Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año III Número XXXVI

Especial de Terror

 

Uroboros
Macarena Huicochea

Me he mordido a mí misma. Envenenada, agonizo lentamente. Algo desconocido y sin forma lucha por nacer dentro de mí y reventar mi carne, nutriéndose de ella. Bebo mi propia sangre huérfana y amarga, me devoro apurando esta muerte necesaria, esta desesperanzada nostalgia por el resplandor fugaz del absoluto.

Negras navajas brotan del centro de mi cuerpo, y el diario holocausto al que me encamino en manos de los otros se vuelve un juego menos doloroso y destructivo que la hiel que mantiene despierto el ritmo de mi pecho, que incendia mis ojos y me da el poder aciago de hacer arder cuanto toca su mirada. Mi aliento es solamente un fúnebre ritmo de atabales.

Me arranco las escamas de serpiente que alguna vez pulí con tanto esmero, envaneciéndome entonces al hacer brillar sus filos: armadura de frágiles reflejos repletos de rostros que siempre creí propios y que nunca fueron reales.
Caigo en el abismo de mi propio vacío y sé que no podré seguir huyendo de mí ni de la sombra que me habita sin que yo quiera aceptar la oscuridad que nos hermana. Sé que ha llegado el momento de hurgar en mis entrañas, de reconstruir el templo con las ruinas de mi vida que un día se creyó sólida muralla. Piedra sobre piedra, tendré que levantar mi casa nuevamente, sembrar el jardín, colocar el caldero en el hogar del fuego y reanimar el lecho con caracoles y runas que sometan los ardores de mi cuerpo al incendio tranquilo de una lámpara votiva.

Aguardaré paciente el milagro cotidiano del espejo, que esta ceguera me ha impedido descubrir frente a mis ojos. Llagas de luz germinan lenta y dolorosamente hiriendo mis órganos vitales. Las entrañas, que presienten la muerte, se iluminan… Mi carne es una enorme herida abierta hacia Dios como labios que gimen suplicantes y vencidos.
¡Fuegos celestes, espíritus de luz, consuman ya este fuego que, aunque me quema, ya no me purifica ni me convierte en sándalo o incienso… Déjenme ser por fin ceniza quieta, apacentada, con la que mis demonios puedan tejer, resignados, sus mortajas!

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