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Ciudad de México Año III Número XXXVI Octubre 2015

 

Greta Garbo: La primera diva
Stregheria Leland

El término diva, hoy en día tan desvalorado, proviene del siglo XIX, de una época en la que el público italiano se entregaba de lleno ante el talento, personalidad y aura mística que irradiaban las grandes cantantes de ópera. Se dice que debido al entusiasmo del público ante el despliegue de talento y personalidad de las intérpretes, comenzaron a gritarles: ¡divina! ¡divina!, y que con el tiempo, para ahorrar palabras, utilizaron el apócope justamente de diva.

Pero con el auge del cine, y las hermosas protagonistas que en él aparecían, el término se trasladó al séptimo arte, en donde a la que en primera instancia se intentó nombrarla de esta manera fue Mary Pickford, pero el arquetipo de “ingenua” que tenía no iba bien con la fuerza que emanaba de las cantantes de ópera. Esto hizo preciso buscar entre mujeres de mayor carácter, y entonces se halló a las famosas “vamp”, que iban más acordes con las características que debía poseer una diva en el plató. Así que entonces se perfiló a actrices como Theda Bara y Pola Negri, quienes tenían la desventaja de que sus aureolas místicas eran creadas por publicistas de los grandes estudios.

Pero entonces apareció una auténtica diva: Greta Garbo, quien tenía precisamente ese misterio y esa distancia con los espectadores, que envolvió la propia vida de esta actriz sueca. Cierto que sus interpretaciones y su fuerte personalidad, en conjunto con su voz, le dieron un lugar en el cine. Pero es su enigmática existencia, no prefabricada por los estudios, sino algo muy real, la que le dio el pasaporte al mundo de las divas. Aquí caben entonces los misterios de su vida, justo en la relación con Mauritz Stiller, quien tuvo fama de homosexual y narcisista, hasta el hecho de que ella vivió completamente sola, le crean una leyenda de frigidez sexual, pero también de no dependencia del hombre, lo que se refuerza en su abierta preferencia por los papeles de mujer soltera. En una coyuntura en la cual Hollywood promovía el arquetipo de la “mujer liberada”, la Garbo no podía pasar desapercibida. Fiel a sus convicciones, la Garbo abandona la meca del cine en la cumbre de su estrellato y durante los últimos 50 años de su vida se mantiene semioculta y prácticamente sin amigos.

Pero también, siendo famosa por su bisexualidad, siempre se dijo que fue amante de otra diva: la alemana Marlene Dietrich, y de igual manera se le relacionó sentimentalmente con la que puede ser la primera diva mexicana, Dolores del Río. No sin dejar de lado los rumores de que pasó una noche con Louise Brooks y que intentó seducir a Deborah Kerr y a Zsa Zsa Gabor, entre otras. Por supuesto que también tuvo amoríos con varios hombres, sin casarse ni tener hijos con ninguno de ellos. Y es ahí que con tantos misterios se le adjudica con frecuencia la frase “quiero estar sola”, y que fue pronunciada por ella sólo una vez en la película de 1932, Grand Hotel.

Otro dato que creaba gran enigma en Hollywood, era que siendo la actriz mejor pagada en los años treinta, su mundo estaba lejos de la parafernalia hollywoodense, evitaba las entrevistas lo mas que podía, no asistía a los estrenos y se refugiaba con frecuencia justo en las montañas de Suecia. Disfrutaba más mirando jugar a sus gatitos en el jardín que acudiendo a las sofisticadas fiestas de las estrellas de cine. Esto la alejaba de las cámaras cuando no se encontraba filmando, dando esa distancia y hermetismo auténtico que es indispensable para ser considerada una verdadera diva.

Su rostro bello y adusto era su sello distintivo, nunca reía, y se quejaba con frecuencia de la falta de papeles buenos, y una película que en realidad disfrutó intensamente fue Ninotchka, de Ernst Lubitsch, en donde interpretaba a una agente rusa, es la única en la que la Garbo se ríe abiertamente, y que por supuesto fue un gancho para vender la comedia en su estreno ("La Garbo ríe", rezaba el slogan publicitario de la época). Lubitsch, quien según ella la trató como un padre, es en sí el único director que hizo reír a la diva, pero también realizó la película preferida de esta misma.

Y ya hablando de su belleza, la cara de Garbo era considerada única por los fotógrafos americanos expertos: Era técnicamente perfecta. La distancia entre los ojos era la misma que había de la nariz a la barbilla y también coincidía con la distancia entre el puente de la nariz y el final de la frente. La armonía del conjunto hacía que pudiera ser fotografiada con éxito desde cualquier ángulo y con cualquier tipo de luz.

Cómo olvidar su Marguerite Gautier en La dama de las camelias de 1936, o Anna Karenina de 1935, y Anna Christie de 1930, dramas en los que encarnó a distintas mujeres que lucharon por el amor. “Muero tres veces por año” ironizaba la Garbo, y remataba diciendo: “A la gente le encanta verme morir”. A su talento histriónico y recia personalidad por supuesto se suma su voz de duro acento, muy gutural y esa forma de hablar un tanto desdeñosa, que la hacía a la vez erotizante y asexual. Todo en conjunto la convertiría en la primera diva real del séptimo arte.

Hace diez años, justo el 25 de septiembre de 2005, se homenajeaba la memoria de Greta Lovisa Gustafsson, como en realidad se llamaba, por el aniversario número 100 de su nacimiento, y como en su momento no hubo en donde publicar algo en su recuerdo, es por eso ahora que, a 110 años, la quiero recordar con esa personalidad y gran talento que le ganó un lugar en la historia universal del cine.

Greta Garbo se retiró joven, antes de cumplir los cuarenta años de edad, se decía que por el temor a envejecer. “Me gané la vida por ser joven, por contener la belleza natural. Estuvo muy bien parar a tiempo. Hay gente que va demasiado lejos. Envejecí rápido. Eso es lo que América provoca. Por eso me gusta estar en Klosters (Suecia), en las montañas. Cuando respiro este aire, me parece que el tiempo se detiene. Es como si volviera a tener fuerzas”, declaró a su confidente Sven Broman.

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