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Ciudad de México Año IV Número XXXVII Noviembre 2015

 

Mathias Goeritz (1915-1990)
Luciano Pérez

Hubo un tiempo en que México se empeñó en ser moderno, para lo cual se pensó que sería conveniente erigir símbolos que demostrasen al mundo la idea oficial de que los mexicanos estábamos ya poniéndonos a la altura de los países más progresistas del orbe.

Fue así que se construyeron unas torres como de ciencia ficción, ahí donde se ubicó una nueva urbe digna de la modernidad, que incluso en su nombre llevaba ya el sello prístino de ésta: Ciudad Satélite, un lugar al norte de la capital mexicana, ya para entrar en lo que es Naucalpan.

Así fue como todos nos enteramos de que, por fin, éramos modernos, en aquel ya lejano 1958 cuando dos arquitectos, uno alemán y otro mexicano, Mathias Goeritz y Luis Barragán, diseñaron y realizaron esa muestra asimoviana de que habíamos llegado, si no al progreso, por lo menos a la luna. Todo para que, en este 2015, dichas torres se encuentren en el olvido y el deterioro.

Dice una reciente nota periodística, de fecha 10 de septiembre: “La explanada de una de las esculturas urbanas más grandes del país, que tienen unos 53 metros de altura, en general presenta un estado de deterioro no sólo por grafitis, descarapeladas y daños en la pintura por un choque; sino además porque la jardinería está descuidada, los macetones que lo rodean están rotos y vacíos, y también porque las cinco columnas huecas se convirtieron en nidos de palomas”.

Pero nada de esto es culpa del arquitecto Goeritz nacido hace cien años, el 4 de abril de 1915, en Danzig, Alemania (en plena Primera Guerra Mundial), la ciudad también natal del filósofo Arthur Schopenhauer y el escritor Gunther Grass, y que después de 1945 se convirtió en la polaca Gdansk.

Goeritz estudió arquitectura en la Escuela de Artes y Oficios de Berlín, y en la Universidad Humboldt de esta capital alemana se doctoró en filosofía e historia del arte.

Fue muy influido por el movimiento arquitectónico alemán llamado Bauhaus. Como tantos alemanes opuestos al régimen nacional socialista, además de ser de origen judío, Goeritz se vio obligado a salir de Alemania, y pudo establecerse durante un tiempo en España.

En 1949 recibió la invitación de venir a México, para ser profesor de arquitectura en la Universidad de Guadalajara.

Y luego de algunos años ahí, en 1952 se trasladó a la ciudad de México, para convertirse en uno de los protagonistas de la cultura mexicana de aquel entonces.

Al llegar a nuestra capital su primer trabajo fue el diseño y construcción del Museo Experimental El Eco, ubicado en la calle de Sullivan, en la Colonia San Rafael, y que a lo largo de los años fue restaurante, club nocturno y teatro, y en 2005 la UNAM lo adquirió para rescatarlo.

Aquí se hallaba “La serpiente”, que ahora está en el Museo de Arte Moderno.

En 1954 Goeritz lanzó su manifiesto en pro de lo que llamó arquitectura emocional, para enfrentar al funcionalismo entonces en boga.

Ahí proclamaba que las obras arquitectónicas deben y pueden causar emoción en quienes las ven, por encima de las líneas rectas y la simetría.

También en la década de los cincuentas, realizó las torres de Temixco en el estado de Morelos; y los vitrales de la Mano Divina en la iglesia de San Lorenzo en el centro de la capital mexicana, con vidrios de la fábrica de Carretones del barrio de la Merced.

En años posteriores hizo más vitrales para diversos recintos religiosos, como para las catedrales de México y Cuernavaca, para la iglesia de Santiago Tlatelolco (en la Plaza de las Tres Culturas), y también para la sinagoga Maguen David. Otros trabajos suyos fueron la Torre de Automex en Toluca (1962), la Torre de los Cubos en Mixcoac (1971), las torres de la Facultad de Estudios Superiores Aragón UNAM (1982), además de trabajos en los Estados Unidos y en Israel.

Y como dato curioso, para ayudar a financiar a la revista literaria “El Corno Emplumado”, de los años sesenta, aceptó anunciarse bebiendo un famoso refresco (“Mathias Goeritz bebe Coca Cola”), sin cobrar nada.

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