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Ciudad de México Año IV Número XXXVII Noviembre 2015

 

El gato momia de la calle amarga
Loki Petersen

En un lugar perdido del Centro Histórico de Mexicópolis está una calle llamada amarga, ubicada entre un plantel para mariachis y varias pulquerías que extrañan a los borrachos de voz rasposa de hace siglos. Esa calle, o más bien callejón, es un sitio donde el tiempo ya pasó, pero donde a la vez se detuvo. Es un sitio ideal para orinarse, no habiendo policías que lo hostiguen a uno con la “mordida” letal. Y si bien es cierto que hay muchos borrachos, no son ya como los léperos de antes, esos que, cubiertos con sus sábanas, estaban listos para escarnecer al catrín que se atreviera a entrar por ahí para beberse una “catrina” de pulque.

En la noche da miedo. El héroe italiano por el que el barrio recibe el nombre nunca pudo imaginar todos los horrores ocultos bajo el apellido Garibaldi.

En los hoteles la muerte es mala, en las cantinas el balazo puede resultar certero. Y en las calles las esculturas en bronce de los próceres de la música ranchera provocan el pánico, con esos rostros donde la alegría se descompone en muecas de siniestra burla.

Pedro Infante y José Alfredo lo escupen a uno, nos culpan de no valer nada, pues al que está vivo más le valiera no existir más. Y los fantasmas, por supuesto, están en Garibaldi a la orden del día, es decir, de la noche.

Como ese gato momia de la calle amarga, a quien veremos si sabemos ver, y al que tememos porque quizá viene del más allá, que siempre es el más acá, para una venganza irrenunciable.

Para vengarse de la vieja que lo vejó, al echarle agua hirviendo y negarle comida; o del chamaco que lo empapó de petróleo para prenderle fuego; o del carnicero que quiso destazarlo para darle sabor exótico a los tacos de los restaurantes típicos; o del fabricante de instrumentos musicales que lo destripó para darle un sonido brillante a los violines que tocan sones y jarabes que a tantos les fascina bailar. Quién sabe por cuál de todas estas venganzas, o por todas, una por cada vida, el gato momia regresa.

Surge él desde el fango al que lo tiraron, como en los días primitivos en que los dioses creaban seres del lodo para su diversión particular. Como el niño Dios que, de acuerdo a los apócrifos, fabricaba palomas fangosas para asustar a sus amiguitos, los cuales veían en él a un diablo que sólo vino al mundo para hacerles la vida difícil a todos.

Sin lodo no hay vida, en efecto, y por lo tanto tampoco muerte, y así ésta queda preservada al convertir en momias a los gatos muertos. Que se merecían éstos una cripta, una pirámide, ¿quién puede dudarlo? Quien fallece y carece de caja donde lo echen, ¿cómo podrá presentarse a los jueces del más allá? Por eso está resentido el gato momia, que cuando pereció fue echado al lodo, donde la lluvia se ensañó con el cadáver, pero la tierra lo conservó a pesar de todo. Y de ahí, de ese fango, tuvo que salir para aparecerse en la calle amarga, con todo el horror visual que provoca un hecho así.

No tiene ojos, a pesar de que todo lo intuye. No tiene boca, pero le sobrevivieron en buen estado los filosos dientecillos con los que desfigura no sólo a quienes transitan por ahí para orinar en la calle amarga, sino también a los rateros, a las rameras, a los mariachis que se caen de briagos. También tiene garras en las manos, aunque casi no se aprecien éstas de tan echadas a perder que están por el paso de las épocas. Y si los gatos callejeros tienen nueve vidas, más que los domésticos, es finalmente como momias que llegan a la eternidad, creada ésta por un dios al que le dio por olvidar que él mismo ya estaba viejo y podrido.

Y el gato momia es viejo, no cabe negarlo. Tiene todos los achaques de la edad, camina lento, no atina a saber por dónde anda, es feo por la corrupción que se apoderó de él, sus ojos no oyen y sus oídos no ven. Y ahí se aparece, color de tierra, negro y café como la Gea que parió monstruos de tanto aparearse con el Cielo. Engendrar es atroz, y le llaman amor por eufemismo. Mas no hay amor que no sea odio. Esto es, que la Tierra odió tanto al Cielo, que se dejó hacer por éste hijos aborrecibles que luego lo destruirían todo, comenzando por el propio Cielo, al cual le arrancarían los órganos genitales de cuya sangre, dicen, lo más bello llegó a ser.

Sólo que lo bello está condenado a momificarse, y ahí está el gato momia como muestra. Él fue bonito, el sol lo acariciaba, la luna le cantaba, las estrellas tocaban su pelo suave y hermoso como el de las mujeres. De esos felinos que los artistas hacen suyos por razones estéticas, más que por piedad. El gato adquiere tal hermosura, que toda la natura lo envidia. Sin embargo, cuando ese felino se convierte en momia, el horror de lo que fue lo más bello lo colapsa todo.

Todavía le queda cola a ese gato, pero está tan deshecha que no logra alzarla cuando se desliza por las paredes de la calle amarga. Los pocos niños que lo ven le gritan: “¡Ya no seremos felices, el gato momia nos echó la maldición para siempre!” Y así es, en verdad, pues el niño se hará borracho, y se inscribirá en la escuela de mariachis para cantar acerca de cuán corrompido está el amor. No es raro pues que éste proceda de unos genitales asquerosos, los que los hijos les arrancan a sus progenitores. Pero antes de que el mariachi proclame la friega y refriega que significa el estar enamorado, él ya de niño supo que el gato momia lo llevó a la perdición al aparecérsele en la calle amarga; que amargo es todo cuanto proviene de amor, que surgió del mar.

Y al ser arrojado al fango, el gato se momificó para cobrar lamentable vida, arrastrando ésta a lo largo del callejón. Ahí en el fango se ahogó, que ser ahogado significa morir por agua, y los borrachos lo saben. Y lo primero que aprenden los mariachis en su plantel es que sin embriaguez no es posible cantar. Toman taller de tequila I y II, y seminarios de pulque y cerveza, con opción a posgrado en bebidas pútridas. En todo caso, el felino va por su venganza póstuma, para arrancarle los ojos a la vieja que lo vejó, para rasgarle la garganta al chamaco que le prendió fuego, para cortarle las vísceras al carnicero que a tantos animales hizo víctimas, y para machacarle las manos al violinista que se solaza tocando sones y jarabes a costa de las tripas felinas que son cuerdas. El gato, ciertamente, se ha hecho feo, él que fue lo más hermoso bajo el sol, y no atina a entender, como muchos de nosotros, qué culpa tuvo para sufrir tan amargo destino.

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