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Ciudad de México Año III Número XXXVI Octubre 2015

 

500 años de Santa Teresa de Jesús
Luciano Pérez

“Tengo yo más miedo a los que tan grande
le tienen al demonio que a él mismo; porque
él no me puede hacer nada, y estos otros, en
especial si son confesores, inquietan mucho”

Santa Teresa, Libro de la Vida, XXV

Cuando las grandes figuras de la literatura del pasado llegan a medio milenio de su nacimiento, los que las admiramos de toda la vida nos sentimos felices de recordarlas, y de aprovechar esta remembranza para apreciar de nuevo su legado, con ojos más maduros y quizá diferentes a los de nuestro primer entusiasmo. Esta vez celebramos a Santa Teresa de Jesús, una personalidad que no es fácil de comprender en nuestros días, y tampoco lo fue en los suyos propios, pues hay que considerarla desde las diversas perspectivas de su aportación cultural: como escritora, como religiosa, como mística, como santa y como mujer. Y no es fácil por tratarse de un personaje muy ligado al catolicismo, dentro del cual fue exaltada a la santidad oficial en 1622 por el papa Gregorio XV, y encumbrada como Doctora de la Iglesia en 1970 por decreto del papa Paulo VI.

Sin embargo, estos honores póstumos nos parecen hoy asombrosos si recordamos que Teresa Sánchez de Cepeda y Ahumada, nacida el 28 de marzo de 1615 en Ávila, España, no sólo no fue muy apreciada en su tiempo dada su ascendencia judía, sino que la Santa Inquisición le anduvo siguiendo los pasos y estuvo a punto de procesarla por presuntos tratos con el Diablo en cuanto a su experiencia mística. Durante siglos los biógrafos de ella ocultaron estos dos hechos, y cuando no fue posible procuraron justificar las acciones inquisitoriales, como Menéndez y Pelayo, para quien los temibles jueces no estaban obligados a saber que tiempo después la acusada se convertiría en santa.
¿Qué significa todo esto? Que la monja que fue Teresa de Jesús, por no ser cristiana vieja, tuvo que adoptar una actitud no de sumisión, sino de andar a las vivas para que no la pillasen en algo que no fuese aceptado doctrinalmente, en esa época de intolerancia en que se veía socialmente mal a todos cuantos descendiesen de judíos aunque fuesen ya bautizados. La sociedad española sufrió mucho de esa situación, pues habiéndose integrado desde la Edad Media por cristianos, judíos y musulmanes, que vivieron en la península durante centurias tolerándose unos a otros, se pasó a partir de los Reyes Católicos a una política de total supremacía de la Iglesia, lo cual implicó convertir a la fuerza a judíos y musulmanes, o expulsarlos de España. Pero ni eso bastaba, pues seguía viéndose con desconfianza a los recién convertidos, de tal manera que la división entre cristianos viejos (aquellos que no tenían ni gota de sangre “extraña”) y los nuevos o conversos (los que no podían preciarse de proceder de padres y abuelos “puros”), hundió a la nación española en una confusión de denuncias y sospechas, que la Inquisición tenía que regular y resolver por el bien del catolicismo (y para mal de los ahora obligados a comer cerdo).

Por lo tanto, no es verdadera la procedencia noble que le adjudicaban a Teresa en un principio las entusiastas biografías primeras, las cuales no mencionaron nunca que el abuelo paterno, Juan Sánchez, fue paseado en traje de hereje (sambenito) por las calles e iglesias de Toledo por seguir apegado a las costumbres hebreas. Él decidió mudarse a Ávila, donde reharía su vida y nadie supiese de la humillación sufrida. De este suceso la familia de la futura santa prefería no hablar, pero de alguna manera el doloroso recuerdo permaneció. Por eso el abuelo le compró a su hijo Alonso de Cepeda, el padre de Teresa, un título falso de hidalguía para que nadie lo molestara.
Y ella ya desde niña tuvo un carácter fuerte, combativo, para no permitir que nadie le echase en cara nada. De ahí su empeño en hacerse caballero, de esos de los que leía en las novelas junto con su madre Beatriz de Ahumada, que luchaban contra monstruos y otros enemigos. Así que su primer ejemplo no fue Cristo, sino Orlando Furioso, Amadís de Gaula y el rey Arturo con toda su gente. Estaba lista para ser una Quijotesa, pero en ese tiempo las mujeres solo tenían dos opciones: casarse o ingresar a un convento. Teresa eligió ser religiosa, pues se dio cuenta, pese a los inconvenientes, que era la única manera en que ella podía proyectar su energía, en vez de ser la oscura esposa de sabrá Dios quién. Como monja, habría de distinguirse como mujer de armas tomar, pues supo que obstáculos los encontraría por todas partes, y no sólo por ser “fémina inquieta y andariega”, sino también por sus orígenes “oscuros”.
Fue así que procedió a desarrollar un trabajo exterior gigantesco: la reforma de la orden carmelita descalza, la fundación de 17 conventos a lo largo de la geografía castellana y andaluza, además de la administración de los mismos y el cuidado espiritual de las monjas ahí establecidas. Y también, y de mayor importancia, un trabajo interior más gigantesco todavía, el de encontrar dentro de sí misma, en sus visiones y arrobos, lo “otro”, la voz que le hablaba y que para ella era el amor divino mismo y para sus muchos enemigos era Diablo. Es complicado hablar de la experiencia mística, pues muy pocas personas la aprecian. No basta con orar y meditar, con cerrar los ojos y olvidarse del mundo, sino que hay que saber VER y OÍR. ¿Qué? La manifestación, toda luz y toda sombra, de aquello que nos habla y nos guía, que si es Dios o Diablo nadie lo sabe, pero ahí está, dentro de uno, dispuesto a encajarnos en el corazón un ardiente dardo de éxtasis, de dolor sabroso. ¿Vivencia erótica? ¿Expresión poética? Quién sabe, pero sólo el místico entiende eso a la vez magnífico y aterrador que guarda dentro de sí, y que Teresa dio a saber y que provocó sospechas, pues quien oye “la voz” no necesita de Iglesia, pues se arregla con Dios (¿o el Diablo?) directamente. Por eso la Inquisición decidió confiscar el manuscrito autobiográfico de lo que se llamó Libro de la Vida, pues aunque Teresa lo escribió por mandato de sus confesores, ahí exponía ella sus experiencias tan inusuales. No hubo, sin embargo, proceso, pues así como nuestra monja tenía gente que la odiaba, también había quien la apreciaba y protegía.

Y ahora vamos a la Teresa escritora. La literatura del siglo de oro de España, una sólida y valiosa herencia que toda persona culta que hable español tiene que hacer íntimamente suya, está llena de luminosos y apreciables personajes. Leer en su expresión original a Cervantes, Lope, Góngora, Quevedo, Santa Teresa, y muchos otros más, lejos de ser una engorrosa tarea académica (los profesores tienen mucho de culpa en esto), es una fiesta de palabras y de imágenes a nuestro completo alcance por estar en nuestro idioma. Todo aquel que se precie de escribir en español habrá de formar, reforzar y afinar su estilo leyendo (y escuchando) a esos autores de aquellos siglos XVI y XVII que tan extraordinarios fueron, por única y última vez, para España. Y para nosotros, por supuesto. Que sin Góngora, sin Santa Teresa, uno no vive, uno no puede ser quien uno mismo es.

Entiendo que no es fácil. Los libros de la monja de Ávila, a pesar de estar escritos de manera sencilla, casi accesible para todo tipo de lectores, presentan dificultades pues debajo de frases coloquiales, tiernas y brillantes, hay una teología que nadie, por muy docto que sea, puede entender si no ha experimentado lo mismo que la santa. Sin embargo, nosotros podemos, todo es cosa de dejarse arrebatar por el lenguaje de la santa. De sus libros, siempre el de su vida y el de Las moradas serán los favoritos. El llamado Libro de las fundaciones es interesante porque ahí vemos a Teresa en plena lucha contra autoridades de todo tipo, principalmente eclesiásticas (muy feroces), con tal de que hubiese conventos para sus monjas. Nobles como la princesa de Éboli le tuvieron mucha envidia a la futura santa, pero ésta nunca se dejó abatir. El libro Camino de perfección fue una valiosa guía espiritual y práctica para las carmelitas. El de Las moradas es una maravillosa orientación mística en sus diversas etapas.
El Libro de la vida es el que más nos acerca a Teresa, porque ahí ella nos relata cómo llegó a ser quien es, sin aludir apenas a su condición de conversa. Sus confesores le ordenaron escribirlo, y luego el manuscrito cayó en manos de la Inquisición, que lo retuvo durante años y se negaba a devolvérselo, para buscarle los puntos doctrinales dudosos. Los inquisidores madrileños y toledanos no hallaron nada reprobable, pero los sevillanos exigían que se la procesase, acusándola de ser una alumbrada, es decir, de ese grupo de místicos que para sus experiencias no requerían de asesoría sacerdotal, sino que directamente entraban en contacto con Dios (o el Diablo). Pero a Teresa se le ayudó a salir del lío, salvándose de ser echada a la hoguera con todo y su libro, el cual finalmente recuperó, y que para su publicación editó Fray Luis de León, otro descendiente de conversos.

Luego de una existencia tan llena de avatares, Teresa, cuya salud nunca había sido muy buena, enfermó gravemente y falleció el 4 de octubre de 1582. Como se temía que hurtasen su cadáver, fue sepultada de inmediato bajo un gran peso de piedras, cascotes y cal. Como en esos días entró en vigencia el calendario gregoriano, el ajuste de días propició que ese día 4 fuese en realidad día 15, por lo que el 15 de octubre fue reconocido en adelante como el de la muerte de la santa. Pero no concluyó ahí el peregrinaje teresiano. Siguió el proceso de canonización, que fue acelerado lo más que se pudo. Ya en pleno siglo XVII se le hizo santa, y también se le nombró patrona de España; esto último provocó la oposición de los partidarios de Santiago Apóstol, entre ellos Quevedo, para quienes no podía haber otro patrón español que Santiago. Todo quedó en ser copatrona, luego de muchos años de amargas discusiones.

Quién sabe cómo, pero el caso es que, supuestamente, el cuerpo de la santa, que seguía incorrupto, dicen, fue cortado en pedazos para que éstos fuesen convertidos en valiosas y milagrosas reliquias. Manos, pies, brazos, huesos, fueron a dar a diversas iglesias españolas para su veneración incondicional. El propio generalísimo Francisco Franco tuvo en su poder una mano de Teresa, que utilizó como amuleto para vencer en la guerra civil. Y lo inquieto y andariego de la santa continuó en el otro mundo, pues se dice que en el más allá vela por los asuntos de España ante el Altísimo, tanto así que logró sacar al rey Felipe II del purgatorio para conducirlo a la gloria celestial. ¡Doctoras tiene la Iglesia!

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