes manipuló la enfermera, un líquido oscuro que como esquiador se dirige hacia su brazo. Comienza a perder el sentido. Apenas reacciona al creer escuchar murmullos en un idioma incomprensible, al tiempo que un líquido es introducido por su boca...
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El ruido de júbilo llega hasta Yaisha, que se levanta de la cama y asoma la cabeza. Los gritos se elevan llamándola, agradeciéndole. Acaba de dar a luz a la hija de Él, a la pequeña Simenee, cuyo sacrificio –en lugar del animal acostumbrado– que deberá ser presidido por Yaisha, dotará a Su Señor de un poder definitivo. La cópula y muerte infligidas contra su propia estirpe como la manera más impía de asegurar el triunfo de la oscuridad. Yaisha lo sabe. Sabe también que no deberá ver a la pequeña hasta que llegue el momento de su ofrenda, esa misma noche, cuando la luna y la tierra se alineen en un círculo perfecto. Pero Yaisha alcanzó a mirar la carita de Simenee antes de que la retiraran y su recuerdo la atormenta. Con sigilo, se acerca al lecho de la niña. Ésta abre los ojos y parece sonreírle.
El día transcurre con rapidez. Se acerca el momento del sacrificio de la pequeña. La joven mira a Leónida con una súplica en los ojos.
Yaisha, aún confundida y tambaleante, es acostada en el claro. Los fieles beben de las copas ofrecidas por Leónida. Ya en trance, intensifican la oración. Su Señor se hace presente y posee a la joven, que grita de dolor en forma desacostumbrada. Alternativamente, posee también el cuerpo del carnero. Los cuerpos se cimbran mientras son tomados. El frenesí va de Yaisha al animal, una y otra vez. Los poderes de Su Señor, por esa única noche, han desaparecido como requisito para serle devueltos con poder arrasador. Igual que un maremoto en formación abandona las playas para concentrarse en el centro del mar y regresar con un poder descomunal. Por la boca de Él no pasan sabores, ni percibe el excitante olor húmedo propio de la piel de ella. Ninguno de los sentidos, normalmente exaltados, funciona en esta noche especial.
Mientras Yaisha y Su Señor alcanzan el éxtasis, el carnero gime luego de que el cuchillo de la líder lo atraviesa. Los seguidores la observan ofrendar el corazón. Su Señor, profiriendo un inusual grito sobrehumano que obliga a los presentes a cubrirse las orejas, desaparece con una fuerza que tampoco es común pero que lanza a los fieles contra el suelo. Yaisha, con los ojos muy abiertos, emite un gemido similar y, segundos después, su cuerpo se desploma sin vida.
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El picoteo de un ave contra la ventana obliga a Renata a abrir los ojos. Se incorpora, sorprendida. Voltea hacia el espejo y observa su rostro al tiempo que toca sus mejillas. Se viste con rapidez y sale del hospital. El ave que picoteaba la ventana la guía hacia una sombra que se dibuja contra un árbol. Al llegar a ella, recibe un pequeño bulto. Renata levanta la mirada hacia la belleza temible del eclipse lunar que está llegando a su punto culminante. Un estremecimiento la recorre antes de perderse aprisa entre las calles.
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Los encapuchados, que han observado el ritual de principio a fin, cantan y bailan con algarabía. El sacrificio se efectuó durante el sexto eclipse total de luna contado a partir de la iniciación de Yaisha. Único instante en el tiempo que podía hacer valer el efecto destructivo, triunfal, de la oscuridad sobre la luz.
Mientras, con una sonrisa inmensa en el rostro, Leónida da cuenta del éxito de su sortilegio. Los fieles, engañados, en el delirio de la pócima, no imaginan que la verdadera Yaisha huye con una personalidad usurpada, hurtando el tesoro preciado que ellos y su Señor han perdido para siempre.

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