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Ciudad de México Año III Número XXXVI Octubre 2015

 

La bruja del planeta Karina
(Fragmento de la novela Crónicas de Tepito Asgard)
Luciano Pérez

El auto del padre Mac Intosh entró en el estacionamiento de la Secretaría de Cultura en San Ferdinando, Tlalpan, donde la bruja del planeta Karina lo esperaba para que le entregase un mensaje del papa Policarpus V dirigido a ella. El mal humor en que lo había puesto su visita en la mañana al padre Genaro, el párroco de San Francisco de Asís Tepito, se le bajó a Mac Intosh con la suculenta comida que devoró en un restaurante caro de por San Ángel Inn. Cuanto antes fue llevado por dos hermosas edecanes, las hermanas Montalvo (Mayka y Blanca), a la presencia de la Señora, quien lo recibió en su oficina, la cual fue despojada previamente de todos los objetos esotéricos que pudieran herir la sensibilidad del enviado papal: estatuillas de Buda, tablas de horóscopos, naipes de tarot, varillas de incienso de la India, esferas relajantes, etc. Fueron quitadas de la pared las imágenes de Krishna, del conde de Saint-Germain, de Cagliostro, Madame Blavatsky, Maitreya, y también de un Dios el Hijo muy al estilo New Age. La Señora mandó colocar entonces, a toda prisa, cuadros de la Asunción de la Virgen, de San Martín de Porres, de un Dios el Hijo católico, y por supuesto del Papa. Se quitó ella del cuello la medalla de plata de la Fraternidad Cósmica, y se colocó un crucifijo sevillano.

El robusto padre fue sentado lo más cómodamente posible, y las edecanes le sirvieron whiskey con refresco de cola, su bebida preferida. La Señora bebió su tequila azul de siempre. Él la besó en la mano, y ella a él en la mejilla. Se inició la conversación, luego de una breve plática sobre las peripecias del viaje del enviado papal desde Roma a México. En ese momento, principios de 3666, la Señora era la secretaria de Cultura en el gabinete del presidente Fixy Zorri, al cual derrocaría en unos meses más.

- Es usted, hermosa, Señora.
- Gracias, padre. No lo creo tanto así, pero es bueno que me lo diga, uno de los pocos que lo ha hecho.
- Su Santidad el Papa le manda afectuosísimos saludos.
- Me siento muy honrada…
- Y traigo conmigo una carta que le envía él. Se la entrego.
Mac Intosh sacó de la bolsa interior de su saco un sobre blanco que traía impresas las armas papales y se lo dio a la Señora. Ésta dijo:
- La leeré luego que usted se retire. Y dígame, padre, supe que anduvo por la mañana en Tepito. ¿Todo bien ahí?
- Creo que no mucho. Se están paganizando demasiado. Hay una mujer a la que quieren hacer santa, pero el Papa ha rechazado la propuesta.
- Hizo muy bien el Santo Padre. No es posible permitir que quieran santificar a cualquier mujer sólo porque cumple con su deber de farmacéutica.
- Estoy de acuerdo. Y obligué al párroco, que se mostraba muy renuente, a que se comprometiera a ponerle remedio a tan incómoda situación.
- Es bueno ser muy firme en casos como éste, de tanta responsabilidad, sobre todo cuando la adoración que le debemos a Dios el Hijo está en juego.
- En efecto, Señora. Ahora yo le pregunto, y perdóneme: ¿se considera usted una buena católica? Sé que lo es, pero prefiero que usted me lo diga.
La Señora fue tomada de sorpresa por la cuestión, e hizo un gesto de enojo, pero se repuso pronto y con la más grande sonrisa posible respondió:
- Aunque procedo de una familia del norte, donde la gente se hizo en su mayoría protestante por influencia de los Estados Unidos, al grado de irse ya todos, por una vida mejor, a ese país, siempre me he mantenido fiel a la Iglesia de Roma.
- No dudo de eso. Sólo que me preocupa el que se le nombre a usted con una expresión que no es de ningún modo acorde con nuestra religión.
- ¡Ja, ja! ¿Se refiere a que me dicen “bruja”?
- Sí, Señora, y discúlpeme usted. Yo sé que no lo es, pero al Santo Padre le preocupa el que le digan así.
- Así me llaman mis enemigos, que son muchos, una legión como los demonios. Lo hacen con una intención despectiva, para lastimarme. Pero créame usted, padre: no soy bruja.
- Le creo. No obstante, cuento con algunos informes donde se habla de usted en relación con prácticas ocultistas del New Age.
- Eso ya es Old Age, padre.
- Estudia usted la Cábala, por ejemplo.
- Ah, mi tarea como responsable de la cultura nacional me obliga a conocer muchas cosas, entre ellas la Cábala.
- También lee sobre filosofía de la India…
- Igualmente. Y cartomancia, y bibliomancia, y meditación trascendental. Todo es cultura, padre. Tengo que conocer todo.
- En ese sentido, me parece justificado.
- ¡Por supuesto! Y no creo que en su carta el Papa me reproche el estar interesada en la cultura, sobre todo siendo como soy promotora de ella.
- De hecho ignoro el contenido de la carta. Es un asunto nada más entre usted y él.
- Bien. Entonces, ¿qué más de Tepito, padre?
- ¡Un lugar deprimente! Sucio, muchos perros, muchos niños, me fastidió y eso que no estuve ahí mucho tiempo.
- ¿Sí, verdad? En ese barrio no me quieren. De todos modos mis asesoras preparan un programa cultural para los habitantes de ahí.
- Que no les lleven ni la Cábala ni el tarot…
- ¡No, no, padre! De todos modos no entenderían nada de eso. A ellos, a los tepiteños, hay que enseñarles historia, explicarles cómo fue que Hernán Cortés derrotó a Cuauhtémoc, ahí mismo, en Tepito; porque creo que lo ignoran y por eso andan de rebeldes contra los que somos criollos.
- Perdone usted, no conozco bien la historia de México.
- Es muy simple: los españoles vencieron a los aztecas, y por lo tanto se ganaron militarmente el derecho a gobernar y a evangelizar a México, y ese derecho, que es también obligación, está ahora en manos de los descendientes de esos españoles, a los que se nos ha llamado criollos. Y fueron dos criollos los que fundaron nuestra cultura nacional como tal: Sor Juana Inés de la Cruz y don Carlos de Sigüenza y Góngora.
- Bueno, es una cuestión entre ustedes los mexicanos. Yo me tengo que retirar, Señora. Salgo esta noche hacia Washington, con otros encargos del Papa. No olvide rezar sus oraciones y acudir a misa.
- Eso lo hago todos los días, padre.
Ella se acercó a él para que le diese la bendición, y Mac Intosh, ya un poco borracho, lo hizo; las hermanas Montalvo no dejaron de servirle whiskey mientras transcurrió la conversación (ambas eran muy estudiadas, graduadas en Texas y especialistas en García Márquez). Mayka y Blanca lo llevaron a su auto, una de cada brazo porque el cura se tambaleaba. Antes de partir hacia el aeropuerto prefirió dormir unos minutos dentro del coche (que era proporcionado por el Arzobispado de México), y luego se fue. Nunca usaba chofer, no confiaba en ninguno desde un día hace muchos años en que por traer uno chocó allá en Maine, de donde Mac Intosh era originario.
La bruja no resistió leer cuanto antes la carta de Policarpus V, así que con sumo nerviosismo rasgó el sobre y sacó la hoja, que traía la firma del Sumo Pontífice. Decía lo siguiente:

“A la Señora Secretaria de Cultura de México, Doña Juliana de Oñate:
Querida hija, sé que eres fiel devota de nuestra Iglesia, y yo con mi autoridad garantizo esto ante quien se atreva a dudarlo. Sé que estás de mi lado, y por lo tanto yo lo estoy del tuyo, y con nosotros dos está nuestro Señor Dios el Hijo, de quien soy sumo representante. Aprovecho la oportunidad para expresarte algo que es de gran preocupación para mí. Sé que el Presidente de tu país, aunque buen católico, está flaqueando en su obligación, pues ha permitido que gente que intenta implantar de nuevo el culto a los dioses demonios de los aztecas (tales como Quetzalcóatl y Huichilobos) esté organizándose para apoderarse de México. Tú no lo permitas. Si es necesario que quites de en medio al Presidente, no dudes en hacerlo. Fixy Zorri fue muy bendecido por mí cuando vinieron a verme él y su esposa al asumir la Presidencia, pero yo no sé qué le pasó después. De repente ya no le gustó hacer nada y deja que la esposa gobierne. Y a ella sólo le interesan las cuestiones del dinero y no las del espíritu, aunque reconozco que no hay duda en cuanto a su catolicismo, puesto que se formó en nuestros planteles. Entonces, no se han ocupado ni él ni ella de detener ese movimiento pro-pagano que está creciendo por algún lado de tu patria. Por lo tanto, te sugiero que tú, que eres muy fuerte y sana espiritualmente, hagas lo necesario para que México siga siendo católico. Porque si el culto a los dioses aztecas regresa, nuestro Señor Dios el Hijo llorará lágrimas amargas. ¿No lo dejarás que llore, verdad? Él, que es tan bondadoso con nosotros, que nos otorga cuanto le pedimos…Entonces, hija, recuerda que cuentas con todo mi apoyo para lo que te digo. Te envío mi bendición.

Policarpus V”.

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