Reserva de Derechos
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Ciudad de México Año III Número XXXVI Octubre 2015

 

Tres textos con nombre propio
Hosscox Huraño

Rita

¿Sabes cómo viniste al mundo? ¿Has visto a tus padres coger?

La palabra encular gotea de tus labios como la orina. No me importa tu mirada de perra apaleada, ni tus cuarenta años, ni tus manías y mucho menos tu vientre de madre de tres niños. Sólo quiero meter mi verga torpe y gorda entre tus nalgas y olvidar quiénes y qué somos.

Me gusta verte caminar a gatas alrededor de la cama, mirar cómo se zangolotea toda la grasa de tu carne. También me gusta escucharte cagar y sentir cómo se te frunce el esfínter anal en torno a mi lengua.

Tus axilas sudan una mezcla de asco y dolor, desesperanzada dejas que me eche en tu panza y juguetee con tus enormes y negros pezones. Tienes un coño gigante, siempre que lo chupo tengo la sensación de que me va a tragar.

En todo el puerto no creo que haya una casa más ruinosa y sucia, siempre hace calor y apesta. Tus hijos juegan desnudos en la playa mientras vendes chingaderas a los turistas. No te gusta beber pero parece que siempre andas borracha.

Todo es un miserable carajo, yo sólo vengo a verte porque me das de comer, y tú lo haces sólo porque no tienes quien te coja.

 

Gisela

En la primavera de l996 todo era un discurso que llevaba hacia la nada. Mi cuarto estaba con docenas de botellas de tequila vacías y lleno de condones podridos de semen. Fue el último rito masturbatorio que invoqué para tratar de retenerte.
Sin embargo.
Lo sospechaba, pero el colmo fue descubrirte con mi rival en amores. Eso de ser cambiado por un perro pequinés, que al parecer me sobrepasa en talento para ejercer ciertas actividades lingüísticas, podría haber sido suficiente. Pero no fue así.
Acostumbrado a tus marranadas sólo me dio por reír y tratar de olvidarte. Esa noche nos embriagamos, tus reclamos los de siempre, que a mí nunca se me para y cuando se me para es sólo para puras vergüenzas. Y yo alejado, sordo, observando desde mi vaso vacío, como si mirara a una cucaracha gigante.
Caminé, era un lunes de burdel, tan desabrido que hasta las putas lo único que podían musitar era una fría frase de panadero: ¿Qué no vas a querer tu pay con pelos?

 

Georgina

De qué sirvió que al fin hubieras terminado tu diplomado en psicosociología, si tu marido es un alcohólico que no te baja de india puta y pendeja.

Tus dos hijas están creciendo como el zacate de los lotes baldíos: entre mierda, ratas, y escombros.
Quizá alguna vez fuiste hermana de Tomás, el preso más puto del reclusorio Norte y que murió cuando fue enculado por un ex procurador de verga descomunal. Quizá también aún a los doce años jugábamos a las escondidas, pero nunca nos hallaban. Sí, yo metía la mano en tus calzones de patitos y encontraba una rajadita chistosa y lampiña.

Te gustaban los ratones y ponerte aretes de plástico. Eras flaquísima, con ojos aceitunados y sonrisa de yegua.
Jugando a las mordidas terminamos llorando y desnudos en tu cama, ya te había dado un derechazo cuando tú respondiste con un patadón a los güevos. Adoloridos, empezó el cachondeo. Más que besarnos creo que nos lamíamos como gatos. Yo sólo puse mi pinguita entre tus muslos y tú asumiste que eso era coger.
Como realmente no sentimos algo extraordinario, optamos por sólo jugar a los madrazos. Ese día, creo que Dios no fue a trabajar.

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